Mi princesa escondida

Mi princesa escondida

Mi princesa escondida

Mi princesa está escondida en un patito feo y se siente amenazada por todo cuanto le rodea, pero sobre todo, se siente amenazada por su propia inseguridad. Tiene 11 años y es preciosa, de piel blanca y delicada, de rostro todavía infantil y cuajado de pecas sobre una pequeña nariz respingona. Sus ojos grandes, redondos, inquisidores a veces, se nublan con agua salada de lágrimas de impotencia más a menudo de lo que deberían, porque su mirada es luminosa, entre verde oliva y ámbar. Sus labios carnosos, de tono afresado, protagonizan una sonrisa abierta sin pudores, sin resquicios de duda, que desvelan la inocencia en la que aun se envuelve.

Su cuerpo está cambiando y le cuesta asimilar, que lo que hasta ayer era una promesa, hoy se está dibujando en sus pechos recién estrenados, en su cintura que se moldea entre una primavera y otra; en sus caderas incipientes que se van dibujando como un boceto, que se repasa una y otra vez, hasta que adquiere una forma definida y definitiva.

Y entre su desconcierto y su miedo, yo soy su punching-ball, al que acude para desquitarse consigo misma. Yo la entiendo, pero no me resigno a ser solo su pared, contra la que descarga una y otra vez. Por eso la incito a que descubra por sí misma que hay que luchar contra esos monstruos que habitan ese armario que guardamos en nuestras cabezas, no aguijoneando a los demás, no volcando nuestra ira contra el mundo; sino liberándonos de ellos, abriéndoles la puerta de ese armario imaginario y sacándolos fuera.

Mi princesa descubrirá, dentro de un tiempo, que es un bello cisne. Y yo estaré ahí, en esa maravillosa transformación, aunque ella piense que nunca la escucho, que no la entiendo.

La primera gran mentira

Mi hija de 10 años me confesó recientemente, entre lágrimas, que ya sabía que los Reyes Magos no existían, que no eran lo que le habíamos contado siempre, que sabía la verdad, pero que no quería que ello conllevara el final de las sorpresas, la emoción de esperar el regalo, de buscar el escondite del tesoro.

Imagen de JIKATU

Imagen de JIKATU

La abracé con fuerza, le acaricié el pelo, sequé sus lágrimas con mis dedos, le di un beso y  solo supe decirle que no se preocupara, que su padre y yo procuraríamos que las sorpresas continuaran, aunque los Reyes no dejaran en casa los regalos este año.

Cuando la vi delante de mí tan asustada por lo que le pudiera decir, me di cuenta que esa era la primera gran mentira a la que nos enfrentamos en la vida, por eso, tal vez, la retrasamos lo máximo posible. Descubrir que los sueños se acaban, no se cumplen o son solo una bella mentira, supone un choque emocional demasiado violento, a pesar de que ya no tengas 10 años y la vida te haya enseñado las garras más de una vez.

La bodega del olvido

Fotografía de Arguez

La Bodega del señor Juan estaba al principio de la calle, una de las callejuelas estrechas y oscuras que circundan la Ribera de Curtidores, eje del Rastro madrileño. Era un local oscuro, húmedo y pequeño que olía a vinagre y a vino a granel. Acogía en su lóbrego vientre hombres de hombros cargados y miradas acuosas, perdidas en fantasmas interiores, que sobrellevaban la derrota de la vida entre trago y trago de un chato de vino, que olvidaban sus miserias y sus miedos, que acallaban su fracaso adormeciendo su conciencia con ese caldo peleón que iban ingiriendo hasta que el señor Juan, con cariño y determinación, les mandaba a casa a dormir la mona.

Cuando iba a por gaseosa, vino a granel o a devolver los cascos de las botellas, me sobrecogía el ambiente de derrota que se respiraba en el local. Su dueño, taciturno y de pocas palabras, de pelo cano y rostro arrugado, se limpiaba frecuentemente las manos en un delantal de rayas verdes y negras, detrás de un mostrador de brillante metal y por el que corría el agua, igual que corría el alcohol por las venas de los parroquianos.

La bodega del señor Juan desapareció junto con la lechería de la señora Juanita, que vivía en la parte de atrás de la tienda, la panadería de la esquina de la calle y la tienda de ultramarinos. Hoy, mi calle apenas tiene más que oscuros portales de corralas, algún bar que sobrevive como puede y un batiburrillo de gentes de diversas nacionalidades que convive con los pocos vecinos de siempre que continúan anidando allí.

