Una mujer de negro

Abril 12, 2008 at 9:14 am (Bitácora) (, , , , )

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Foto de Figarcia

Es, como otras muchas mujeres, heroína anónima, pluriempleada sin sueldo que un día decidió salir a la calle y buscar una ocupación remunerada para que su prole pudiera recibir una buena educación, aquella que ella no pudo recibir. Siempre he admirado en ella su resistencia para el trabajo, nunca se rinde, su jornada laboral comienza muy temprano -antes de que el sol nos ilumine- y finaliza cuando la luna reina sin oposición el cielo de la ciudad; sólo pequeños descansos, casi invisibles, permiten a los músculos relajarse unos instantes.

Cuando la enfermedad vino a asentarse en su casa, quisieron ocultarla la verdad hasta estar completamente seguros de que no había ninguna esperanza, pero un médico te dio la estocada por la espalda. Recuerdo que se sentó; sus ojos, llenos de lágrimas y de incredulidad, reflejaban un gran miedo.

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El principio de un recuerdo

Marzo 11, 2008 at 4:08 pm (Bitácora) (, , , , )

Tenía su mano entre las mías, esa mano antaño fuerte y vigorosa que se tornó en unos meses cristalina, transparente. Ya no hablaba, tenía los ojos cerrados y su respiración era casi imperceptible. De pronto, un leve movimiento de sus dedos me indicó que debía soltarle. Subió lentamente su mano derecha hacia su frente, luego al pecho, pasándola por el hombro izquierdo y finalizando esa cruz simbólica en el hombro derecho. Tras realizar con un gran esfuerzo ese gesto tres veces, dejó caer otra vez su mano entre las mías. Estaba helada, intenté transmitirle calor, pero su mano se transformó en marmol.

Fue una noche larga, vacía, en la que al final vomité en una oscura y fría sala de hospital toda mi angustia, mi dolor, mi miedo, mi incredulidad ante un hecho cierto: la muerte de un hombre que me había dedicado 20 años de su vida; que me había transmitido entre besos, juegos y palabras duras sus ilusiones, sus fracasos, su cariño.

DEATH PUMPKIN - QwirkSilver

Eran las 10 de la mañana de un frío y despejado 23 de febrero, fecha maldita, cuando un numeroso ejército de células cancerosas vencieron a un corazón grande y bueno, al igual que un dragón de mil cabezas vence al príncipe valiente.

Esa noche, al volver a casa -nuestro refugio-, algo cayó sobre mí al contemplar su ropa sobre la cama -hoy vacía de su olor-. Y aunque creía que nunca más cerraría los ojos para poder retener aquello que él ya no vería, dormí. Y esa noche no soñé, no reviví ningún momento, no creé ninguna ilusión, no sentí ningún miedo; así me acerqué más a él, porque caí en el descanso de los muertos.

Si de algo he de sentirme feliz es de haber cumplido su último deseo, no quería ser enterrado en esta gran ciudad, entre cadáveres anónimos y desconocidos. Así, comenzamos una peregrinación hacia su infancia, hacia esa tierra por la que siempre lloraba y que le iba a acoger para siempre entre sus huecos.

La gente pasó ante el féretro, yo no entendía esa música constante del “Padre nuestro”. La rebeldía y la ira se apoderaron de mí a medida que subía el tono de los rezos, y creo que grité “por qué no le dejáis en paz, ya está muerto”.

Todo terminó donde termina siempre, en el cementerio. No asistí a su entierro, no me sentí capaz de ver cómo encerraban tras una capa de cemento una parte importante de mi vida, como desaparecía del mundo de los vivos un hombre bueno.

Hoy, muchos años después, sigo esperando que llame a la puerta, porque él continua aquí conmigo, continuará siempre. Y el final de su vida se ha transformado en el principio de un recuerdo.

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Los muertos que siempre vuelven

Febrero 21, 2008 at 11:46 pm (Bitácora) (, , , )

La máscara
La máscara

He leído en el blog de Elena (post del 19 de febrero) sobre la falsedad de ciertos besos, esto me ha hecho reflexionar sobre el dolor que nos empeñamos en esconder, en hacer invisible para poder seguir viviendo. Nos gastamos el dinero en ansiolíticos, en psicólogos y psiquiatras para descubrir que el dolor sigue ahí, que por mucho que nos empeñemos en pintarlo de otro color emerge siempre, hasta que conseguimos aceptarlo y vivir con él como con ese pariente indeseable del que no te puedes desprender. Me viene a la cabeza una frase de Javier Marías, en su libro Veneno y sombra y adiós (tercer volumen de Tu rostro mañana): “porque los muertos se empeñan en seguir muertos y siempre vuelven más tarde, para hacernos sentir la punzada de su alfiler en el pecho y caer como plomo sobre nuestras almas”. Es mentira que olvidemos aquello que nos duele; convivimos con ello, pero de vez en cuando nos ahoga su presencia, porque somos conscientes de ella.

Cambiando el registro, acabo de ver a Pizarro y a Solbes en el debate de Antena 3, me gustaría que ese fuera el tono de esta campaña, y se eliminaran de una vez gestos hoscos, frases hirientes, los mensajes del fin del mundo que esconden falta de propuestas, de ideas, de proyectos novedosos, de planteamientos propios y que lo único que me evocan son las consignas de bandas callejeras. A veces me pregunto si los políticos creen que somos imbéciles y que no sabemos discernir. Deberían leer a mi compañero Kalikegno, tal vez un humor como el suyo les ayudaría a agudizar el ingenio.

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