Ayer los informativos televisivos nos quisieron despertar del letargo que trae consigo el verano con la imagen de más de un centenar de cerdos desparramados en una carretera catalana. La instantánea era cruel e innecesaria para los que intentamos olvidarnos durante unos días de que el paraíso es una utopía que sólo existe durante unos instantes y que, la mayoría de las veces, solemos dejar escapar porque tenemos demasiadas cosas que hacer, demasiados retos que alcanzar, demasiadas tareas innecesarias con las que ahogarnos.
Dejo una tierna historia de amor para este verano, que releve la imagen de la muerte de mis retinas, aunque muerte y vida van siempre unidas.
La pereza se ha ido apoderando poco a poco de mi cuerpo. Primero fueron los brazos, cada vez más pesados, menos flexibles, más ajenos a la voluntad de mi cerebro. El cuello, casi imperceptiblemente, se ha convertido en una rama seca, sin savia que corra por su interior, dejando mi cabeza como una isla a merced de las olas que azotan desde el embravecido mar de un verano, que ya no es más que un recuerdo en una mente a la deriva.
Estoy aquí tirada sobre una arena compacta y gris, que en nada asemeja a esos finos y blancos granos que anuncian los grandes carteles de las soñadas vacaciones, con el fondo de un agua azul turquesa irresistible. Y mi tronco se mueve rítmica, lenta, cadenciosamente hacia arriba y hacia abajo, lo que indica que mis pulmones negros y calcinados por el tabaco todavía funcionan. Oigo el mar, nana tranquilizante y urdidora de olvidos, araña que teje mis sueños acunándome con viento suave y sensual.
Mis piernas se comportan como dos apéndices extraños y huidizos, ajenos a mi voluntad, dejándose llevar por una desidia sin límites, mientras el sol martillea su piel impregnándola de minúsculas gotas de sudor. Y yo no controlo ya ni mi propio cuerpo. Me dejo arrastrar por este mundo en el que no existen crisis económicas, ni políticos que inventan nombres para las cosas que ya tienen nombres, ni símbolos de unidad patria envueltos en chavales de pierna ágil y gestas imposibles.
Y a pesar de mi apatía manifiesta consigo todavía retener un pensamiento para dos mujeres, una que ha vuelto a la vida y una a la que se ha llevado la muerte: Íngrid Betancourt y Simone Ortega. A la primera la rescataron ayer, después de 6 largos años de un secuestro injusto y sin sentido -como todos- . A la segunda, le debo lo poco que sé de cocina -que no es mucho-. Gracias a sus 3.000 recetas de cocina he conseguido salir airosa en más de una ocasión y sin tener apenas conocimientos rudimentarios del “arte culinario”, por eso de mi adiós agradecido.
Vuelvo a mi paréntesis veraniego, sin más armas que mi cuerpo en ofrenda al sol y a esta leve brisa que me acaricia y envuelve en un período de hibernación placentero y somnoliento. Mis oídos sólo se abren a los sonidos del Mediterráneo, que me acoge siempre cálido y me purifica. Cierro los ojos para que mis otros sentidos se expandan en este espacio infinito, en el que el tiempo es siempre mío.
Cada día que pasa le reconozco menos. Sus ojos, antes libres de sombras, se van cubriendo de una neblina que no sé interpretar, y me da miedo. Todavía retengo en mi memoria el olor de su pelo, la calidez de sus manos en mi cuello, sus abrazos sin reservas.
Sus silencios son cada día más largos, sus pasos se alejan de mi sombra y sus palabras -aun cuajadas de ternura- me hacen entrever una persona diferente a la que me pertenecía hasta hace solo unos meses. Sé que siempre le tendré a mi lado, pero ya está buscando su propio rumbo, un camino en el que yo he quedado atrás.
A veces le observo sin que se de cuenta y me sorprendo de sus pequeños cambios; su rubor ante mi presencia cuando se encuentra desnudo, un cuerpo que antes me mostraba sin reservas, sin pudor. Sus lágrimas, ayer fáciles, ahora le cuestan, le molestan como inquilinos indeseables en un caparazón todavía sensible a los reproches y a los contratiempos.
Le veo escapar de mi segura guarida sin que pueda hacer nada por retenerlo, y me encoge el alma pensar que está perdiendo el paraíso de la inocencia. Ya sé que es egoísta e inútil mi temor, pero no puedo evitarlo. Quisiera, si pudiera, prenderle el amuleto de la felicidad en su corazón y bañarlo en sándalo de suerte para que el viaje que está empezando a planear en su cabeza llegue a buen puerto, abrigado de los truenos de la desesperanza y el olvido.