Me han venido a la memoria las tiendas de mi infancia, de mi calle, gracias al programa de Carlos Herrera, “Herrera en la onda”, con el que que no comparto la visión de la realidad, pero al que escucho asiduamente porque, además de considerarle un gran profesional, creo que es sano para la mente conocer las verdades de los demás y no solo las tuyas.

La suerte de Mariama

Para Mariama no hay sorteos, ni futuros sin crisis, porque ella no sabe qué es una crisis; sabe lo que es el hambre, sabe lo que es la miseria, pero aun así sonríe  con unos ojos negros muy expresivos.

Mariama vive en un pequeño poblado al borde del río Gambia, no desea ningún ipad, solo un caramelo que guarda como un tesoro en su mano. Te mira desde una inocencia pervertida por la necesidad, siguiéndote como un perrillo alegre y juguetón gritando “amigo, amigo; yo amigo”, aunque su español se limite a cuatro o cinco palabras que no sabe muy bien que significan, pero que sabe agradecen los pocos turistas españoles que se acercan por allí.

La suerte de Mariama no la va a depender del Gordo de Navidad, ni de la labor que realicen los trece magníficos de Rajoy, pero como siempre existe el efecto mariposa, cuanto mejor nos vaya a los países ricos, menos mal les irá a los países que, como Gambia, ocupan los últimos puestos  en los Indicadores Internacionales sobre Desarrollo Humano elaborados por Naciones Unidas.

Entre lo que debes y lo que quieres

Ser padre o madre es una tarea para la que uno nunca se encuentra totalmente preparado. Una intenta poner, junto con todo su cariño, una pizca de sentido común para que la personita que te mira, te sonríe o te busca para que le protejas, aprenda a encontrar su propio camino.

Pero hay ocasiones en que te desborda la situación, y ves como tu hijo sufre sin que puedas llegar hasta él, sientes como se hace daño a sí mismo e intentas que reaccione, demostrándole que es una gran persona, que lo primero que debe hacer es confiar en él. En esas ocasiones, quieres abrazarlo, apartarle de aquello que le hace daño, pero sabes que debes ayudarle a crecer, y acompañarle cuando se enfrenta a sus miedos; aunque eso sea un gran esfuerzo y duela.

Aunque me encanta esta canción, mis hijos me han enseñado que son mucho más que “unos locos bajitos”.

Cuando pierdes la infancia

Fotografía de J.R. Santana

No dejas de ser niño hasta que vas perdiendo, poco a poco, a todos aquellos que conformaron tu infancia. Se van yendo, uno tras otro, y me remueven aquellos días de fiestas familiares, de partidas interminables de julepe en las que saltaban chispas, pero nunca llegaba la sangre al río. Yo los veía a todos tan grandes y tan fuertes, que cuando los miro ahora, viejitos y frágiles, se me encoge el alma.

La familia de mi padre estaba lejos, pero siempre he tenido cerca a la familia de mi madre: numerosa, ruidosa, besucona y siempre como una piña. Esos días de Juegos Reunidos Jeiper, del Exin Castillos de mi primo -que me tenía embelesada-, de escondites y adivinanzas,  eran día felices, en los que parecía que el tiempo no pasaba y que la vida era sólo un juego divertido en el que mandaban los mayores y los pequeños nos subíamos a sus espaldas anchas, confortables y protectoras.

Hoy me doy cuenta de que no pierdes la infancia realmente hasta que ves que los que te protegieron, te quisieron y te arroparon durante todos esos años van muriendo, y con cada uno de ellos tu caparazón de adulto se resquebraja y la niña que fuiste se asusta porque aquellos que creías inmortales no lo son, porque la muerte lo toca todo con su mano, incluso aquello que más quieres.

Pornografía infantil NO

Pornografia+infantil+NOEspero que la Blogocampaña contra la pornografía infantil sea todo un éxito,  una iniciativa que lanzan desde La Huella Digital y a la que me uno.  Hace unos meses escribía en este blog una entrada sobre el tema; tal vez sea una utopía, pero si todos los que utilizamos internet como medio de comunicación, contribuimos con nuestro granito de arena a hacer desaparecer a estos indeseables de nuestro espacio, habremos dado un gran paso para su aislamiento.

Internet es un canal con muchas posibilidades para estos desalmados, nos da más miedo porque puede alcanzar a nuestros hijos; pero no hay que olvidar que los países del tercer mundo cuentan con numerosas redes de prostitucion infantil alimentadas por el hambre y la pobreza, por la insolidaridad y la indiferencia de nuestro primer mundo tan solidario (sobre todo cuando le afecta a su propio bolsillo o a su propia seguridad).