Para una gran mujer: mi madre

mamá
Mi madre siempre está presente iluminando mis pasos

Hoy quiero rendir homenaje a la mujer más importante de mi vida: mi madre. Socialista de misa diaria, que no va a escuchar al cura, sino a conversar con sus muertos y sus santos. Pragmática y, sin embargo, con unos valores muy firmes, es una luchadora que, aunque a veces ha tropezado, nunca se ha rendido.

Siempre está presente en mi camino la luz de su mirada serena, iluminando mis pasos; incluso en los malos momentos, es mi arrullo y mi rumbo. Es, como otras muchas mujeres, heroína anónima, pluriempleada sin sueldo que un día decidió salir a la calle y buscar una ocupación remunerada para que su prole pudiera recibir una buena educación, aquella que ella no pudo recibir.

Con la muerte de su hombre, su compañero, perdió parte importante de su pasado de un solo golpe, cada día que pasaba sin él era más difícil seguir andando, los cercos morados que rodeaban sus ojos delataban ese luto interior. Pero un nuevo golpe vino a rescatarla del dolor para aprender a enfrentarse a su propia enfermedad. Ya nos habíamos encarado con la palabra “cáncer” y habíamos perdido. Y cuatro años después nos enfrentábamos de nuevo a la maldita palabra.

Ella sabía que no podía dejarnos y perdió una de sus mamas en la batalla, pero ganó la guerra. No se quejó jamás, no le importó la amputación de uno de sus generosos pechos; esos pechos que me amamantaron hasta los tres años, que me acunaron y cobijaron cuando la oscuridad y los miedos me envolvían. Hoy, desde sus 90 años recién estrenados, sigue haciendo frente a la vida, mirándola a la cara, sin temer a la muerte; pero viviendo con regocijo contenido la vida.

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Todas las mujeres de agua

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Temblaba el mar bajo mis pies, escondiéndolos entre espuma juguetona. Me adentré, dejándome llevar por su ritmo secuencial, metódico. Allí, cuando la tierra parecía nada más que un reflejo, me sentía en paz con todo, incluso conmigo misma.

Ya no había dudas, ni mentiras, ni amenazas; únicamente el sonido del mar  en mi cabeza. Solo su murmullo acunando mi cuerpo y mi espíritu. Y el viento jugando a tocarme, sin rozar siquiera mis pestañas.  Solo allí, sin más distracciones que mi pequeñez en una inmensidad de agua, he sido consciente de quién soy. 

Muda y vacía, como un principio sin pasado, me he disuelto en el suave deslizar de la inconsciencia, enterrando la culpa que nunca fue mía, para renacer siempre libre, fuerte; viva en todas las que dicen no, las que gritan basta; en todas las mujeres de agua que defienden su esencia con el escudo de un espíritu de lucha invencible.

Una huelga para encender luciérnagas

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Si nosotras paramos, el mundo se para

Entre silencios vivo, creo, dudo, me desespero, río, amo, me hastío, respiro e, incluso, a veces escucho el sonido de lo imperceptible. Hoy, tras un largo sueño en el que las palabras han permanecido en el limbo del mañana, he sacudido su consciencia hasta el ahora para unir mi voz a las que apoyan el lema de “si nosotras paramos, se para el mundo”. Mañana me uno a #LasPeriodistasParamos porque recordar un día al año la discriminación que sufre la mujer por el mero hecho de serlo no es suficiente; las declaraciones internacionales condenando esta situación no son suficientes, si todo ello no viene acompañado de un profundo cambio cultural en el que se difuminen, hasta desaparecer, los  exclusivos y tradicionales roles de hombre cazador y mujer procreadora de la especie.

Mañana, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, lo celebro reivindicando mi derecho, el derecho de todas las mujeres a ser lo que quieran en una sociedad libre e igualitaria. Y lo festejo con este maravilloso poema de Gioconda Belli

Estoy viva
como fruta madura
dueña ya de inviernos y veranos,
abuela de los pájaros,
tejedora del viento navegante.

No se ha educado aún mi corazón
y, niña, tiemblo en los atardeceres,
me deslumbran el verde, las marimbas
y el ruido de la lluvia
hermanándose con mi húmedo vientre,
cuando todo es más suave y luminoso.

