Alejamiento definitivo

Por fin se ha decidido; sí, voy a morir, y eso me tranquiliza. ¡Llevo tanto tiempo esperándolo, estoy tan cansada! Saber que el final está ya cerca me ha traído sosiego. Aunque, si he de ser sincera, creo que lo estoy escribiendo para terminar de convencerme a mi misma de que he perdido, de que me he rendido. Y eso no es fácil.Luego, cuando todo pase, seré un número más en las estadísticas, pero yo ya no sufriré, estaré muerta.

Cuando he recibido su llamada, apenas me ha temblado la voz, incluso creo que le he provocado al notarme un tono neutro, sin rencor ni miedo. Podría haber acudido a la policía, a los servicios que se han puesto en marcha recientemente para casos como el mío, pero estoy harta de vivir escondiéndome sin ser una delincuente, estoy fatigada de salir a la calle temiendo una nueva encerrona en cualquier cruce, en cualquier calle, en cualquier esquina.

Nunca he sido una heroína, pero tampoco me considero una cobarde, lo único que siento en estos momentos es un enorme vacío, un gran agotamiento. Le esperaré con los ojos bien abiertos, quiero que por lo menos tenga en su cabeza mi mirada, mi última mirada. Ese será su verdadero castigo, convivir el resto de su vida con mi mirada.

Todavía me pregunto cómo he llegado hasta este punto. Cinco años de convivencia que se convirtieron en un infierno al poco de iniciarse; un no querer ver en qué me estaba convirtiendo, un silencio cada vez más espeso, un temor cada día más arraigado en mi alma y sorpresa, sobre todo sorpresa por no entender como la persona que estaba a mi lado y decía que me amaba me estaba aniquilando por dentro.

Conocí a Federico en la Facultad, era un chico tímido, dulce, discreto, un estudiante del montón sin muchos amigos, pero con una gran sensibilidad -o por lo menos eso percibí yo entonces-. Gran aficionado al ajedrez y a los juegos de magia, era lo que mis padres definieron como “un buen chaval”. Le perdí la pista al finalizar la carrera, tomamos distintos rumbos profesionales. Yo me casé y me equivoqué -creo que en cuestión de hombres no puede decirse que sea muy avispada, dada mi trayectoria-.

Le volví a encontrar a los dos años de mi separación, por un tema de trabajo. Entonces yo volcaba todas mis energías en “mi carrera”, para no sentirme demasiado sola; y él apareció cuando mi corazón estaba empezando a necesitar un tratamiento de choque. Comenzamos a quedar a menudo, siempre era muy cortés, muy educado, muy galante… y yo me dejé querer, ansiaba dejarme querer.

Nuestra historia fue muy lenta, demasiado tal vez. Éramos dos personas adultas, libres, sin ninguna atadura familiar ni sentimental, y aun así, nos lo tomamos con calma. Pensaba que no quería agobiarme, que me dejaba espacio para que me afirmara en mis sentimientos. ¡Qué ciega he sido! Cuando, al cabo de de salir juntos habitualmente durante varios meses me sugirió, muy sutilmente, que podría quedarse en casa a dormir, yo le deseaba como nunca habría imaginado que desearía a ningún hombre. Le besé, apretándole contra mi, como si así fuera más yo, más parte de mí, más yo parte de él.

Comenzó a instalarse como se adhiere el polvo a los muebles; sin ruido, sin que apenas te des cuenta, sin saber que estaba ya ahí, conmigo. Y mi vida empezó a diluirse gota a gota, con pequeños detalles. Me llevaba a trabajar, me recogía a la salida de la oficina, por lo que se acabaron las cañas con los compañeros, a él no le hacía mucha gracia tener que conocer gente nueva. Las salidas con mis amigos se fueron distanciando, se fueron cansando de mis constantes negativas para vernos. Fede se había convertido en mi centro y mi cerco.

