Dejo la mano

Dejo la mano en inconstantes bucles de avaricia,
con la vana esperanza de un milagro
que transforme tu huella en un Pegaso
blanco, inmaculado, alado,
sin corcel dorado que lo dome;
resplandeciente, libre y arrojado,
que libere la ambrosía del Olimpo
para solaz de unos pobres humanos.

Dejo la piel en legajos de pronombres egoístas
para tapar sus miserias con el canto
lejano y caprichoso de unas ninfas,
escurridizas y plegadas en un rastro
de lujuriosa belleza, de olor a vida,
de vergeles escondidos y caricias,
de incapacidad innata para el llanto.

Aquí os dejo un crucigrama de acertijos
con relatos de dioses que, a fin de cuentas,
no son más que bulos de cobardes
para no enfrentarse con el miedo
de un papel en blanco, o de la evidencia
de ser únicamente una voz perecedera,
sin hechizo, sin magia, sólo un fraude.

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