Un largo viaje

“¡Amargo caminar, porque el camino
pesa en el corazón!. ¡El viento helado
y la noche que llega y la amargura
de la distancia!…”

Antonio Machado

Berta se dejaba llevar por el monótono ritmo de las escaleras mecánicas mientras sus ojos recorrían la estación en un lento travelling. Una voz nasal y ligeramente estridente se repetía constantemente por los altavoces. Sus pasos vacilaron un momento, pero tras consultar su reloj, decidió entrar en el bar. Una bofetada de aire caliente y humo se estrelló contra su rostro, mientras se abría paso entre espaldas, codos y piernas para pedir un café con leche a un diligente camarero con chaquetilla blanca -como los de antes-. El pardo y humeante líquido entraba a pequeños sorbos por su garganta, lánguidamente, dejando que el tiempo corriera.

“El Expreso Rías Altas, con salida a las 21:35, está situado en vía 2”, comunicó la chillona y anónima voz. “. Berta pagó al camarero y se introdujo en la espesa y fría noche del febrero madrileño. Caminaba rápida y segura, como si la pequeña maleta que sujetaba su mano derecha no le pesara más que un pañuelo de seda. ¡Qué diferente este viaje a los que hacía todos los septiembres de su niñez! Pudo haber ido en avión hasta Santiago o en el Talgo hasta La Coruña, pero eligió el lento, nocturno y pesado viaje del Expreso Rías Altas.

No había mucha gente en el andén; algunos jóvenes -estudiantes, sin duda-, algunos ancianos con boina y mujeres destocadas, madres con niños colgando de su mano, soldados que volvían o iban de permiso, algún despistado ejecutivo y poco más. Rezó interiormente para que su compartimento fuera vacío. En primera clase no debía viajar mucha gente en aquellas fechas. Había tenido suerte, ninguna reserva además de la suya. Colocó de cualquier forma la maleta sobre el estante y se dispuso a esperar de nuevo.

Aquellos septiembres eran distintos, en casa se apreciaban aires de partida desde primera hora de la mañana. Mamá se pasaba todo el día corriendo de un lado a otro: guardando ropa, preparando comida para el viaje, cogiendo los últimos regalos… Las maletas enseñaban impúdicamente sus interioridades hasta última hora.

Partíamos hacia la estación dos o tres horas antes de la salida del tren. Yo conocía muy bien la Estación del Norte, papá me llevaba allí muchos domingos, me enseñaba las locomotoras y, parándose siempre ante un Expreso, me decía: “ves esa máquina, pues en ella está contenida la felicidad”, “¿por qué?”, le preguntaba contemplando el tren con admiración y respeto; “porque cuando montamos en ella nos lleva directamente al paraíso”, me respondía con los ojos brillantes que refelejaban su añoranza de Galicia.

El tiempo de espera en aquella gigantesca nave no se hacía excesivamente largo. Yo sentía un hormigueo en el estómago a medida que pasaban los minutos. Iba a comprar tabaco a papá, o periódicos, recados que se veían recompensados siempre con un dinero extra para caramelos o chicles. Papá tenía la mirada sonriente todo el día.

La enorme bóveda, a principios de septiembre todavía soleada, escupía y tragaba personas y férreos reptiles articulados por sus múltiples grietas. El verano aún se mantenía en el aroma y el colorido vestuario de los habitantes de esa gran cúpula cristalina.

Nuestro coche estaba siempre al final del anden: segunda clase, asientos de cuero azul con brazos abatibles. Fotografías impersonales de Cádiz, Salamanca, Madrid o Vigo decoraban en blanco y negro un espacio de suelo descolorido y paredes que imitaban el color de la madera. Mamá era la encargada de colocar los bultos, numerosos e informes, en las baldas situadas sobre los asientos. A mí me atraían mucho las mesitas plegables que estaban bajo la ventana, separadas por un cenicero -entonces los vagones eran todos de fumadores y muchos asientos estaban firmados con redondas quemaduras de cigarros consumidos entre cabezada y cabezada-. La noche se presentaba larga, interminablemente larga.

