Clavaste en el espejo

Clavaste en el espejo miles de dagas afiladas
con salobres reproches y amargas perfidias.
Y morías una y otra vez con sus mentiras,
empapándote la vida de tormento,
de vergüenza, de dolor, de hiel y cieno.

Y en su mente vacía de pecado,
en su cuerpo contraído y acabado
volcabas tu decisión de hacerte daño,
de morir despacito, sin reparo
en esa culpa que nadie te ha llevado,
en ese despertar del paraíso, del engaño
que arraigó en tu piel durante años.

Retorcías una y otra vez tu nimia historia
sintiéndote trágica protagonista
de una cruel y voraz cámara oculta
de la que todos comentaban y tú desconocías .

Así hincaste las rodillas en la punzante espada
que creías tu sombrío futuro y tu falaz pasado;
con las heridas abiertas siempre de veneno,
ese que destila tan despacio,
por el que se escapa a sorbos tu sustancia;
sin que encuentres ni la más leve esperanza,
sin que te perdones nunca haberle amado.

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