De espejismos e imbéciles
Contemplo perpleja como se va desarrollando esta ya eterna campaña electoral. Supongo que la táctica es ir subiendo el tono a medida que nos acercamos al “gran día”. Empezamos con el símbolo de una ceja, un fichaje de última hora, la gran panacea de internet para hacer una pregunta al líder, la adhesión de los artistas, de los curas, los gráficos rojos y azules, las mentiras y los mentirosos, los catastrofistas y las niñas que van en busca de su paraíso, y ahora ya vamos por los imbéciles.
Pero, de todo esto ¿qué queda de los programas?, ¿dónde se esconden las propuestas? Yo no sé los demás, pero yo el día 9 no votaré a Rajoy o a Zapatero, votaré por un proyecto, por un programa que me permita tener ilusión, por un proyecto que construya un futuro desde planteamientos realistas. Porque ese programa o ese proyecto que salga adelante, será el que evaluemos todos dentro de 4 años, no la mayor o menor rudeza de Rajoy, la ceja de Zapatero o las salidas del tiesto de González o Aznar.
Todos estos fuegos artificiales y espejismos que nos proyectan lo único que me producen es verguenza, verguenza y tristeza. Hay más partidos políticos que se presentan, pero está claro que entre dos está el juego. Invito a todos a que lean de verdad los programas de los partidos a los que vayan a votar y que, dentro de 4 años, les pidan cuentas de sus actuaciones respecto a los compromisos que habían adquirido.
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| ¿Democracia? |
Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
“silencio”,
“sombra”, “vacíos”,
etc.
Digo
“del hombre y su justicia”,
“océano pacífico”,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.
Blas de Otero
Sigo apostando por el blog de Elena, sé que se lo toma muy en serio y es valiente en sus posiciones.
Los muertos que siempre vuelven
| La máscara |
He leído en el blog de Elena (post del 19 de febrero) sobre la falsedad de ciertos besos, esto me ha hecho reflexionar sobre el dolor que nos empeñamos en esconder, en hacer invisible para poder seguir viviendo. Nos gastamos el dinero en ansiolíticos, en psicólogos y psiquiatras para descubrir que el dolor sigue ahí, que por mucho que nos empeñemos en pintarlo de otro color emerge siempre, hasta que conseguimos aceptarlo y vivir con él como con ese pariente indeseable del que no te puedes desprender. Me viene a la cabeza una frase de Javier Marías, en su libro Veneno y sombra y adiós (tercer volumen de Tu rostro mañana): “porque los muertos se empeñan en seguir muertos y siempre vuelven más tarde, para hacernos sentir la punzada de su alfiler en el pecho y caer como plomo sobre nuestras almas”. Es mentira que olvidemos aquello que nos duele; convivimos con ello, pero de vez en cuando nos ahoga su presencia, porque somos conscientes de ella.
Cambiando el registro, acabo de ver a Pizarro y a Solbes en el debate de Antena 3, me gustaría que ese fuera el tono de esta campaña, y se eliminaran de una vez gestos hoscos, frases hirientes, los mensajes del fin del mundo que esconden falta de propuestas, de ideas, de proyectos novedosos, de planteamientos propios y que lo único que me evocan son las consignas de bandas callejeras. A veces me pregunto si los políticos creen que somos imbéciles y que no sabemos discernir. Deberían leer a mi compañero Kalikegno, tal vez un humor como el suyo les ayudaría a agudizar el ingenio.
El sueño de una noche de verano con Bosé
Las Ventas iluminaba Madrid esa noche de verano, cuando los cientos de focos se centraron en un punto vacío del escenario. Volví a cumplir quince años, al igual que los hombres y mujeres que me rodeaban, cuando Miguel Bosé apareció, mucho más tarde de lo previsto en el programa, y el griterío de una multitud enardecida le saludó.
El espectáculo, muy cuidado, nos fue transportando a todos a diferentes etapas de su vida musical. Con guiños, caderas sinuosas y una complicidad que se trasmitía en cada canción, en cada nota que iba apareciendo, la conexión entre el artista y su público se hacía más y más estrecha. Saltábamos de “Linda” o “Libertad” a temas de su última etapa sin apenas transición, de la mano de un maestro de ceremonias que conoce bien su papel. Leer el resto de esta entrada »
La facultad de elegir
Mi nombre, el de este universo virtual que me envuelve; con sus tonos oscuros, reposados, sobrios, ha sido tomado casi al azar de una combinación de palabras; pero al analizarlo un poco más a fondo le he encontrado un significado. Sí, desira va a significar “sin ira”.
Tal vez si actuásemos más a menudo con “desira”, seríamos más felices, podríamos convivir y ser más tolerantes con los que no piensan como nosotros, con los que no sienten como nosotros, con los que no son como nosotros.
Hoy se nos han enredado las palabras al hablar de la manipulación informativa, cultural y social en la que vivimos. ¿Es una jaula de oro de la que no podemos salir? Todo lo que nos rodea nos condiciona (nuestro continente, nuestro país, nuestra familia, nuestra educación, nuestra posición social, nuestros amigos…), pero nuestro pensamiento sigue siendo libre, por muchas barreras que nos pongan. Contamos con la facultad de elegir, y son esas elecciones las que determinan nuestro rumbo (tal vez no sirvan para cambiar el mundo, pero sí para cambiar nuestro mundo).
El purgatorio de la línea 6
El metro de Madrid es el lugar de los invisibles, de miles de historias que día tras día se entrecruzan sin rozarse. Los cuerpos se fusionan sin pretender perder su espacio vital -aunque sea de forma virtual y no real-. Me recuerda al purgatorio, ese espacio que se intenta a travesar lo más rápidamente posible para alcanzar el cielo, la luz.
Estos versos de Dante, refiriéndose al purgatorio, se me presentan cada día al bajar a la linea 6.
«Felices muertos, almas elegidas ‑Virgilio dijo‑ por la paz aquella que todos esperáis, según bien creo, decidnos dónde baja la montaña, para poder subir; pues más disgusta perder el tiempo a quien su precio sabe.»¿Cuál es tu rincón invisible?
Todos tenemos rincones que los demás no pueden ver o no queremos que vean. Los escondemos tanto, que incluso a veces nosotros mismos nos olvidamos que existen. Nos avergonzamos, nos dan miedo porque al hacerlos visibles nos hacemos más vulnerables, más frágiles. Este será el espacio de mis rincones invisibles, esos que nunca afloran, esos que parecen no existir. Me gustaría conocer también otros rincones invisibles: sueños, decepciones, fracasos, esperanzas…
También hay otra dimensión invisible, la de la masa silenciosa; yo soy parte de ella, como la mayoría de vosotros. Pero a veces alguno sale, por un instante, de este anonimato para convertirse en noticia, en comentario en boca del resto de invisibles. Ayer leí una noticia que me sacudió por dentro: en un periódico de tirada nacional publicaban que una muchacha de unos 20 años se había matado al caer a la calle desde un segundo o tercer piso y nadie había reclamado su cuerpo, ¿existe alguién tan invisible que nadie llore por esa persona a su muerte?.
¡Hola, invisibles!
Ésta es para mí una nueva dimensión en la que me muevo inseguro, no sé si estoy escribiendo un diario secreto, exhibiendo mi “identidad oculta” o jugando con fuego al utilizar una herramienta que no domino, que no controlo, que me produce una sensación de vértigo al no poder predecir las consecuencias de mi ingenua, asombrada y descerebrada actitud. De momento, me dedicaré a jugar con este nuevo amigo, hasta que alguien en este universo desconocido se apiade de mí y me tienda una mano para encontrar el camino a casa.