“Realmente, los viajes son muchos más emocionantes cuando eres niña”, pensó Berta. El ronco silbar del tren distrajo por un momento sus fantasmas. Trabajosamente, como si le fallaran las fuerzas, la máquina comenzó a alejarse de las luces blanquecinas de la estación. Muy pronto todo fue oscuridad tras los cristales; las últimas estrellas de la ciudad fueron quedando atrás. El largo gusano de metal se internaba en unos campos yermos, salpicados de chalets, matojos y pinares blanqueados por la escarcha que los arropaba.

Berta sacó un periódico de su semiabierto bolso y se dispuso a ojearlo, pero pronto sus ojos se perdieron complacientes en la negrura del paisaje, y regresó a una escena anterior cuando el repiqueteo insistente del teléfono se empeñó en despertarla.

– ¿Berta?; soy yo, Augusto.

– ¿Augusto?

– Sí. ¿Te he despertado?

– No, que va, estaba ya levantada -mintió Berta al teléfono ciego-.

– Mira, siento molestarte, pero vas a tener que venir, tenemos que presentarnos ante el juez el día 25.

– Pues va a ser difícil; ahora tengo mucho trabajo.

– Berta, es necesario para terminar con los papeles del divorcio. ¡Eh!, ¿sigues ahí?

– Sí, sí. Pensaba en lo engorroso que resulta dejar de compartir tu vida con otra persona. ¿Qué tal está Luz?

– Bien, muy bien. Y a ti, ¿qué tal te va?

– Como siempre, con mucho trabajo y poca vida afectiva. Ya me conoces.

– Bueno, tengo que dejarte. ¿Vendrás, verdad?

– Sí, no te preocupes. Lo intentaré.

Berta, dejando el teléfono sobre la mesilla, intentó rehacer en su mente la imagen de Augusto, a quien no veía desde que dejó La Coruña hacía ya un año. Fue el primer hombre de su vida; no le fascinaron de él sus cálidos y desvaídos ojos tras esas gafas de concha negra, sino la dejadez de sus gestos y la impasibilidad que le llegó a exasperar en los últimos años de su matrimonio.

Volvió de nuevo a centrarse en las noticias del día que el periódico exhibía entre columnas, titulares gigantescos y provocativos, fotografías remarcadas con orlas negras y entradillas excesivamente largas. El tren pasó por El Escorial durmiente y helado.

Un revisor todo azul marino, todo corrección y aburrimiento, comprobó minuciosamente el billete de Berta y, tras bajar la cabeza ligeramente a modo de despedida muda, se perdió tras la puerta transparente. La máquina continuaba su caminar constante y rítmico sobre los raíles hincados en tierra castellana. El pasillo no presentaba mucha agitación; lo intempestivo de la fecha y la competencia desleal de coches, aviones y otros trenes más rápidos hicieron que el Expreso fuera perdiendo, uno tras otro, sus habituales clientes.

Dejando a un lado la descorazonadora actualidad, Berta salió de su refugio y se dirigió al coche restaurante, en el que se apreciaba ese tufillo tan peculiar, mezcla de humos de todo tipo, humanidad encerrada en un angosto habitáculo y desinfectante a granel. Se apoyó en la barra, junto a un posible vendedor que no tenía prisa por llegar a ninguna parte. Pidió unos sándwiches y una cerveza, para engullirlo todo rápidamente y regresar a su temporal clausura en el compartimento 32.

De nuevo en la intimidad de las cortinas cerradas que preservaban de miradas ajenas su preciada soledad, Berta se dispuso el asiento de forma más cómoda para poder iniciar el camino hacia el sueño. Dentro y fuera del gusano de metal una densa noche lo atrapaba todo.

Yo salía con papá al pasillo, me gustaba estar a su lado mientras él consumía lentamente un cigarro y comentaba pensativamente “cuando lleguemos a Medina del Campo nos mandan otra vez para Madrid, ya verás”. Yo le miraba riéndome y le decía que me estaba engañando, que él no lo permitiría, convencida totalmente de su poder. Tras ese breve debate quedábamos en silencio, y esa niña de cara de pito y ojillos azules esperaba pacientemente a que el tren arribara a Medina para poder demostrar a su clarividente progenitor que ella tenía razón.