Sus gestos, cada vez más inquietos, me fueron mostrando una persona insegura de si misma, egoísta, que había fracasado en sus sueños. Él nunca tenía la culpa de sus fallos, de sus problemas, siempre eran los demás los que ponían zancadillas, los que no le entendían, los que le tenían envidia, los que hacían fracasar sus planes. El día que me soltó a bocajarro, como una sentencia “harás lo que yo te diga, porque tú eres mía” supe que tenía que salir de mi vida. Aguanté porque le quería, quería a esa imagen que me había forjado de él, pensé que podía hacerle cambiar, que mi amor vencería a sus miedos, pero me equivoqué, porque nunca cambian, siempre son ellos: indecisos, cobardes, mentirosos, desequilibrados. Son ejemplares de la especie que no han evolucionado, que han perdido su territorio y no saben reaccionar en un medio distinto, que no son capaces de sentir más allá de sus propias necesidades.

Intenté romper la relación de forma civilizada, como todo el mundo, pero Fede no es todo el mundo. Empezó la persecución psicológica, no podía ir a ningún sitio sin tropezarme con él, a oír sus lamentos y sus “lo siento, yo te quiero”. Volví a recuperar a mis amigos, que hicieron las veces de guardia pretoriana, pero él siempre conseguía burlar sus defensas y accedía, una y otra vez a mi maltrecha autoestima. Lo intentamos varias veces y fracasamos. Nos hundíamos más y más profundo en una relación que no tenía salida, hasta que decidí denunciarle y pedir orden de alejamiento (tal vez la mía sea una de las 7.000 historias pendientes).

Parece que la medida le asustó realmente, y durante un tiempo estuvo al margen de mi rutina, yo recuperé de nuevo la ilusión por despertarme cada mañana y emprendí otros retos que me hacían olvidar la pesadilla en la que había convertido mi existencia sin proponérmelo. Era relativamente feliz cuando se coló por la puerta de atrás y me avisaron del hospital que estaba en estado crítico porque se había cortado las venas. Me sentí culpable, todavía su imagen me escocía en el cerebro. Corrí a su lado, intenté hacerle comprender que esa no era la solución; cuando se recuperó me prometió que seguiría una terapia, que no me volvería a molestar. Y yo, como una imbécil le creí, no sé si porque me convenció o porque no me podía creer que yo me hubiera enamorado de un loco, de una persona totalmente desequilibrada.

Me llamó al poco tiempo para contarme que estaba totalmente curado, que ya había perdido el miedo a vivir, pero que me necesitaba para echar a andar. No sabía si reírme o llorar, me estaba chantajeando de nuevo, pero esta vez no lo consentiría. Le dije que nos habíamos hecho mucho daño y que lo mejor para ambos era que tomáramos caminos diferentes. Entonces vi realmente su rostro, cuando sin pestañear, sin gritar, sin subir la voz me dijo “pronto estarás muerta”. Quise tomarlo como una bravuconada, como una pataleta de niño pequeño, pero en el fondo sabía que iba en serio.

Han pasado varios meses desde esa conversación. En este tiempo: mi coche con las ruedas pinchadas, una paliza a un amigo, llamadas sin que nadie conteste al otro lado del teléfono, mi casa violada por la furia de un maníaco que lo destrozó todo y dejó un mensaje macabro en las paredes: MUERTE -pero, como no se pudo probar nada sobre el autor de los hechos, quedó como un acto más de vandalismo en una gran ciudad en la que todos los días hay miles de sucesos truculentos-. Un día llegó a ponerme una navaja al cuello por la espalda, a atropellar mi cuerpo con sus manos enguantadas para no dejar huellas; pero como me atacó por la espalda y no pude verle quedó mi calvario en una denuncia a un atacante anónimo, sin identificar.

Después de cinco años estoy literalmente agotada, me he cansado de luchar y le he facilitado el camino. Esta mañana, cuando ha llamado con algún aparato de esos que distorsionan la voz, le he dicho que no voy a ser suya, que su acoso me da asco, que si quiere venir a por mi me encontrará porque no voy a volver a esconderme. Cuando me ha dado el plazo de 32 horas para volver con él y que si no debía atenerme a las consecuencias, he arrojado una triste carcajada al teléfono. No sé el por qué de esas 32 horas, pero no le voy a denunciar de nuevo, ¿para qué?, ¿para seguir viviendo con miedo? Le estaré esperando para conseguir alejarle de mí de forma definitiva.

Un pensamiento en “Alejamiento definitivo

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