Posts Tagged ‘recuerdos’

Jane Birkin, el caso Gürtel y el patrimonio de los ministros

Tal vez a simple vista no parezcan tener relación, pero hay un nexo que les une: el deseo. A Jane Birkin, el deseo la catapultó a la fama hace 40 años con J’taime…ma non plus, el caso Gürtel surge del deseo de poder de sus protagonistas (tanto de los actores principales como de los narradores de la historia); y la publicación del patrimonio de los miembros de nuestro Gobierno, que tantos chascarrillos está provocando en las tertulias políticas, viene del deseo de parecer honrado.

Puestos a perder el tiempo en “Macguffins“, prefiero perderlo evocando una lejana tarde de septiembre, en la que Jane Birkin y su Je t’aime…ma non plus despertaban mi adolescencia acercándome a una boca húmeda y caliente, cuando todavía no sabía el significado de “ma non plus”, cuando todavía se bailaba lento.

Cuando desaparecen las sábanas de muñecos

Creo que te das cuenta de que tu hijo se ha hecho mayor cuando desaparecen de su cama las sábanas de muñecos, o de osos, o de coches… La verdad es que no sé si alguna vez dejas de pensar en tus hijos como bebés indefensos que te necesitan. Mi madre todavía me sigue regañando por algunas cosas que hago, y supongo que lo seguirá haciendo siempre.

Hay una parte de pérdida en ese crecimiento natural de los retoños de uno, porque es una constatación de que tu juventud queda atrás, de que ya eres “señora” o “señor” y de que empiezas a hacer el ridículo cuando te pones una minifalda demasiado atrevida o una camiseta para marcar músculo de gimnasio.

Dicen que cada cosa tiene su edad, pero a veces no te das cuenta de que llegas a esa edad en la que ya eres mayor, en la que se supone que no debes hacer locuras, en la que se supone que las ansias de soñar y lograr metas inalcanzables ya ha pasado.

Tus hijos crecen y tú creces con ellos, te salen arrugas en el rostro y en el alma, te duelen los huesos y saber que la primera vez queda ya muy atrás. Pero alcanzas la sabiduría de disfrutar de los pequeños momentos, de esos que son siempre únicos. Dejar atrás la juventud no es perder, es ganar muchos buenos recuerdos, es tener todavía muchos sueños por cumplir, es desear sin la ambición de ser deseado.

polluelosY mientras ellos, tus niños, cada vez te necesitan menos, y te sorprende que tengan su propia percepción de la realidad, y te enternece que todavía deseen tus caricias para sentirse protegidos, aunque les dejes volar entre sábanas que ya no tienen muñecos. En el fondo, sabes que siempre volverán al nido porque seguirán necesitando tus caricias.

Mi 23-F

ausenciaHoy hace 25 años te marchaste, pero la herida de tu partida sigue escociendo como esa señal que te recuerda cuando llueve, o cuando cambia el tiempo, que eres frágil y que tu cuerpo es como esos alimentos perecederos, con fecha fija de caducidad.

No he vuelto a verte, ni siquiera en sueños, tal vez porque te tengo demasiado presente; porque sí he soñado con otros muertos que también llevo ya cargados a la espalda, y que duelen de otra forma, más racional, más llevadera.

Aunque la esperes, la muerte siempre te pilla mirando hacia otro lado, por eso siempre gana la partida. Ese 23 de febrero también fue una mañana soleada, luego ya no lo recuerdo, se me nublaron las condolencias y las ganas de escaparme, se me enredaron las imágenes y los recuerdos. Sólo recuerdo nítidamente un sol claro y fuerte, cuando tú ya estabas muerto, cuando tú ya no sentías su calor ni su veías su luz.

Me sorprendió en ese momento en que eras mi muro de contención y chocaba contra ti una y otra vez; yo quería empezar a volar deprisa y tú frenabas mis ansias de volar lejos, querías que aprendiera primero las técnicas de vuelo, pero yo tenía prisa por descubrir todo aquello que quedaba fuera de nuestras ventanas. Y entonces vino el maldito cáncer de páncreas a destruir tu vida y mi mundo se tambaleó.

Ese mismo día, ETA mató a Enrique Casas, y en 25 años poco se ha aprendido de tantos y tantos muertos. Ese día, ese 23 de febrero, continúa doliendo; aunque la vida siga y yo haya aprendido de nuevo a ser feliz -a ratos-, aunque ya sea capaz de verbalizar tu muerte.

raf-valloneHe querido recordarte hoy con esa foto de pose de galán de cine de los años 50, en la que se aprecia ese parecido que decían que tenías con Raf Vallone. En esa foto los sueños estaban vivos en tu mirada verde. La vida todavía no te había pasado factura y era sólo un pulso entre tus ideales y la dura realidad que te tocó vivir.