La pálida claridad de la estación, vendedores callejeros voceando “¡Bebidas frescas: coca-cola, naranja, cervezaaaaaaaa!”, andenes de cemento grisáceo, máquinas, vías muertas, gente viva bajando y subiendo de trenes nos recibían en esta villa vallisoletana. Mi asombro crecía cuando comprobaba que el tren, de nuevo en marcha, retrocedía, tal y como vaticinaba mi padre. Mi asustado rostro se volvía de forma impulsiva hacia él en busca de ayuda. Y él me respondía riendo a carcajadas y mostrando unos menudos y alineados dientes, mientras me empujaba suavemente hacia nuestro compartimento y me calmaba diciendo que él lo arreglaría todo.

Repetíamos el mismo rito todos los años, con la misma incredulidad, la misma sorpresa, la misma desesperación y la misma alegría al comprobar que nuestra dirección volvía a ser la correcta. Recuerdo todavía cómo el abatimiento me acompañaba cuando regresaba a mi asiento, pensando que las vacaciones se esfumaban sin haberlas probado siquiera un poco; y acurrucaba mi cabeza entre los enormes pechos de mamá para que me protegieran de tan tristes reflexiones. Tras un corto duermevela me internaba de nuevo en el estrecho corredor, repleto en esa época de estudiantes que iban a Santiago de Compostela. Buscaba a mi padre entre las piernas y caderas que obstaculizaban mi avance y le localizaba, casi siempre, hablando de las maravillas de la tierra gallega, de sus singularidades, de sus numerosas riquezas. Él me miraba de soslayo un instante, pasaba su fuerte brazo alrededor de mi famélico cuello y me acariciaba suavemente la mejilla.

Paseábamos arriba y abajo como animales enjaulados; de vez en cuando nos deteníamos ante alguna de las numerosas ventanas y clavábamos nuestros ojos en las profundas tinieblas intentando descubrir animales salvajes, duendes despistados o signos de vida en las estrellas. Otra vez vuelta a encogerme en el cuero azul, mientras me adormecía al rito del “chuc-chuc” agónico del Expreso.

La meseta castellana iba desfilando ante Berta sin que le prestase mucha atención. Pensaba en otro febrero en el tren, pensaba en su madre de luto, luto que marcaba la ausencia de una mirada verde, de una faz afable y redonda, de una risa franca y abierta. Pensaba en el hombre que fue su padre, en la profunda adoración con la que le comtempló en su niñez, en la relación amor-odio que presidió su adolescencia y en intenso vacío que dejó su muerte en tres mujeres. Aquel niño grande, consentido y generoso, nunca desapareció de sus vidas, aunque su cuerpo fuese enterrado en un húmedo y lejano camposanto. Cuando a Augusto le destinaron a La Coruña iban todos los fines de semana a esa pequeña aldea escondida en el monte gallego a visitar su tumba, como si de una peregrinación morbosa se tratase.

“Estás perdiendo el control”, se reprocho Berta a si misma. A pesar de la distancia, no podía recordar aquellos momentos sin sentir una punzada de dolor en el estómago y unas contenidas -sólo a medias- ganas de llorar. Decidió salir fuera para espantar sus espectros y sus pasos la llevaron hacia los coches de segunda clase. Por aquella zona el movimiento era mayor, una guitarra sonaba en el último compartimento del vagón, un grupo de chicos se pasaba una “litrona” y hablaban a gritos para espantar el aburrimiento nocturno del Expreso.

Retornó hacia su prestada guarida con un andar vacilante y perezoso; deseaba infundir en su alma el aire fresco que invadía sus pulmones. Arrellanándose en su asiento como una pequeña gata en celo sucumbió, sin proponérselo en un sueño sin imágenes. Su estado onírico le impidió advertir el contorno de Zamora, el gélido rostro de las poblaciones leonesas o la entrada triunfal y sigilosa del gusano de metal en la provincia de Orense.

La claridad vencía de nuevo, en su pertinaz e interminable batalla, a la señora de la noche cuando Berta comenzó a parpadear y a percibir nítidamente su entorno. Asomó su afilada nariz a la empañada ventana, impregnada del rocío matutino, y pudo distinguir mudas y ancestrales casas de piedra y musgo, parceladas extensiones de un intenso verde anaranjado, suaves ondulaciones repletas de olor a eucalipto. Una sonrisa fue curvando sus labios; la antigua patria de los celtas la recibía envuelta en bruma.