Desde la llegada de la democracia en España, Comunidades Autónomas con idioma propio reivindicaron un derecho legítimo: la posibilidad de que su lengua tuviera un reconocimiento en el nuevo Estado. Este derecho se ha pervertido por partidos políticos que lo único que han buscado es una moneda de cambio para presionar al poder central y obtener poder y dinero para sus estructuras. Ahora, después de este proceso que debía de haber enriquecido culturalmente a los habitantes de estas regiones, hemos conseguido formar a unas generaciones en un idioma que no está reconocido internacionalmente, relegando el conocimiento del castellano a un segundo o tercer idioma.
¿Os imagináis que la tribu de los Navajos consiguiera una cierta autonomía en EE.UU. y promocionara su idioma como primera lengua y decidiera enseñar el castellano como segunda lengua, dejando relegado el inglés a tercer idioma? ¿Y sí decidiera que los carteles de sus comercios, papeles oficiales, señalización de carreteras tienen que editarse en su lengua? Evidentemente perderán la oportunidad de comunicarse con miles o millones de personas, dependiendo de la forma que utilizasen. Pues este caso tan extravagante está pasando en las llamadas Comunidades históricas.
Leo en “La Voz de Galicia” un interesante artículo sobre este tema. Cada uno tiene su opinión, pero yo puedo dar fe de lo que veo: que estudiantes de Erasmus de otros países no quieren ir a Cataluña porque a ellos lo que les interesa es aprender castellano (español para todos los que no son españoles, o para los buscadores de Google cuando eliges idioma). Creo que se puede favorecer, recuperar y desarrollar un idioma sin perder el sentido de la realidad. Y la realidad es que en el mundo el castellano es el tercer idioma más hablado, ¿no es mejor aprovecharlo que intentar hundir esta lengua que también es la de los habitantes de Cataluña, País Vasco o Galicia?.
Tal vez un poco de sensatez, de perspectiva global, de falsos mitos y de menor complejo provinciano por parte de los políticos nacionalistas traería consigo un enriquecimiento cultural general y un potencial mucho mayor para las personas que viven en esas comunidades, porque ahora, dependiendo de dónde nazcas, puedes licenciarte sin saber escribir en la lengua que nuestra Constitución reconoce como la de todos los españoles, y de momento, que yo sepa, Cataluña, Galicia y País Vasco forman parte de España.
El inventor del envase de las patatas Pringles, que ha muerto recientemente, estaba tan orgulloso de su invento que ha decidido que sus cenizas pasaran la eternidad enterradas en uno de los envases de las patatas de los que ha sido creador. Me ha parecido un gesto tan tierno el de Fredric J. Baur (así se llama el protagonista de la historia), que no me he podido resistir a reflejar este acto de amor póstumo, ¿o es un hecho de megalomanía?.
En estos días del final de una primavera en la que el sol está prisionero de unas nubes espesas, grises -como la realidad que nos rodea-, en la que los radio-predicadores del fin del mundo se sientan en los banquillos por arte y gracia de alcaldes que aspiran a ser faraones, en la que los bailes de cuchillos suenan con fuerza desde Génova, en la que el dúo Zapatero-Solbes sigue conjurando la crisis con frases de final feliz que no se cree nadie; en la que un negro puede llegar a la Casa Blanca, en la que muchos millones de personas siguen muriendo de hambre sin que nadie se sienta culpable; en fin, en esta primavera en la que se siguen desinflando como globos las ilusiones, me ha enternecido que Fredric J. Baur quisiera que sus cenizas reposasen en un envase de patatas Pringles.
Un nuevo episodio de ataque racista grabado por los propios agresores y subido a YouTube me hace preguntarme qué motiva a estos descerebrados a inmortalizar las barbaridades que cometen. Este vídeo fue subido por los matones protagonistas a YouTube y más tarde retirado. Pero desde hace unos días está otra vez visible para denunciar un tipo de vandalismo lamentablemente demasiado presente en nuestras calles.
¿Qué buscan estos mequetrefes? No lo sé y eso me asusta, porque para ellos esto tal vez sea sólo una broma.
