Alma y la vida

Alma ha encontrado el sentido de su espíritu en su cuerpo. Ella dice que disfruta con los hombres, no de los hombres, por eso no ha buscado nunca una pareja estable. Alguien podría considerarla inmadura y promiscua, pero yo, que la conozco bien, sé que no es así.

Su actividad sexual, en verdad envidiable, dice que es fruto de una forma de pensar y de ser, que está convencida que no existe el hombre ideal, pero que hay montones de hombres ideales para un momento determinado, para un estado de ánimo concreto. Sus orgasmos dice que son incontrolados, porque nunca sabe cuando van a venir, en que momento va a encontrar un ocasional compañero de juegos; pero que son seguros porque nunca le dejan marcas, nunca le afectan más allá de la circunstancia en la que se desarrolla el encuentro fortuito.

Cuando alguna vez le he preguntado por su corazón, dice que lo tiene ocupado en muchas cosas, que amar es un verbo muy amplio. Ser feliz, me comenta en alguna ocasión, es un ejercicio muy duro, no basta con desearlo. Para conseguirlo tienes que liberarte de multitud de cadenas con las que te atas a cada paso que das en la vida. Me regaña tiernamente porque cree que mi monogamia es compulsiva y fruto del miedo a relacionarme con los demás.

A veces, mientras charlamos de cosas intrascendentes, la miro y me pregunto si es una pose o en realidad está satisfecha con su trayectoria. Sigo viendo en ella a esa cría pecosa, de pelo rebelde y ojos grandes, verdes y atigrados, que me ofreció la mitad de su chocolatina cuando llegué con 6 años al colegio y todavía era más tímida y más cerrada que ahora. Alma siempre ha sido así: generosa, extrovertida, alegre y vital. Tal vez por eso nos hicimos tan amigas, yo era todo lo contrario: introvertida, miedosa, pesimista; su energía me inundaba y me calmaba esas llagas que van dejando por dentro los fracasos de la adolescencia.

En su casa convivían el ateísmo pragmático de su padre y fe cristiana no practicante de su madre. Este entorno familiar le conformó un carácter inquieto intelectualmente y un cuerpo que cuidaba y mimaba, con el que se sentía satisfecha. Mi formación judeocristiana fue mucho más estricta en casa; odiaba mi cuerpo y me avergonzaba de esos pechos que se empeñaban en emerger cuando cumplí los 12 años. Se reía de mi sofoco cuando hablaba de temas referentes al sexo, me decía que nunca aprendería a disfrutar si no sabía cómo hacerlo, que preguntar es sano y que reconocerse es necesario para que los demás te puedan conocer.

Alma me ayudó a vencer muchos miedos de mi niñez y mi adolescencia, por eso la quiero, pero la veo ahora, al cabo de los años y me pregunto si no se siente sola. Sus ojos verdes están ahora menos luminosos que antaño, pero sigue siendo una mujer realmente atractiva. Su sonrisa continúa haciendo estragos, porque te obliga a mirarla, a quererla. Ella sabe del poder de esa sonrisa y lo utiliza, no sólo para atraer a un hombre al que quiera conquistar, sino para gustar a otras mujeres, para conseguir proyectos profesionales, para buscar la caricia de un crío o para alegrar a un anciano que se cruza por la calle.

No comparto la visión de la vida de Alma, pero quiero a Alma. Tiene cualidades que envidio – de forma sana- y formas de actuar que no entiendo -aunque sí respeto-; pero sobre todo, tiene mi afecto, un cariño que está formado de recuerdos y vivencias, de un hombro sobre el que llorar y de una mano amiga.

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