De amores y caballeros andantes

Estos versos no finalizan la historia,
una historia de un caballero andante
y una dama en apuros,
sola, perdida, sin escudo.

Y él, Arturo y Ricardo
– más Ricardo que Arturo-,
tenaz, fuerte y guerrero,
tendió su mano hacia la damisela,
matando sin dudar al dragón
que vomitaba miedo a su corazón.

Su hazaña mereció la entrega
de su alma en un pañuelo
-la de ella, de la damisela-,
que la llevó a seguirlo
por montañas escarpadas,
por áridos desiertos,
por altiplanos helados.

Y su alma irá allá donde él esté,
porque sin su caballero andante
no sabe ser. No sabe existir
fuera de su mirada ámbar,
de su sonrisa abierta,
de sus palabras francas.

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