Perdí el camino hasta tu boca

Perdí el camino hasta tu boca
al cruzar la cuarentena de mis días,
que encontraron un refugio de cerezas
en ocultos paseos por las dudas.

Remé entonces con la carga del deseo
en aquel paisaje de silencios
con almohadas caídas y fantasmas,
con reproches prendidos en los ojos
y búsquedas engañosas de certezas
que pusieran la puntilla a esta comedia.

Me perdí, amor, en esa orilla
en la que lo bueno y lo malo
se desnudan y yacen juntos
y se desean sangrando en la impaciencia
hasta evitar rozarse en una mesa.

Me renombré, amor, por encontrarte
en los surcos conocidos de esta piel
y en unos pechos agostados y rendidos
-que no amamantaron a tus hijos-,
pero viven para encenderse de tus dedos.

Y escapé finalmente de ese pozo de los miedos
cuando mis ojos rescataron la autoestima
del espejo de la sinceridad y mi cintura
se cimbreó en tu mediodía sin sombras,
sin fisuras.

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