La niña que todavía era hace 25 años, murió contigo ese 23 de febrero; se desvaneció entre la bruma de un triste y pequeño cementerio de una aldea gallega, entre las lápidas de desconocidos ancestros; se quedó guardando tu sonrisa y tus abrazos para cuando volvieras, algún día, a por ella.

Amor en tiempos de crisis

Hoy quiero felicitar a 2 personas que llevan veinte años unidas por algo más que un contrato matrimonial. Reinventar el amor a lo largo de 20 años no es tarea fácil, y ellos lo han logrado. Siguen juntos, no porque la situación económica no les deje otra salida, sino porque han sabido mantener viva esa chispa que saltó hace ya más de dos décadas.

Un vestido blanco con cuerpo de sirena, una pajarita con esmoquin y fajín, muchos nervios, una gran fiesta, son sólo un buen principio para una gran historia que habéis sabido ir desarrollando con el tiempo.

¡Felicidades, chicos! aquí os dejo con mi más sincero cariño unos pobres versos.

Nuestros extraños

Cada día que pasa le reconozco menos. Sus ojos, antes libres de sombras, se van cubriendo de una neblina que no sé interpretar, y me da miedo. Todavía retengo en mi memoria el olor de su pelo, la calidez de sus manos en mi cuello, sus abrazos sin reservas.

Sus silencios son cada día más largos, sus pasos se alejan de mi sombra y sus palabras -aun cuajadas de ternura- me hacen entrever una persona diferente a la que me pertenecía hasta hace solo unos meses. Sé que siempre le tendré a mi lado, pero ya está buscando su propio rumbo, un camino en el que yo he quedado atrás.

A veces le observo sin que se de cuenta y me sorprendo de sus pequeños cambios; su rubor ante mi presencia cuando se encuentra desnudo, un cuerpo que antes me mostraba sin reservas, sin pudor. Sus lágrimas, ayer fáciles, ahora le cuestan, le molestan como inquilinos indeseables en un caparazón todavía sensible a los reproches y a los contratiempos.

Le veo escapar de mi segura guarida sin que pueda hacer nada por retenerlo, y me encoge el alma pensar que está perdiendo el paraíso de la inocencia. Ya sé que es egoísta e inútil mi temor, pero no puedo evitarlo. Quisiera, si pudiera, prenderle el amuleto de la felicidad en su corazón y bañarlo en sándalo de suerte para que el viaje que está empezando a planear en su cabeza llegue a buen puerto, abrigado de los truenos de la desesperanza y el olvido.

Creo que estoy empezando a sufrir el síndrome del nido vacío.

Un largo viaje

Berta se dejaba llevar por el monótono ritmo de las escaleras mecánicas mientras sus ojos recorrían la estación en un lento travelling. Una voz nasal y ligeramente estridente se repetía constantemente por los altavoces. Sus pasos vacilaron un momento, pero tras consultar su reloj, decidió entrar en el bar. Una bofetada de aire caliente y humo se estrelló contra su rostro, mientras se abría paso entre espaldas, codos y piernas para pedir un café con leche a un diligente camarero con chaquetilla blanca -como los de antes-. El pardo y humeante líquido entraba a pequeños sorbos por su garganta, lánguidamente, dejando que el tiempo corriera.

“El Expreso Rías Altas, con salida a las 21:35, está situado en vía 2″, comunicó la chillona y anónima voz. “. Berta pagó al camarero y se introdujo en la espesa y fría noche del febrero madrileño. Caminaba rápida y segura, como si la pequeña maleta que sujetaba su mano derecha no le pesara más que un pañuelo de seda. ¡Qué diferente este viaje a los que hacía todos los septiembres de su niñez! Pudo haber ido en avión hasta Santiago o en el Talgo hasta La Coruña, pero eligió el lento, nocturno y pesado viaje del Expreso Rías Altas.

Éste es un fragmento de “Un largo viaje”

Una mujer de negro

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Foto de Figarc

Es, como otras muchas mujeres, heroína anónima, pluriempleada sin sueldo que un día decidió salir a la calle y buscar una ocupación remunerada para que su prole pudiera recibir una buena educación, aquella que ella no pudo recibir. Siempre he admirado en ella su resistencia para el trabajo, nunca se rinde, su jornada laboral comienza muy temprano -antes de que el sol nos ilumine- y finaliza cuando la luna reina sin oposición el cielo de la ciudad; sólo pequeños descansos, casi invisibles, permiten a los músculos relajarse unos instantes.

Cuando la enfermedad vino a asentarse en su casa, quisieron ocultarla la verdad hasta estar completamente seguros de que no había ninguna esperanza, pero un médico te dio la estocada por la espalda. Recuerdo que se sentó; sus ojos, llenos de lágrimas y de incredulidad, reflejaban un gran miedo.