Alma ha encontrado el sentido de su espíritu en su cuerpo. Ella dice que disfruta con los hombres, no de los hombres, por eso no ha buscado nunca una pareja estable. Alguien podría considerarla inmadura y promiscua, pero yo, que la conozco bien, sé que no es así.
Su actividad sexual, en verdad envidiable, dice que es fruto de una forma de pensar y de ser, que está convencida que no existe el hombre ideal, pero que hay montones de hombres ideales para un momento determinado, para un estado de ánimo concreto. Sus orgasmos dice que son incontrolados, porque nunca sabe cuando van a venir, en que momento va a encontrar un ocasional compañero de juegos; pero que son seguros porque nunca le dejan marcas, nunca le afectan más allá de la circunstancia en la que se desarrolla el encuentro fortuito.
Aunque parece que hoy mi blog está teniendo un tráfico inusual por una noticia sin trascendencia, creo que es necesario, a la vista del último atentado de los asesinos de ETA, hacer una reflexión sobre qué le ocurre a la sociedad vasca para que no reaccione contra una banda de matones cuyo único fin es continuar con una forma de vida que se alimenta del miedo y de la extorsión.
No entiendo que una sociedad como la vasca, que ha alcanzado sus cuotas más altas de autonomía con la llegada de la democracia a España y que ha recuperado y extendido una lengua que estaba muerta gracias a los impuestos de todos los españoles, siga sin plantar cara a una banda que está minando su futuro con cargas de profundidad. Mientras los vascos sigan con el síndrome de Estocolmo ETA seguirá matando, ETA seguirá amedrentando a los que piensan distinto, porque para los que no tienen argumentos la palabra no vale, por eso utilizan las bombas y las pistolas.
ETA no morirá hasta que los vascos dejen de apoyarla. Hasta ahora muchos de los que le han plantado cara han muerto, como Isaías Carrasco. Si los vascos consideran normal que vecinos suyos deban vivir con escolta por pensar de forma distinta a ETA, que sigan callando, que sigan aceptando la dictadura que les ha impuesto ETA tras la muerte de Franco.
La naturaleza nos enseña siempre que la muerte trae consigo la vida en un ciclo perpetuo, perfecto. Tras el invierno en el que todo permanece oculto, marchito, apagado; vuelve siempre la primavera en la que brotan miles de tonalidades, emergen olores frescos, en la que savia tierna invade el aire. Y esta nueva primavera nos trae la noticia de la muerte de un hombre, no un hombre cualquiera. Leopoldo Calvo Sotelo pasó por nuestra política como uno de los artífices de la democracia de la que hoy disfrutamos todos. Fue un presidente de Gobierno que no habló, no vivió de lo que un día fue, que no cargó contra los que le denostaron, que no trató de seguir más allá de lo que las urnas le dejaron.
Ahora que ha muerto ha vuelto a renacer, como esta primavera. Ahora que ya no puede oírlo ni verlo, los representantes de todos los partidos, los representantes de todos los españoles le rinden homenaje. Descanse en paz un presidente, casi por accidente, que pasó su momento con más pena que gloria, pero al que ahora, con los ojos del pasado, le rinde pleitesía la historia.
Por fin se ha decidido; sí, voy a morir, y eso me tranquiliza. ¡LLevo tanto tiempo esperándolo, estoy tan cansada! Saber que el final está ya cerca me ha traído sosiego. Aunque, si he de ser sincera, creo que lo estoy escribiendo para terminar de convencerme a mi misma de que he perdido, de que me he rendido. Y eso no es fácil.Luego, cuando todo pase, seré un número más en las estadísticas, pero yo ya no sufriré, estaré muerta.
Cuando he recibido su llamada, apenas me ha temblado la voz, incluso creo que le he provocado al notarme un tono neutro, sin rencor ni miedo. Podría haber acudido a la policía, a los servicios que se han puesto en marcha recientemente para casos como el mío, pero estoy harta de vivir escondiéndome sin ser una delincuente, estoy fatigada de salir a la calle temiendo una nueva encerrona en cualquier cruce, en cualquier calle, en cualquier esquina.
Nunca he sido una heroína, pero tampoco me considero una cobarde; lo único que siento en estos momentos es un enorme vacío, un gran agotamiento. Le esperaré con los ojos bien abiertos, quiero que por lo menos tenga en su cabeza mi mirada, mi última mirada. Ese será su verdadero castigo, convivir el resto de su vida con mi mirada.