El descubrimiento de tu cuerpo

La tarde caía por las esquinas pardas,
siempre a la misma hora del entierro,
de la rendición de la rosa,
de la virgen blanca.

Los primeros atisbos de sonrisas
se recogieron en un caleidoscopio
de abrazos calientes, de cuerpos-guía,
de bocas ansiosas;
trenzando un frágil acomodo
como arañas sin sombras,
sin veneno, sin pudores.

En aquel instante salté
sobre tu cuerpo, traspasándolo.
Y mis manos se esfumaron
en una nube transparente,
dispersándose en la lluvia
que aun me envuelve.

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