El principio de un recuerdo

Tenía su mano entre las mías, esa mano antaño fuerte y vigorosa que se tornó en unos meses cristalina, transparente. Ya no hablaba, tenía los ojos cerrados y su respiración era casi imperceptible. De pronto, un leve movimiento de sus dedos me indicó que debía soltarle. Subió lentamente su mano derecha hacia su frente, luego al pecho, pasándola por el hombro izquierdo y finalizando esa cruz simbólica en el hombro derecho. Tras realizar con un gran esfuerzo ese gesto tres veces, dejó caer otra vez su mano entre las mías. Estaba helada, intenté transmitirle calor, pero su mano se transformó en marmol.

Fue una noche larga, vacía, en la que al final vomité en una oscura y fría sala de hospital toda mi angustia, mi dolor, mi miedo, mi incredulidad ante un hecho cierto: la muerte de un hombre que me había dedicado 20 años de su vida; que me había transmitido entre besos, juegos y palabras duras sus ilusiones, sus fracasos, su cariño.

DEATH PUMPKIN – QwirkSilver

Eran las 10 de la mañana de un frío y despejado 23 de febrero, fecha maldita, cuando un numeroso ejército de células cancerosas vencieron a un corazón grande y bueno, al igual que un dragón de mil cabezas vence al príncipe valiente.

Esa noche, al volver a casa -nuestro refugio-, algo cayó sobre mí al contemplar su ropa sobre la cama -hoy vacía de su olor-. Y aunque creía que nunca más cerraría los ojos para poder retener aquello que él ya no vería, dormí. Y esa noche no soñé, no reviví ningún momento, no creé ninguna ilusión, no sentí ningún miedo; así me acerqué más a él, porque caí en el descanso de los muertos.

Si de algo he de sentirme feliz es de haber cumplido su último deseo, no quería ser enterrado en esta gran ciudad, entre cadáveres anónimos y desconocidos. Así, comenzamos una peregrinación hacia su infancia, hacia esa tierra por la que siempre lloraba y que le iba a acoger para siempre entre sus huecos.

La gente pasó ante el féretro, yo no entendía esa música constante del “Padre nuestro”. La rebeldía y la ira se apoderaron de mí a medida que subía el tono de los rezos, y creo que grité “por qué no le dejáis en paz, ya está muerto”.

Todo terminó donde termina siempre, en el cementerio. No asistí a su entierro, no me sentí capaz de ver cómo encerraban tras una capa de cemento una parte importante de mi vida, como desaparecía del mundo de los vivos un hombre bueno.

Hoy, muchos años después, sigo esperando que llame a la puerta, porque él continua aquí conmigo, continuará siempre. Y el final de su vida se ha transformado en el principio de un recuerdo.

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Un pensamiento en “El principio de un recuerdo

  1. elenaword dice:

    Es el escrito más bonito, el homenaje de amor más bello que he leído nunca. ¡Cómo escribes! y ¡Cómo sientes! .- Siento admiración. Enhorabuena. Me ha costado retener las lágrimas. Quizás tengo tan reciente lo de mi tía que me he sentido muy identificada. Eres Genial! Gracias.

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