Cambio de maletas

Madrid nunca duerme, ni siquiera en agosto. Me recibe ardiente, ajeno, y yo regreso siempre con añoranza de mi refugio, aunque sea sólo para unas pocas horas. ¡Horror!, de nuevo a deshacer y a volver a hacer maletas. Los coches a deshoras son mi nana. Pero el sueño no viene, ¡este calor tan diferente a la humedad envolvente del Mediterráneo!. La televisión, como la mayoría del país, también está de vacaciones, así que salvo por los Juegos Olímpicos, el resto es puro relleno, es el mes de los sustitutos y de las películas de serie B.

Un momento de silencio, … bueno, a medias. Todavía hay interrupciones para curar heridas de guerra. Y vuelta a las maletas. Me desconcierta el desorden que generan camisetas rebeldes, bañadores jugando a ser pelotas de tenis, o bermudas que no encuentran su percha. ¡Me agotan! y este sopor se cuela sin pudor por todos los rincones de mi cuerpo.

A pesar de todo, me gusta volver a casa; reconocer mis rincones, los olores conocidos, los sonidos de la calle, de mi calle. Y mi silencio, solo las teclas que destapan las naderías que pasan por mi cabeza después de aterrizar en una rutina distinta, la del cambio de maletas. Aunque me queje, me gusta saltar de un sitio a otro en vacaciones, tengo la sensación de que este período dura más. Volver a casa para irme de nuevo me provoca la zozobra de un inicio continuo.

Sigo pensando en las maletas, mañana de nuevo a guardar, a doblar, a recordar todo lo que hay que llevar al nuevo destino, para en unos días volver y deshacer lo hecho. Mi destino en vacaciones es el de Penélope (la de Homero), hacer para deshacer.

Las zapatillas están preparadas para salir del útero materno nuevamente. Mis pies son su único equipaje para que sea leve la carga y así poder decidir el destino sobre la marcha, dependiendo del estado de ánimo o del bolsillo (que también cuenta en vacaciones).

Cambiarán la arena conocida por olores a sándalo, a miel y a bazares milenarios. Surcarán un Mediterráneo lejano, distinto y espero que cargado de instantes únicos. El fin nunca justifica los medios, pero en el caso del cambio de maletas es lo que único que lo hace llevadero.

Siempre sueño que alguna vez podría existir la magia y que las maletas se hicieran solas, pero no, eso no debe de ser rentable como negocio, así que nadie lo inventará y yo seguiré jurando en arameo cada vez que me enfrente con mis maletas. ¡Hasta la vuelta!

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