Entre la Avenida de la Felicidad y la Calle de la Generosidad se cruza la calle del Afecto y, cercanas a ellas, están también la calle de la Dulzura, de la Alianza, de la Conciliación, o el Pasaje de la Avenencia.
Las calles de la Conformidad y de la Ciudadanía me hacen pensar que, tal vez, el pirata que es mayor de edad ¿o no? ha sido traído para hacer justicia y no para ser moneda de cambio; que Millet y Montull son dos buenos ciudadanos que se han desviado ligeramente del camino correcto (por lo que no hay que hacer sangre si no es necesario), y que los Albertos son un ejemplo a seguir, porque renunciar a pedir al Estado una indemnización por los “por los daños y perjuicios injustos causados por el anormal funcionamiento de la administración de Justicia” es verdaderamente sorprendente, más cuando ese anormal funcionamiento les ha librado de la cárcel al prescribir los delitos de los que se les acusaban.
En fin, que no sé si ir a darme una vuelta por la calle de la Unanimidad o por la de la Coalición, o mejor por la del Consenso, para ver si conseguimos salir del atolladero que se nos ha planteado con el siempre espinoso tema del aborto; aunque creo que voy a volver a releer primero a mi querido Filósofo Loco y a reflexionar sobre ¿qué es la vida?, porque la vida tiene múltiples acepciones dependiendo de la disciplina desde la que se analice. Me gusta la idea de que la vida es un préstamo que vamos pagando poco a poco (como una hipoteca) en plazos de amor y felicidad. ¡una bella descripción de la vida, a la que yo me apunto, amigo Filósofo!.
Esta estatua lleva meses embalada sin que ningún servicio municipal la retire de la plaza en la que está situada. Nadie repara en ella, a pesar de que formó parte de un conjunto arquitectónico creado por Agustín Querol a finales del siglo XIX para el entonces Ministerio de Fomento y actualmente Ministerio de Medio Ambiente: La Gloria y los Caballos Alados.
Este caballo, que perdió a su pareja por obra y gracia de las obras de la M-30 hace ya unos cuatro años, lleva penando en silencio su soledad y, desde hace unos meses su invisibilidad, en un lugar que no le corresponde.
Aunque nunca me gustó el conjunto de los caballos en esta plaza populosa y multirracial, he de reconocer que siento pena por este histórico caballo cuyos últimos años están cubiertos de andamios y, últimamente, de la oscuridad más absoluta.
La escultura está abandonada al lado de un centro cultural y artístico de vanguardia, que nuestro Consistorio quiere promocionar como nuevo símbolo cultural de la ciudad, lo que no sé si eso significa ¡Viva la modernidad, matemos nuestro legado artístico!
La verdad es que las esculturas en cuestión no me atraen, pero hay numerosas manifestaciones culturales con las que no me identifico sin que por ello desee que desaparezcan. Preservar nuestro patrimonio cultural es fundamental para saber quienes somos; y en este sentido, conservar y cuidar los bienes artísticos es un deber de todos, y sobre todo de los que gestionan dicho patrimonio.
Espero que este caballo alado al que han cortado las alas encuentre, algún día, su lugar en la ciudad, y que esta plaza recupere su centro hoy ocupado por una estatua cubierta de vergüenza.
Me escapé por unas semanas de la realidad que me rodea teniendo todavía presentes las imágenes de los estudiantes iraníes manifestándose por la libertad y la democracia de su país, y vuelvo a poner los pies en el asfalto, todavía caliente por el sol que nos acompaña incansable, encontrándome con la algarabía montada en Pozuelo de Alarcón por unos chavales a los que la policía quería mandar a su casa, o a algún lugar fuera de la vía pública, convertida por ellos en improvisada parranda de alcohol y risas.
No puedo por menos que comparar las reivindicaciones de los universitarios iraníes y de los jóvenes de Pozuelo (o que estaban esa noche en Pozuelo) y la verdad es que se me cae la cara de verguenza. Porque si nuestros jóvenes sólo se movilizan contra el poder porque les prohiben beber en la calle, es que algo estamos haciendo muy mal. Ni los pésimos resultados de la política educativa, ni la falta de oportunidades a la hora de encontrar trabajos dignos, ni el escaso poder adquisitivo que les permita independizarse de sus padres han conseguido sacar a nuestros jóvenes a las calles; ¡pero que supriman el botellón, eso si que merece movilizar a todo el mundo!
Ahora, un juez de menores ha decidido un castigo ejemplar para los alborotadores adolescentes detenidos: 3 meses sin fiestas, ¡menuda putada! No sólo por el injusto trato a unos chavales que lo único que hacían era divertirse, sino por la coña con la que a partir de ahora van a ser conocidos: los cenicientas de Pozuelo. Pero eso sí, sus preocupados y concienciados progenitores no les darán dos pescozones (que están prohibidos y son malos para la salud mental de sus pipiolos), no invertirán sus ahorros en la educación ciudadana de sus hijos, sino que emprenderán una batalla legal para que a sus traviesos vástagos no les limiten la diversión, ¡vaya a ser que les causen un trauma!