Se desperezó y rescató un diminuto neceser de la maleta. Después de asearse mínimamente, entre vaivenes continuos, se encaminó de nuevo a su asiento. El pasillo proseguía huero, ni un leve asomo de vida desprendía aquel conglomerado de de cristales, metal y productos sintéticos. “Dentro de poco quedará libre para reanudar su vida, Luz es la persona indicada para él. ¡Lástima que no hubiera conocido ella a ese pequeño ratoncillo, me hubiera ahorrado muchos problemas!” Augusto había dejado, a pesar de todo, un hondo agujero en su afectividad. Pronto le perdería la pista, entre ellos no había ningún hijo que sirviera de excusa para mantener una ficticia amistad. “Nunca entendió mi necesidad de atisbas en su actitud un asomo de reacción incontrolada, ni siquiera cuando nuestros cuerpos se buscaban”. Berta suspiró al recordar su vida conyugal y agitó la cabeza para impedir que ideas incómodas enturbiasen su temprano despertar.

Volver a la consciencia en un tren siempre resulta desconcertante. De niña llegaba a asustarme de verdad en ese espacio que no pertenece ni a la realidad ni al sueño. Subía desmesuradamente los párpados y al verle allí, frente a mí, todos los músculos se relajaban de forma instantánea. Él me sonreía y me revolvía el pelo, yo me sentaba en sus rodillas y le besaba muchas, muchas veces. Entonces él me invitaba a mirar por la ventana y, bajándola un poco, me cogía en brazos. “Aspira todo el aire que puedas, ya hemos entrado en el paraíso”. yo le obedecía e inhalaba todo lo que mis pulmones podían soportar. “Huele a verde”, sentenciaba tras degustar tan delicado aroma; “no, huele a gloria”, me corregía dulcemente.

Al dejar atrás Santiago con sus arrabales de humeantes fábricas, campamentos de gitanos y colmenas sin arraigo; con sus miradores de fachadas centenarias, mamá nos llevaba al baño comunitario, donde casi siempre debíamos esperar turno con la toalla en la mano. La última hora era la más lenta; los cuerpos, después de toda una noche acunándose en intermitentes sacudidas sobre cientos de kilómetros de vías, mostraban ya síntomas de cansancio y cierta desazón. Poco a poco nos aproximábamos a nuestro destino y el intenso gozo de papá se reflejaba en su mirada, esa mirada verdemar, transparente.

Mamá comprobaba una y otra vez los bultos. Mi hermana y yo matábamos el aburrimiento jugando a las cartas o la “veo, veo”. El tren ignoraba altivamente aldeas y pueblos desperdigados a lo largo de la campiña coruñesa, atravesándolos de norte a sur, de este a oeste. Pausadamente, la agonizante máquina disminuía su constante traqueteo. La silueta de la ciudad aparecía cercada por un considerable cinturón industrial. Hombres y equipajes se acumulaban en la salida; la estación se acercaba más y más. Cuando se detenía totalmente el asmático respirar del tren, corríamos hacia tierra firme. Papá me cogía en volandas y susurraba a su cielo “por fin estamos en casa”.

Berta volvía del coche restaurante tras degustar un reconfortante desayuno tanto para su estómago como para su mente. Se cruzó en el pasillo con el probable vendedor en viaje de negocios y se internó de nuevo en su rectangular celda. Un sol frío y enjoyado, con áureos destellos, dominaba ya todos los rincones cuando el Expreso decidió parar definitivamente sus múltiples pies viajeros. Berta colgó el chaquetón de mezclilla sobre sus hombros, cogió la maleta de piel negra y se encaminó hacia la salida. Las negras gafas de Augusto se encaminaban hacia ella. Sonrió. Atrás quedaban instantáneas de un pasado lejano y reciente atrapadas en el vagón de un Expreso. Grabó la silueta verdosa en su memoria. El presente la besaba en forma de ex marido afectuoso.

Un pensamiento en “Un largo viaje

  1. […] Éste es un fragmento de “Un largo viaje” […]

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