Una imagen

Apareciste una tarde
que mi memoria guarda:
Pantalón de pana,
sonrisa burlona,
ademanes inquietos
y mirada ámbar.

Pensé: frena,
no te conviene,
pero tus ojos impidieron
cualquier reacción
de mis rodillas
y quedé, como Isaac,
dispuesta al sacrificio.

Rodaron sobre nosotros
primaveras e inviernos.
Aprendimos a reconocernos
sacudiéndonos del cuerpo
el polvo del dolor,
de los reproches,
de los miedos.

Recuerdo
que una mañana,
al volver una esquina,
perdí tu sombra
entre el teclado
de un ordenador
y el Rastro.

Pero superamos laberintos
tejidos con maldad
por la araña del olvido.
Y vencimos.

Volví a recuperar tu mano
para mis pechos,
huérfanos de tus besos,
mendigos de tus caricias.

Y florecí de nuevo
con la proximidad
de tu aliento
en mi cuello,
con el bálsamo
de tu mirada ámbar.

Y renací con el que será
mi universo,
bandera de mi patria:
tu cuerpo.

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