Un amor de verdad nunca es virgen

Perdí, cuando caía la tarde,
el aroma de tu espalda
por la sombra de una duda.
Murió entonces aquello
que había entre los dos,
ese amor inocente y virginal,
sin las llagas de la usura.

Me dijiste que era yo,
la que tiraba la llave
de un proyecto común
a la basura;
que seguías anclado a mí,
por mil costuras;
que era yo, y no tú,
la que creaba monstruos
con cenizas oscuras.

Y volví a encontrar el por qué
de mi pasajera locura
en las heridas a flor de piel,
que deja un amor que no es virgen,
tal vez, pero me cura
del paseo con la soledad,
de tantas inútiles luchas
conmigo misma, con la verdad,
con el cómo, el con quién;
y sé que quiero vivir con él,
hasta que la eternidad
del mañana o el ayer
clave de nuevo sus uñas.

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