Soledad, más que su nombre

Soledad es menuda, de ojos abiertos,  oscuros y redondos; de pasos pequeños, rápidos y silenciosos; de boca apretada y labios que no han sido nunca besados. Viste como monja sin hábitos y vive en la misma casa que la vio nacer, allá por los años más duros de la posguerra, y en la que, probablemente morirá si antes no se viene abajo como un castillo de naipes.

Desde que dejó de trabajar por una prejubilación bancaria hace más de una década, ocupa su tiempo en la iglesia del barrio, tal vez porque no tiene perro o gato que hagan más cálidas las paredes que la cobijan. Hija única, de familia corta, no cuenta con más compañía que los rezos y la monotonía de las misas de la tarde. Su vida parece vacía, pero no creo que se sienta infeliz. Sigue anclada en una realidad que desapareció hace tiempo, pero no parece preocuparle.

Pocas veces sale de su barrio, en el que los conocidos de toda la vida han ido desapareciendo poco a poco porque se han muerto, o porque sus hijos les han llevado a una residencia. La escalera ya no cruje con las carreras de los chavales  y sólo llegan por el patio bocinas asfixiadas de coches con prisas y silencios sordos, ahogados, melancólicos.

Conoce a numerosos vecinos, pero nunca ha tenido verdaderos amigos. Desde que murieron sus padres y una tía con la que algunas tardes tomaba café y tortitas con nata en una cafetería cercana, todos los días son iguales, todos los crepúsculos son el mismo crepúsculo, todas las noches son calladas, oscuras y frías.

Supongo que en sus años mozos soñó con casarse y tener hijos, pero su mojigatería y la jaula dorada en la que estaba recluida le impidieron asomarse al mundo y ver más allá de los árboles de la calle. Cada uno tiene la vida que elige vivir, pero hay algunas, como las de Soledad, que me dan pena, porque nadie llorará su muerte, nadie velará su cuerpo, salvo algún pariente lejano que espere recibir los miles de euros que ha conseguido reunir gracias al ahorro de sus padres y a su tacañería enfermiza, que le ha permitido incrementar el patrimonio familiar de forma considerable.

El capricho más caro y excéntrico que se ha permitido -sólo de cuando en cuando- es comprar 100 gramos de caramelos de lila. Pero esto para ella ya es un verdadero derroche, por lo que escatima todo lo que puede en el resto de los gastos, hasta tal punto que con la luz escasa de una bombilla solitaria del pasillo puede ver en todas las estancias de la casa, incluso le llega para cocinar.

Su aventura más emocionante ha sido ir una semana a un balneario cuando vivía su tía, porque una señorita decente no puede viajar sola. Podría dedicarse a ayudar a los demás, porque su situación económica es holgada, pero sus labores como buena cristiana se limitan a ir a misa diaria, pasar el cepillo a los feligreses o sacar brillo a los candelabros de la iglesia. Con estas buenas acciones ya cree comprada una parcela en el cielo.

No puedo más que sentir pena por alguien que deja pasar la vida sin asomarse siquiera a ella, que ni ha amado, ni ha gritado de miedo o llorado de alegría; que no ha arriesgado, ni ha sentido el perfume del fracaso, ni de la más etérea dicha.

Soledad, así la llamaron, así vive y ha vivido, así pasa su existencia. Es más que su nombre, es su esencia, es su retrato más íntimo.

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Un pensamiento en “Soledad, más que su nombre

  1. […] Soledad es más que su nombre. […]

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