Horas sin luz

Me llamó Santa Teresa
mientras hincaba su ironía
y su rabia contenida,
en relámpagos de palabras
que rebotaban como puñales
mensajeros de soledad.

Vertió en un frío discurso
la incapacidad de acariciar,
por un momento, el miedo
de aquellos que no entienden
la rentabilidad de números sordos,
la práctica conveniencia del olvido
o la inutilidad de la autocompasión
en un condenado a muerte.

Me llamó Santa Teresa
y yo me replegué,
con la impotencia de quien no entiende
el idioma de los triunfadores,
de los que no necesitan
una mirada cercana para sentirse vivos,
de titanes desprovistos de ternura.

Y me disolví muda y vacía,
como cobarde sin argumentos,
en el suave deslizar de la inconsciencia,
en la mortaja de unas horas sin luz.

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