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Esbozo de Soledad

Soledad es menuda, de ojos abiertos,  oscuros y redondos; de pasos pequeños, rápidos y silenciosos; de boca apretada y labios que no han sido nunca besados. Viste como monja sin hábitos y vive en la misma casa que la vio nacer, allá por los años más duros de la posguerra, y en la que, probablemente morirá si antes no se viene abajo como un castillo de naipes.

Desde que dejó de trabajar por una prejubilación bancaria hace más de una década, ocupa su tiempo en la iglesia del barrio, tal vez porque no tiene perro o gato que hagan más cálidas las paredes que la cobijan. Hija única, de familia corta, no cuenta con más compañía que los rezos y la monotonía de las misas de la tarde. Su vida parece vacía, pero no creo que se sienta infeliz. Sigue anclada en una realidad que desapareció hace tiempo, pero no parece preocuparle.

Pocas veces sale de su barrio, en el que los vecinos de toda la vida han ido desapareciendo poco a poco porque se han muerto, o porque sus hijos les han llevado a una residencia. La escalera ya no cruje con las carreras de los chavales  y sólo llegan por el patio bocinas asfixiadas de coches con prisas y silencios sordos, ahogados, melancólicos.

Conoce a mucha gente del barrio, pero nunca ha tenido verdaderos amigos. Desde que murieron sus padres y una tía con la que algunas tardes tomaba café y tortitas con nata en una cafetería cercana, todos los días son iguales, todos los crepúsculos son el mismo crepúsculo, todas las noches son calladas, oscuras y frías.

Soledad es más que su nombre.


Fotografía: show³

Un extraño sueño

Le vi por primera vez dónde sólo se ve a los muertos, en un sueño. Tenía las manos suaves, me agarraba con fuerza para subir una pendiente abrupta, en medio de una niebla espesa, que no hacía presagiar nada bueno. A pesar de sus esfuerzos, de sus palabras de aliento, mi respiración era cada vez más agitada, mi corazón latía en la cabeza con un ritmo frenético y mis músculos se iban tensando tanto que dolían como miles de agujas ensartadas en las sienes. Cuando mi mano se soltó de las suyas y empecé a caer, desperté con la sensación de seguir cayendo al vacío.

Olvidé pronto el incidente, aunque el vértigo que me produjo la caída imaginaria no terminaba de desaparecer de mis pasos, durante unos días cortos y lentos, como mis respuestas. La rutina y los numerosos pequeños contratiempos diarios consiguieron que, al cabo de unas semanas, mi cerebro eliminara este extraño sueño.

Fotografía: Gonçalo Pereira

Orgasmos incontrolados, pero seguros

Alma ha encontrado el sentido de su espíritu en su cuerpo. Ella dice que disfruta con los hombres, no de los hombres, por eso no ha buscado nunca una pareja estable. Alguien podría considerarla inmadura y promiscua, pero yo, que la conozco bien, sé que no es así.

Su actividad sexual, en verdad envidiable, dice que es fruto de una forma de pensar y de ser, que está convencida que no existe el hombre ideal, pero que hay montones de hombres ideales para un momento determinado, para un estado de ánimo concreto. Sus orgasmos dice que son incontrolados, porque nunca sabe cuando van a venir, en que momento va a encontrar un ocasional compañero de juegos; pero que son seguros porque nunca le dejan marcas, nunca le afectan más allá de la circunstancia en la que se desarrolla el encuentro fortuito.

Si quieres, puedes conocer a Alma.

Un largo viaje

Berta se dejaba llevar por el monótono ritmo de las escaleras mecánicas mientras sus ojos recorrían la estación en un lento travelling. Una voz nasal y ligeramente estridente se repetía constantemente por los altavoces. Sus pasos vacilaron un momento, pero tras consultar su reloj, decidió entrar en el bar. Una bofetada de aire caliente y humo se estrelló contra su rostro, mientras se abría paso entre espaldas, codos y piernas para pedir un café con leche a un diligente camarero con chaquetilla blanca -como los de antes-. El pardo y humeante líquido entraba a pequeños sorbos por su garganta, lánguidamente, dejando que el tiempo corriera.

“El Expreso Rías Altas, con salida a las 21:35, está situado en vía 2″, comunicó la chillona y anónima voz. “. Berta pagó al camarero y se introdujo en la espesa y fría noche del febrero madrileño. Caminaba rápida y segura, como si la pequeña maleta que sujetaba su mano derecha no le pesara más que un pañuelo de seda. ¡Qué diferente este viaje a los que hacía todos los septiembres de su niñez! Pudo haber ido en avión hasta Santiago o en el Talgo hasta La Coruña, pero eligió el lento, nocturno y pesado viaje del Expreso Rías Altas.

Éste es un fragmento de “Un largo viaje”