El dolor llega más allá de las nubes

nubes

El dolor llega más allá de las nubes

Me encuentro en medio de un paraje en el que el sonido es un silencio atronador, sólo mancillado por mis pisadas lentas, torpes en un medio desconocido. Hasta allí llegan los lamentos en mi cabeza, el dolor de una sinrazón que golpea una y otra vez, sin que sepamos por dónde nos va a venir el próximo golpe. Barcelona, Cambrils, Ripoll se me aparecen en medio de este paraje como escenarios macabros que sustituyen a poblaciones en las que se ríe, se ama, se sueña…

Aparecen las voces de ojo por ojo, las que se ofenden porque siguen enrocadas en sus pequeñas disputas de salón que, ahora, en esta desolación colectiva se me antojan pueriles e, incluso, egocéntricas en grado superlativo. Los muertos, los heridos, los afectados directa o indirectamente por esta barbarie son sólo personas, sin más adjetivos, sin más calificativos.

Me siento culpable por estar disfrutando de esta maravillosa paz, mientras a mis pies el mal, ese concepto tan etéreo como este aire, se materializa en una niebla que estrangula corazones y acaba con la vida de sus semejantes, dejando a su paso un reguero de muerte, desolación y perplejidad. Porque la muerte siempre nos deja desconcertados.

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Cuando las palabras no bastan

Teach Peace

Cuando las palabras no bastan
es que el sol ha caído por la escuadra
de la vía láctea
y la noche ha ganado a la luz
el espacio infinito de miles de almas.

¡Y espero!

Sólo espero que basten las palabras
para combatir el estupor y el miedo
de esos ojos recelosos
antes, incluso, de saber que existe la esperanza.

¡Y en silencio grito!

Y las palabras no sangran, no se rompen, no estallan.
En contraposición a las armas que se expanden
como hiedras sofocantes y caóticas
para arrancar la savia de almas blancas.

¡Y no bastan las palabras!

No, las palabras no bastan
para saciar su codicia desmedida,
para separar sus carroñeros dientes
de la carne mortecina y moribunda,
para desenmascarar a falsos sacerdotes
de fraudulentos credos.

¿Y cómo luchamos
los que sólo tenemos las palabras?

Los heraldos negros

Je suis Paris

Je suis Paris

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Los heraldos negros. César Vallejo

 

 

Susto o muerte

Halloween

Imagen de george erws

Otra alerta de nuevos posibles casos por Ébola en España me hacen pensar en el juego de “susto o muerte”, tan popular en la cercana fiesta de Halloween. Desde que en un ya lejano 2007 se nos cayera encima un país que estaba demasiado pagado de sí mismo, no salimos de un Halloween  perpetuo y nos hacen elegir entre susto y muerte a cada rato. Desde una prima de riesgo que se nos coló en la casa a vivir del cuento, a centenares de sanguijuelas que nos chupaban la sangre y que van saliendo poco a poco a la luz (sin que nadie las aísle para que no sigan dañándonos), hasta la algarabía montada por iluminados que, para no tener que bregar con los problemas del día a día, se han sacado de la chistera una bandera y un país que ha atraído, como el flautista de Hamelin, a miles de personas de buena voluntad. Por no hablar del miedo a una nueva crisis de la vieja Europa, que ya no sé si es nueva o es que se ha cambiado el maquillaje para parecer distinta.

Sin embargo, sigo creyendo que lo que para nosotros, países del mundo desarrollado, es un susto más o menos fuerte, para los países del tercer mundo es una muerte segura.

El olor de tu ausencia

Siento el olor de tu ausencia
adherido a mi apagada piel,
como una enredadera muerta,
que crece, que duele, que axfisia
cada febrero, este día.

Chirrían palabras huecas
entre estas líneas vacías;
te pierdo en un tiempo de niebla,
que me envuelve divida
entre tu muerte y mi vida.

Paladeo el sabor de tu ausencia
y se clavan las espinas,
las miles de horas gastadas
en recordar nuestras risas
para no perderte, para encontrarte
de nuevo, en esta fecha maldita.

Esas pequeñas cosas

Finaliza agosto y el mundo sigue girando en torno a la violencia y la avaricia. Mientras, mi insignificante mundo, ese que nadie vocea en los medios, ha sufrido varias pérdidas, una de esas que te arranca a jirones la infancia, que te deja un nuevo vacío en tu foto de niña, en la que ya faltan demasiadas personas a las que dabas la mano para sentirte segura. Cuando todavía no consigues digerir un adiós, llega otro de un hombre bueno, una de esas personas honestas y de paz con las que te cruzas en la vida. Sin duda, la vida está llena de despedidas, pero a veces se te acumulan demasiadas a la vez.

Nala

Nala

También hemos enterrado al pié de un árbol a nuestra pequeña Nala, una simpática chinchilla que ha formado parte de nuestra familia durante un tiempo, pero que no superó la rotura de su pata delantera.

Por mi parte, no necesitaba mascota para sustituir la pérdida de Nala; pero me he dado cuenta que aquellos que yo más quiero necesitaban llenar ese hueco. Porque, al final, la vida la forman, junto con esas despedidas que nos van dejando agujeros que se llenan de recuerdos, de momentos compartidos, de vida ya vivida; esas pequeñas cosas que nos hacen felices -y si está en tu mano hacer felices a los que quieres, ¡no hay nada que pensar!-.

Thor

Thor

Cuatro mujeres muertas por violencia machista esta semana

¿Qué estamos haciendo mal? Es evidente que algo no estamos haciendo bien en nuestra sociedad, cuando siguen muriendo mujeres porque hay hombres que se creen con derecho a matarlas. En cuatro días, cuatro mujeres muertas en España por violencia machista. Podríamos achacarlo a la crisis, que ha traído consigo recortes en las políticas de prevención de la violencia de género (más de un 21% en 2012); que ha condenado a muchas mujeres a no denunciar por miedo a encontrarse solas y desprotegidas (desde 2008, año en que comenzó la crisis, las denuncias por violencia machista han descendido un 9,6%, según el último informe  del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ)). Pero no es únicamente la crisis, es algo más profundo y difícil de erradicar.

La violencia machista mata

La violencia machista mata

El silencio, la vergüenza, las convenciones sociales, e incluso la indiferencia de los que estamos alrededor, fomentan el incremento de esta macabra estadística detrás de la cual se esconden nombres y rostros de mujeres, historias de fracaso y miedo, historias de lucha por una vida digna, historias de derrota personal y también de soledad. Algunos prebostes, algunos vendedores de palabras, algunos charlatanes de tertulias nos quieren vender el cuento de que ya hemos alcanzado la igualdad, de que no es necesario avanzar más; sin embargo, hay mujeres que siguen muriendo por decir “basta” a su pareja o ex-pareja, o por callar demasiado ante la humillación y los golpes del que se supone es su compañero.

Las cifras son tozudas y nos muestran dónde estamos. Según los datos que maneja el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (y en los que no está incluido el último asesinato, ocurrido ayer en Santander), nos encontramos muy lejos de la solución del problema. Cada una y cada uno, en nuestro pequeño mundo, debemos seguir trabajando día a día para eliminar los escollos, debemos seguir educando a las nuevas generaciones para romper los clichés existentes, y debemos seguir gritando NO a la violencia de género, porque si tú callas, ella puede morir.