Te entrego mi piel dormida

Te entrego mi piel dormida,
que el alma ya la dejé olvidada
en aquella vereda perdida
que me dejó ramas secas
y hierba con olor a escarcha.

Te entrego mi caja desvencijada
donde guardo dibujos, papeles,
cartas que saben amargas,
rostros en sepia y sonrisas
de faunos hambrientos, de esos
que queman dentro cuando ando.

Te entrego, si tú me dejas,
las uñas de porcelana que violaron
la tierra virgen que aun me pesa
como plomo oxidado,
denso, asfixiante, sin amo.

No hay ni estrellas turbadoras,
ni carros dorados, ni una mariposa
que vuele sus colores en tu mano;
sólo lo que ves, eso hay, eso te entrego
para que tú labres mi campo.

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