Nacía la luna

Nacía la luna
al borde de tu cadera
aquella noche.

Tersos músculos de atleta,
vigilantes al mínimo signo
de excitación involuntaria,
brillaban bajo mi mano
como plata pulida
por sacerdotes iniciados.

Tus ojos me seguían
desconcertados, inquietos,
interrogando cada gesto,
cada movimiento inesperado.

Recta calma de rocío caía,
como lluvia dulce,
por tu loma desnuda;
bandera de insultante
fuerza y juventud
para mis milenarios pechos.

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