La nieve cae de tus labios
y mis manos, charcos
de abandonada piel,
reciben tu calculada ironía
como cepos de impotencia
que restallan sin presa.
Vientos de palabras trampa
se entrecruzan y ensucian
un diálogo repetitivo y estéril,
que sacude ácaros del alma
y deja sólo un resquicio
a la sinceridad como desvío.
La muda lámpara del salón
nos adivina en dos aceras,
en dos direcciones opuestas
aisladas por culpas ciegas,
en las que el perdón se esconde
y la vanidad se cuela.
Gélidos cristales de tu garganta
quiebran hoy mis manos frágiles,
pero es una nieve que guarda
los brotes. Y en primavera
salvarán mis manos muertas.









