La pereza se ha ido apoderando poco a poco de mi cuerpo. Primero fueron los brazos, cada vez más pesados, menos flexibles, más ajenos a la voluntad de mi cerebro. El cuello, casi imperceptiblemente, se ha convertido en una rama seca, sin savia que corra por su interior, dejando mi cabeza como una isla a merced de las olas que azotan desde el embravecido mar de un verano, que ya no es más que un recuerdo en una mente a la deriva.
Estoy aquí tirada sobre una arena compacta y gris, que en nada asemeja a esos finos y blancos granos que anuncian los grandes carteles de las soñadas vacaciones, con el fondo de un agua azul turquesa irresistible. Y mi tronco se mueve rítmica, lenta, cadenciosamente hacia arriba y hacia abajo, lo que indica que mis pulmones negros y calcinados por el tabaco todavía funcionan. Oigo el mar, nana tranquilizante y urdidora de olvidos, araña que teje mis sueños acunándome con viento suave y sensual.
Mis piernas se comportan como dos apéndices extraños y huidizos, ajenos a mi voluntad, dejándose llevar por una desidia sin límites, mientras el sol martillea su piel impregnándola de minúsculas gotas de sudor. Y yo no controlo ya ni mi propio cuerpo. Me dejo arrastrar por este mundo en el que no existen crisis económicas, ni políticos que inventan nombres para las cosas que ya tienen nombres, ni símbolos de unidad patria envueltos en chavales de pierna ágil y gestas imposibles.
Y a pesar de mi apatía manifiesta consigo todavía retener un pensamiento para dos mujeres, una que ha vuelto a la vida y una a la que se ha llevado la muerte: Íngrid Betancourt y Simone Ortega. A la primera la rescataron ayer, después de 6 largos años de un secuestro injusto y sin sentido -como todos- . A la segunda, le debo lo poco que sé de cocina -que no es mucho-. Gracias a sus 3.000 recetas de cocina he conseguido salir airosa en más de una ocasión y sin tener apenas conocimientos rudimentarios del “arte culinario”, por eso de mi adiós agradecido.
Vuelvo a mi paréntesis veraniego, sin más armas que mi cuerpo en ofrenda al sol y a esta leve brisa que me acaricia y envuelve en un período de hibernación placentero y somnoliento. Mis oídos sólo se abren a los sonidos del Mediterráneo, que me acoge siempre cálido y me purifica. Cierro los ojos para que mis otros sentidos se expandan en este espacio infinito, en el que el tiempo es siempre mío.
Desgraciadamente, como en tantas ocasiones la realidad supera a la ficción.
Ésta es una historia real, con rostros, nombres y apellidos de personas que viven en un país desarrollado, con un alto nivel cultural ¿qué falla en nuestra mente, en nuestra sociedad, para que seamos capaces de convivir con el horror?. Es sólo un ejemplo. Leo en la revista Maravilhion un tremendo reportaje sobre explotación sexual infantil. Algunos días me averguenzo de pertenecer a la especie humana.
Vuelas, como águila amenazadora en torno a mi frágil felicidad. La sombra de tus alas, cada vez más próxima, más negra, deja resbalar la soledad en mi interior. Allí sentado, sonrisa burlona, picoteas despiadadamente mi imaginación. Sólo tu boca moviéndose, tus ojos fijos en mi rostro, intentando sorprender en él el resultado de esta tortura, de este juego cruel.
Labios chorreando palabras amargas, sílabas cayendo como un mazazo sobre mi cerebro, que repite, obstinadamente, soledad, soledad, soledad… Lanzas hipótesis al aire, un aire frío que hiela mis lágrimas antes de nacer, lágrimas de posibilidades, de dudas, y tú, allí sentado, inmóvil. Y tus labios lanzando flechas envenenadas y tu lengua masticando dardos mordientes. Yo, a tu lado, cogiendo tu mano muerta sobre la mesa, atrayendo tu rostro y besándote, rebatiendo tus hipótesis con miedo, con caricias calientes, con miradas de piedad.
Tanta esclavitud, aunque voluntaria, pesa en tu altiva figura, águila mía; retengo tu mano creyendo que es tu alma, pero no, eres tú, quien tiene mi alma presa bajo tus garras. No eres tú águila herida, sino yo gorrión quebrado. No soy carcelero de tu vuelo, ni domador de tu bravura; no deseo ser espina, muro opresor o jaula indeseable. ¿No entiendes, amor, que únicamente busco cobijo bajo tu ala, que deseo ser pluma, aire o nido en el que reposas?.
Vuela alto, águila majestuosa, descubre nuevos horizontes, más altas cumbres, pósate sobre las nubes más blancas, extiende tus alas hasta el infinito, nútrete de jugosas víctimas y dialoga con los dioses. Pero, cuando estés cansado, vuelve hacia este pequeño y pobre gorrión que, con sus sucias patas de asfalto, te guiará por la gran ciudad de los hombres; te ofrecerá su cuerpo como nido, gorgojeará trinos desconocidos para adormecerte y te servirá, fiel, hasta que un coche, una piedra o la lluvia acaben con su miserable existencia.
