La última noche
Tus dedos tenían ya la sombra
de la muerte
cuando los posaste sobre mí.
Tus manos traslúcidas
me acariciaron varias veces
aquella noche,
la última que te recuerdo.
Pero aun puedo ver
tus ojos siempre verdes,
siempre con un brillo de castaño,
siempre con un velo de nostalgia.
Reconozco que mil años después
seré incapaz de reconocer tu muerte,
padre;
porque cierro los ojos
y sigo viéndote,
sigo oyendo tu voz,
sigo sintiendo tu olor,
sigo añorando tus besos.
Una noche interminable,
un día maldito,
un escozor en el corazón
y la lengua seca
son las sensaciones
que vinieron después.
Tras una marcha fúnebre interminable,
traspasando las fronteras castellanas
para dejarte por fin,
en descanso eterno,
en un familiar y húmedo cementerio
de una aldea gallega,
de la que en realidad
nunca supiste salir.



