El tiempo de las puertas cerradas

Puertas bien cerradas

Fotografía de Anie

En mi casa ha llegado el tiempo de las puertas cerradas. Antes todas las habitaciones estaban abiertas, pero de un tiempo a esta parte, los niños marcan su espacio con el símbolo de la puerta cerrada.

Esas puertas cerradas también me las encuentro en mi país: puertas cerradas a la educación, puertas cerradas a la sanidad, puertas cerradas a la solidaridad, al diálogo, a la verdad sin tapujos, al compromiso, a la esperanza.

Lo de mis hijos lo entiendo, buscan su propio espacio dentro del espacio común, pero lo que pasa en España actualmente me produce frustración y tristeza.

Mi princesa escondida

Mi princesa escondida

Mi princesa escondida

Mi princesa está escondida en un patito feo y se siente amenazada por todo cuanto le rodea, pero sobre todo, se siente amenazada por su propia inseguridad. Tiene 11 años y es preciosa, de piel blanca y delicada, de rostro todavía infantil y cuajado de pecas sobre una pequeña nariz respingona. Sus ojos grandes, redondos, inquisidores a veces, se nublan con agua salada de lágrimas de impotencia más a menudo de lo que deberían, porque su mirada es luminosa, entre verde oliva y ámbar. Sus labios carnosos, de tono afresado, protagonizan una sonrisa abierta sin pudores, sin resquicios de duda, que desvelan la inocencia en la que aun se envuelve.

Su cuerpo está cambiando y le cuesta asimilar, que lo que hasta ayer era una promesa, hoy se está dibujando en sus pechos recién estrenados, en su cintura que se moldea entre una primavera y otra; en sus caderas incipientes que se van dibujando como un boceto, que se repasa una y otra vez, hasta que adquiere una forma definida y definitiva.

Y entre su desconcierto y su miedo, yo soy su punching-ball, al que acude para desquitarse consigo misma. Yo la entiendo, pero no me resigno a ser solo su pared, contra la que descarga una y otra vez. Por eso la incito a que descubra por sí misma que hay que luchar contra esos monstruos que habitan ese armario que guardamos en nuestras cabezas, no aguijoneando a los demás, no volcando nuestra ira contra el mundo; sino liberándonos de ellos, abriéndoles la puerta de ese armario imaginario y sacándolos fuera.

Mi princesa descubrirá, dentro de un tiempo, que es un bello cisne. Y yo estaré ahí, en esa maravillosa transformación, aunque ella piense que nunca la escucho, que no la entiendo.

La primera gran mentira

Mi hija de 10 años me confesó recientemente, entre lágrimas, que ya sabía que los Reyes Magos no existían, que no eran lo que le habíamos contado siempre, que sabía la verdad, pero que no quería que ello conllevara el final de las sorpresas, la emoción de esperar el regalo, de buscar el escondite del tesoro.

Imagen de JIKATU

Imagen de JIKATU

La abracé con fuerza, le acaricié el pelo, sequé sus lágrimas con mis dedos, le di un beso y  solo supe decirle que no se preocupara, que su padre y yo procuraríamos que las sorpresas continuaran, aunque los Reyes no dejaran en casa los regalos este año.

Cuando la vi delante de mí tan asustada por lo que le pudiera decir, me di cuenta que esa era la primera gran mentira a la que nos enfrentamos en la vida, por eso, tal vez, la retrasamos lo máximo posible. Descubrir que los sueños se acaban, no se cumplen o son solo una bella mentira, supone un choque emocional demasiado violento, a pesar de que ya no tengas 10 años y la vida te haya enseñado las garras más de una vez.

Por favor, habla conmigo

Haz un experimento: mira a tu alrededor y observa cuántas personas no están utilizando un dispositivo móvil mientras caminan, toman un café, esperan el autobús o están sentados en el parque, aunque estén con otras personas.

Estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo mundo en el que los amigos no se cuentan con los dedos de una mano, en el que no hablas cara a cara, sino por WhatsApp; en el que las movilizaciones sociales se gestan en twitter, en el que el ámbito de lo privado se diluye en la nube.

Las ventajas de las nuevas tecnologías son indudables, pero a veces, las múltiples posibilidades de comunicación que ofrecen nos inducen a aislarnos de los que tenemos al lado. Mi hijo, de 15 años, es un muchacho de su tiempo, digital, conectado permanentemente a amigos, a juegos, a noticias. De momento, sigue conectado con su madre, que soy yo, una mujer analógica que intenta no perder el paso en esta nueva realidad en la que ve innumerables beneficios. Sin embargo, a veces, le miro mientras está concentrado en su móvil, y pienso “por favor, habla conmigo”.

La maldición de Eva: el nido vacío

Imagen de JulioMunizPadilla

La maldición de Eva no ha sido parir hijos, sino dejarlos marchar. Dolor, soledad y tristeza se entremezclan en los numerosos comentarios que he recibido en El síndrome del nido vacío, una entrada que escribí hace casi cuatro años, al darme cuenta de que mi hijo ya no era mi niño. Siento una enorme impotencia por no poder ofrecer remedio a la melancolía que expresan las personas que envían sus sentimientos envueltos en palabras -mujeres fundamentalmente-.

Todavía me quedan unos años para enfrentarme a mi nido vacío, pero espero ser capaz de procesar ese cambio de una forma positiva. En estos casos, mi madre siempre es mi guía, porque de ella he aprendido que la vida ofrece siempre caminos alternativos a los que se cierran, y que siempre hay caminos nuevos por descubrir. Su mano me sigue guiando, como cuando era niña, por eso sé que mis hijos, por muy lejos que vayan, tendrán mi mano a su alcance para tomarla siempre que lo necesiten.

Entre lo que debes y lo que quieres

Ser padre o madre es una tarea para la que uno nunca se encuentra totalmente preparado. Una intenta poner, junto con todo su cariño, una pizca de sentido común para que la personita que te mira, te sonríe o te busca para que le protejas, aprenda a encontrar su propio camino.

Pero hay ocasiones en que te desborda la situación, y ves como tu hijo sufre sin que puedas llegar hasta él, sientes como se hace daño a sí mismo e intentas que reaccione, demostrándole que es una gran persona, que lo primero que debe hacer es confiar en él. En esas ocasiones, quieres abrazarlo, apartarle de aquello que le hace daño, pero sabes que debes ayudarle a crecer, y acompañarle cuando se enfrenta a sus miedos; aunque eso sea un gran esfuerzo y duela.

Aunque me encanta esta canción, mis hijos me han enseñado que son mucho más que “unos locos bajitos”.