Hace 5 años, un 11 de marzo, Madrid fue triste protagonista de un cruel y masivo asesinato. 192 personas murieron y miles resultaron heridas aquel fatídico 11 de marzo. Hoy debería ser únicamente un día de recuerdo para todos aquellos inocentes, pero la política no entiende de grandeza y este día de homenaje parece que va a teñirse de mezquindad, parece que de nuevo las víctimas van a ser utilizadas por unos y por otros para su propio provecho.
Creo que nuestros políticos deberían pensar menos en los gestos electoralistas y sumarse, sólo con el corazón, al dolor que sigue vivo en tantos madrileños.
Hoy está previsto el desalojo del Espacio Autogestionado Polivalente “El Patio Maravillas”, un antiguo colegio abandonado que está situado en una calle del centro de Madrid, en el barrio de Malasaña. Desde mediados del 2007, un grupo de personas que reivindica el espacio público como espacio de creación y expresión, desarrolla en este edificio actividades sociales y culturales que han sido apoyadas por los vecinos y por asociaciones diversas.
Hoy, esta utopía de tener un espacio social en el centro de Madrid en lugar de un bloque de oficinas o unas viviendas de lujo, parece que está a punto de finalizar. El propietario del edificio, Leopoldo Arnáiz Eguren, relacionado con varios oscuros casos de corrupción urbanística, parece que no está dispuesto a dejar escapar los beneficios que le puede reportar este inmueble.
Desde su web, patiomaravillas.net, se va a mostrar en directo este desalojo a través de webcam. Hoy, cuando los medios se centran en las primeras decisiones de Obama, en el consumo patriótico de Sebastián, en la crisis que no cesa, o en los espionajes de Mortadelo y Filemón en Madrid, a mí me toca la fibra el que un grupo de soñadores quiera mantener viva la utopía, frente a los depredadores que acechan nuestras ideas para matarlas a cambio de pingües beneficios.
El parque de Agustín Lara está situado en lo más hondo de Madrid. Limita con las calles Embajadores, Mesón de Paredes y Sombrerete. Sus fronteras invisibles, fundidas en este sol de marzo, dejan entrever una esquina de la plaza de La Corrala; casas con historia, un pasado que flota entre mantones de manila, organillos con notas gastadas y una vida tipificada de un Madrid que, quizás, nunca existió.
Recuerdo las tardes soleadas de este parque, hoy tomado por pandillas de quinceañeros de piel morena, chavales de ojos rasgados, críos de ojos oscuros y profundos, con piel de azabache; un parque que ya no tiene hierba, ni tierra, sólo un frío suelo de cemento que acoge inmigrantes de diversas nacionalidades, que esconde a perdedores de andar vacilante y a nuevos españoles cuyo origen está muy lejos de los chotis que resuenan aun en su memoria.
Mis imágenes vuelven a llenarse, como hace veinte años, de murmullos y de vida de ancianos, población mayoritaria del barrio hoy también, reunidos en corrillos, jugando interminables partidas de mus o de dados, mientras otros simplemente miran, ente sus arrugas, como pasa un día más, como el sol ha vuelto a arrojarles a la cara la claridad de su vejez, la cercanía de la muerte.
Una calle estrecha y oscura sirve como escaparate a unas cuantas mujeres para exhibir su ocaso. Quizás antaño fueron codiciados objetos de placer, pero hoy, apoyando sus flácidas carnes en una pared sucia y desconchada, esperan sin muchas ilusiones que un cliente les saque de apuros por unos días.
En una calle del centro de mi ciudad, entre bares, tiendas de todo a 1 euro y un cine de barrio reconvertido a otros menesteres se pasean, como sombras, como adoquines gastados, cincuentonas y sesentonas de tacones desproporcionados y faldas excesivamente cortas, dejando adivinar varices y múltiples heridas, señales sangrantes de chulos y amantes ocasionales.
Las pandillas de muchachos que se sientan en los escalones de los portales las contemplan descaradamente tras los flequillos y el humo de los primeros devaneos con la marihuana. Ellas, con una coquetería aprendida hace siglos, les devuelven la mirada intentando apresarles con encantos inexistentes y ademanes caducos.
El metro de Madrid es el lugar de los invisibles, de miles de historias que día tras día se entrecruzan sin rozarse. Los cuerpos se fusionan sin pretender perder su espacio vital -aunque sea de forma virtual y no real-. Me recuerda al purgatorio, ese espacio que se intenta a travesar lo más rápidamente posible para alcanzar el cielo, la luz.
Estos versos de Dante, refiriéndose al purgatorio, se me presentan cada día al bajar a la linea 6.
«Felices muertos, almas elegidas ‑Virgilio dijo‑ por la paz aquella que todos esperáis, según bien creo, decidnos dónde baja la montaña, para poder subir; pues más disgusta perder el tiempo a quien su precio sabe.»