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Retrato en sepia

El parque de Agustín Lara está situado en lo más hondo de Madrid. Limita con las calles Embajadores, Mesón de Paredes y Sombrerete. Sus fronteras invisibles, fundidas en este sol de marzo, dejan entrever una esquina de la plaza de La Corrala; casas con historia, un pasado que flota entre mantones de manila, organillos con notas gastadas y una vida tipificada de un Madrid que, quizás, nunca existió.

Recuerdo las tardes soleadas de este parque, hoy tomado por pandillas de quinceañeros de piel morena, chavales de ojos rasgados, críos de ojos oscuros y profundos, con piel de azabache; un parque que ya no tiene hierba, ni tierra, sólo un frío suelo de cemento que acoge inmigrantes de diversas nacionalidades, que esconde a perdedores de andar vacilante y a nuevos españoles cuyo origen está muy lejos de los chotis que resuenan aun en su memoria.

Mis imágenes vuelven a llenarse, como hace veinte años, de murmullos y de vida de ancianos, población mayoritaria del barrio hoy también, reunidos en corrillos, jugando interminables partidas de mus o de dados, mientras otros simplemente miran, ente sus arrugas, como pasa un día más, como el sol ha vuelto a arrojarles a la cara la claridad de su vejez, la cercanía de la muerte.

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El principio de un recuerdo

Tenía su mano entre las mías, esa mano antaño fuerte y vigorosa que se tornó en unos meses cristalina, transparente. Ya no hablaba, tenía los ojos cerrados y su respiración era casi imperceptible. De pronto, un leve movimiento de sus dedos me indicó que debía soltarle. Subió lentamente su mano derecha hacia su frente, luego al pecho, pasándola por el hombro izquierdo y finalizando esa cruz simbólica en el hombro derecho. Tras realizar con un gran esfuerzo ese gesto tres veces, dejó caer otra vez su mano entre las mías. Estaba helada, intenté transmitirle calor, pero su mano se transformó en marmol.

Fue una noche larga, vacía, en la que al final vomité en una oscura y fría sala de hospital toda mi angustia, mi dolor, mi miedo, mi incredulidad ante un hecho cierto: la muerte de un hombre que me había dedicado 20 años de su vida; que me había transmitido entre besos, juegos y palabras duras sus ilusiones, sus fracasos, su cariño.

DEATH PUMPKIN – QwirkSilver

Eran las 10 de la mañana de un frío y despejado 23 de febrero, fecha maldita, cuando un numeroso ejército de células cancerosas vencieron a un corazón grande y bueno, al igual que un dragón de mil cabezas vence al príncipe valiente.

Esa noche, al volver a casa -nuestro refugio-, algo cayó sobre mí al contemplar su ropa sobre la cama -hoy vacía de su olor-. Y aunque creía que nunca más cerraría los ojos para poder retener aquello que él ya no vería, dormí. Y esa noche no soñé, no reviví ningún momento, no creé ninguna ilusión, no sentí ningún miedo; así me acerqué más a él, porque caí en el descanso de los muertos.

Si de algo he de sentirme feliz es de haber cumplido su último deseo, no quería ser enterrado en esta gran ciudad, entre cadáveres anónimos y desconocidos. Así, comenzamos una peregrinación hacia su infancia, hacia esa tierra por la que siempre lloraba y que le iba a acoger para siempre entre sus huecos.

La gente pasó ante el féretro, yo no entendía esa música constante del “Padre nuestro”. La rebeldía y la ira se apoderaron de mí a medida que subía el tono de los rezos, y creo que grité “por qué no le dejáis en paz, ya está muerto”.

Todo terminó donde termina siempre, en el cementerio. No asistí a su entierro, no me sentí capaz de ver cómo encerraban tras una capa de cemento una parte importante de mi vida, como desaparecía del mundo de los vivos un hombre bueno.

Hoy, muchos años después, sigo esperando que llame a la puerta, porque él continua aquí conmigo, continuará siempre. Y el final de su vida se ha transformado en el principio de un recuerdo.

El sueño de una noche de verano con Bosé

miguelbose4.jpgLas Ventas iluminaba Madrid esa noche de verano, cuando los cientos de focos se centraron en un punto vacío del escenario. Volví a cumplir quince años, al igual que los hombres y mujeres que me rodeaban, cuando Miguel Bosé apareció, mucho más tarde de lo previsto en el programa, y el griterío de una multitud enardecida le saludó.

El espectáculo, muy cuidado, nos fue transportando a todos a diferentes etapas de su vida musical. Con guiños, caderas sinuosas y una complicidad que se trasmitía en cada canción, en cada nota que iba apareciendo, la conexión entre el artista y su público se hacía más y más estrecha. Saltábamos de “Linda” o “Libertad” a temas de su última etapa sin apenas transición, de la mano de un maestro de ceremonias que conoce bien su papel. … continue reading this entry.