Te preguntarás por qué, águila orgullosa, esta agotante fidelidad. Una paloma me contó el secreto: tu salvaste a ese gorrión de la muerte, le devolviste algo tan preciado como la alegría. Quizás para ti eso no significó nada, o sólo un recuerdo; pero el gorrión vivirá siempre, solamente, de ese recuerdo.
Tenía las manos llenas de ilusión. Sus ojos estaban vivos,chispeantes; todos los minutos eran diferentes. Corría así, casi desbocándose, creía y confiaba en sus suerte.
Mostraba su sonrisa - labios abiertos, carnosos- impúdicamente. Su mano sólo soñaba con tocar una estrella, cada día intentaba volar un poco más alto, siempre hacia arriba, hacia el cielo. Pretendía ser la reina del Arco Iris, de las hadas, la guardiana del mejor de los universos.
Su existencia era un paseo de dulces aromas, de besos claros, de amores y desamores, de llantos, pero nunca, nunca de vacíos. Más un día, en un instante maldito cayó, como todos, de esa emoción de sentirse viva. Se hundió -como tantos- en el fango de la rutina. Y se sintió sucia, cruel, vencida.
Intentó volver a ser su recuerdo, más no pudo, no la dejaron; su encierro no fue nunca respetado. Su sonrisa se transformó en mueca, sus ojos se tornaron opacos y sus manos ya no sostenían los efímeros sueños.
La cárcel a la que voluntariamente se había retirado era asaltada continuamente por extraños, cuerpos de los que manaban palabras envenenadas de una falsa comprensión y un acartonado afecto.
Y decidió escapar definitivamente. La encontraron abrazada a su muñeca preferida; y así, con una sonrisa en los labios -que no mueca- desertó de la mentira en su cuerpo. Un poco cobardemente quizás, regresó de nuevo a su mundo añorado.
Y triunfó en su desesperado gesto. Algunos maldijeron éste su último viaje, la acompañaron en un dolor que ella ya no abrigaba; otros, los más, olvidaron pronto su muda y estéril protesta. Pero para todos, hoy, ella existe únicamente como un recuerdo, y de ahí su victoria, su yo se ha dispersado en multitud de mentes, en diferentes espacios y tiempos.
El cielo se ha ido tiñendo lentamente de ira; su rostro -el de ella- se refleja en los tonos granas y violetas. Su energía, la que se desprendía de ella, de su sonrisa, de sus ojos chispeantes, es absorbida por la tierra y la lluvia -lágrimas vertidas por la naturaleza muerta- apaga la cólera de una tarde cualquiera -en la que ya no está ella-.
Tenía su mano entre las mías, esa mano antaño fuerte y vigorosa que se tornó en unos meses cristalina, transparente. Ya no hablaba, tenía los ojos cerrados y su respiración era casi imperceptible. De pronto, un leve movimiento de sus dedos me indicó que debía soltarle. Subió lentamente su mano derecha hacia su frente, luego al pecho, pasándola por el hombro izquierdo y finalizando esa cruz simbólica en el hombro derecho. Tras realizar con un gran esfuerzo ese gesto tres veces, dejó caer otra vez su mano entre las mías. Estaba helada, intenté transmitirle calor, pero su mano se transformó en marmol.
Fue una noche larga, vacía, en la que al final vomité en una oscura y fría sala de hospital toda mi angustia, mi dolor, mi miedo, mi incredulidad ante un hecho cierto: la muerte de un hombre que me había dedicado 20 años de su vida; que me había transmitido entre besos, juegos y palabras duras sus ilusiones, sus fracasos, su cariño.
Eran las 10 de la mañana de un frío y despejado 23 de febrero, fecha maldita, cuando un numeroso ejército de células cancerosas vencieron a un corazón grande y bueno, al igual que un dragón de mil cabezas vence al príncipe valiente.
Esa noche, al volver a casa -nuestro refugio-, algo cayó sobre mí al contemplar su ropa sobre la cama -hoy vacía de su olor-. Y aunque creía que nunca más cerraría los ojos para poder retener aquello que él ya no vería, dormí. Y esa noche no soñé, no reviví ningún momento, no creé ninguna ilusión, no sentí ningún miedo; así me acerqué más a él, porque caí en el descanso de los muertos.
Si de algo he de sentirme feliz es de haber cumplido su último deseo, no quería ser enterrado en esta gran ciudad, entre cadáveres anónimos y desconocidos. Así, comenzamos una peregrinación hacia su infancia, hacia esa tierra por la que siempre lloraba y que le iba a acoger para siempre entre sus huecos.
La gente pasó ante el féretro, yo no entendía esa música constante del “Padre nuestro”. La rebeldía y la ira se apoderaron de mí a medida que subía el tono de los rezos, y creo que grité “por qué no le dejáis en paz, ya está muerto”.
Todo terminó donde termina siempre, en el cementerio. No asistí a su entierro, no me sentí capaz de ver cómo encerraban tras una capa de cemento una parte importante de mi vida, como desaparecía del mundo de los vivos un hombre bueno.
Hoy, muchos años después, sigo esperando que llame a la puerta, porque él continua aquí conmigo, continuará siempre. Y el final de su vida se ha transformado en el principio de un recuerdo.