Manhattan

Manhattan abrió mis carnes
apresadas en la luna vieja.
Sus luces, parpadeando en el mar,
subrayaban tus palabras;
contradicciones de papel
frente a la espuma de tus ojos,
verdes reflejos de una llamada.

La isla nos envolvió la piel
en la noche del fuego,
de la purificación del alma
cansada y triste del recuerdo,
en la que tu obstinada conciencia
perdió la batalla del deseo.

Pero la claridad de la mañana
nos dejó el lánguido lamento
de unos instrumentos de cuerda
y la desaparición del Manhattan
que nos meció en los engaños
de dos cuerpos en penumbra.
Sin pasado, sin memoria,
sin fotografías del pasado
que distrajeran tus manos
de la conquista de mis lunas.

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