Caperucita verde y los siete cerditos

A Alicia nunca le gustó su pelo, por eso siempre llevaba gorros, sombreros o boinas para tapar esa mata roja, ensortijada y rebelde que se empeñaba en crecer por mucho que la cortara. Aquel día, llevaba puesta la gorra verde de lana porque hacía mucho viento, y en su pueblo el viento, cuando llegaba, se convertía en el amo de la calles haciendo danzar hojas, papeles o bolsas de plástico encima de los valientes viandantes que se atrevían a cruzarse en su camino.

Llegaron aquel día, el del viento, haciendo un ruido metálico y ronco. Eran siete camiones enormes, fornidos y malencarados. Alicia se topó con ellos cuando iba a la panadería de la señora Anita, en la que siempre se quedaba admirando los pestiños crujientes y el olor a levadura y a azucar que desprendía el blanco delantal que la señora Anita lucía como si fuera el uniforme de general en jefe de un ejército de disciplinado soldados.

Dio un paso atrás asustada por el estruendo que acompañaba el paso de los camiones, pero inmediatamente el estupor se transformó en una curiosidad acuciante, que la llevó a olvidarse de la barra de pan que le había encargado su madre. Les siguó por el callejón de la iglesia, echando a correr cuando les perdió de vista al doblar por la calle del Pilón. Alcanzó a descubrirlos de nuevo por la calle de la Alameda, pero se quedó pegada al suelo, sin poder dar un paso, al verlos irrumpir con sus gigantescas y toscas ruedas en el Parque de los Nidos.

Este parque en realidad era una zona en la que no había columpios, ni toboganes, solo hierba mal cortada y unos troncos caídos, que servían de imaginario escenario para los niños del pueblo: a veces eran almenas de un castillo, otras trincheras de una batalla; a veces también se convertían en caballos cabalgando en enloquecida carrera contra los malos, o en refugio seguro frente a monstruos, enemigos y animales salvajes. Allí tampoco había nidos de ningún tipo, solo los que los niños colgaban en sus historias; aunque los viejos contaban que antiguamente, en ese parque, anidaban bellas aves que al amanecer emitían unos gorgojeos que quitaban las penas al instante.

Alicia logró vencer, tras los primeros instantes de pánico, esa parálisis de piernas y cuerdas vocales que la impidieron correr hacia los camiones y gritarles que pararan. Fue rápidamente hacia el lugar donde se detuvieron los camiones y vio a siete hombres subidos en excavadoras que se empeñaban en arrancar a la tierra su piel y su sangre. Se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a su querido parque mancillado, malherido y expuesto a los abusos de los brazos articulados y gigantes de estos ogros de hierro. Cuando los conductores de estos artilugios se dieron cuenta de la presencia de Alicia, se quitaron los cascos que les protegían del infernal rugido de las criaturas que cabalgaban, y la increparon por estar en un lugar peligroso como ese. Ella intentó explicarles que no podían destrozar su parque, pero los hombres se echaron a reir y le dijeron que ese parque desaparecería para convertirse en unos bonitos chalets adosados.

Salió de allí como si la persiguiera la bruja más malvada de todos los cuentos y, sus pies casi sin pisar los adoquines, la llevaron a la plaza de la Fuente. Hacía ya muchos años que en la plaza no había fuente, pero todo el mundo seguía llamándola así porque no conseguían acordarse del nombre que figuraba en la plaza y que el alcalde inauguró hacía cuatro veranos. Mientras corría, Alicia se decía: “piensa, piensa piensa rápido”. En ese momento, como si una pared se le hubiese presentado delante de su nariz, se paró en seco y volvió sobre sus pasos. Cruzó de nuevo la plaza, pasó delante del parque dirigiéndole una mirada cómplice y llegó a la granja de Manuel. Miró a su alrededor y cogió una vara que estaba cerca de la porqueriza de la granja, abrió el portón de la pocilga y vareó a los cerdos hasta que salieron de allí. Los guió con determinación hacia el parque y, una vez allí, les gritó para que se asustaran y salieran corriendo. Los gorrinos empezaron a chillar y a correr sin rumbo, chocando contra las grúas. Los hombres que manejaban los monstruos de metal se vieron sorprendidos por la danza enloquecida e histérica de los siete cerdos y detuvieron sus maléficos artefactos.

Al bajar, y ver a Alicia en un lateral del parque con una vara y una sonrisa de satisfacción, el jefe de la cuadrilla les dijo: creo que hoy nos han vencido Caperucita verde y los siete cerditos. Cogieron las llaves de sus grúas, cerraron las puertas y se fueron hacia los camiones, desapareciendo por donde habían llegado. Los cerdos ahora paseaban tranquilamente por el parque; Alicia respiró tranquila, ¡lo había conseguido!. La figura de Manuel se cruzó en su campo de visión; el gesto de reprobación de su rostro le auguraba una buena reprimenda, pero no le importaba, había merecido la pena.

3 pensamientos en “Caperucita verde y los siete cerditos

  1. Hola Desira, qué original!!!! Como bien comenta anrafera, está muy bien el relato y las explicaciones que das. Un saludo y me alegro de llegar hasta tu blog.

    Saludos, Vanessa (PTB)

  2. desira dice:

    Gracias, me alegro de que te haya gustado.
    Saludos, Desira.

  3. anrafera dice:

    Orignal relato. Muy bien el cocktel de personajes. Felicitaciones. Saludos PTB

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