Crezco y no aprendo a crecer,
no me desilusiono,
ni me vuelvo mujer envuelta en velos,
descreída de todo, lamentando su suerte.
No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro,
de la tierra parida,
el canto de los pueblos,
los brazos del obrero construyendo,
la mujer vendedora con su ramo de hijos,
los chavalos alegres marchando hacia el colegio.

Si.
Es verdad que a ratos estoy triste
y salgo a los caminos,
suelta como mi pelo,
y lloro por las cosas más dulces y más tiernas
y atesoro recuerdos
brotando entre mis huesos
y soy una infinita espiral que se retuerce
entre lunas y soles,
avanzando en los días,
desenrollando el tiempo
con miedo o desparpajo,
desenvainando estrellas
para subir más alto, más arriba,
dándole caza al aire,
gozándome en el ser que me sustenta,
en la eterna marea de flujos y reflujos
que mueve el universo
y que impulsa los giros redondos de la tierra.

Soy la mujer que piensa.
Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas.

Mujeres de tierra y acero

cancer mama

Imagen de David en Flickr

Hoy, Día mundial contra el cáncer de mama, quisiera rendir un pequeño homenaje a esas mujeres de tierra y acero. Mujeres de tierra fértil y húmeda, que emergen a la vida tras ser devastadas por riadas, heladas, fuegos que mutilan cuerpos a su paso. Mujeres de acero que defienden su esencia con el escudo de un espíritu de lucha invencible. Esas mujeres que, como mi madre, alguna vez se han enfrentado  a esa macabra lotería que es el cáncer de mama.

Esta es la historia de una mujer que se enfrentó, hace más de 25 años a esa noticia que te dan como un mazazo en el centro del estómago: “hemos analizado las muestras y hay que extirpar la mama”. Ya nos habíamos encarado con la palabra “cáncer” y habíamos perdido. Mi padre murió de cáncer de páncreas tras varios meses de dolores que no calmaban ni la morfina que le administrábamos a través de un catéter. Y cuatro años después nos enfrentábamos de nuevo a la maldita palabra, sin que mi madre hubiera sido capaz todavía de abandonar el luto por su compañero.

Nunca la vi desfallecer, ella sabía que no podía dejarnos y perdió una de sus mamas en la batalla, pero ganó la guerra. No se quejó jamás, no le importó la amputación de uno de sus generosos pechos; esos pechos que me amamantaron hasta los tres años, que me acunaron y cobijaron cuando la oscuridad y los miedos me envolvían. Hoy, con 86 años, sigue haciendo frente a la vida mirándola a la cara, sin temer a la muerte, pero viviendo la vida.

El principio del túnel

Túnel

Imagen de Ricardo Luengo

Ella mira hacia delante y sólo ve el principio de un túnel. La oscuridad que la abraza le da miedo. Detrás todavía le queda la luz de los recuerdos, de las rutinas conocidas, de todo lo vivido. Es consciente que ha olvidado palabras, que su mente arrincona momentos en un lugar que ella no alcanza; pero no quiere rendirse, todavía no.

Aun le queda el tiempo que es capaz de retener entre sus labios, aun se esfuerza por demostrar a los demás que todo va bien; a pesar de que cada vez oye menos, de que se da cuenta que todo lo que ha aprendido a lo largo de su vida se le va deshaciendo poco a poco, separándole un metro más de esa cálida luz que es capaz de percibir a su espalda.

El lobo ya ha venido y los fantasmas no existen

esperanza contra miedo

Imagen de Neil Girling

“¡Qué viene el lobo!”, “¡Qué viene el lobo!”, nos decía ayer la casi-alcaldesa de Madrid, arrogándose en salvadora de oscuros futuribles ante los descerebrados madrileños que, inexplicablemente, le han dado al PP sólo 44.082 votos más que a la Agrupación Ahora Madrid en estas elecciones municipales. Cuando ella asegura tener 500.000 votos más que la opción que lidera Carmena, une a los votos del PP, los del PSOE y los Ciudadanos, como si tratara de liderar una coalición interestelar contra las fuerzas del mal encabezadas por Manuela Carmena.

El lobo ya ha venido, Señora Aguirre, durante años ha ido desangrando nuestros derechos sociales, ha ido llevándose nuestro dinero a sus cuentas bancarias y ha ido vendiendo nuestro patrimonio a sus colegas. Por mucho que intente convencerme, sé que los fantasmas no existen. Su discurso me ha recordado a lo que se decía en algunos sectores cuando Suárez se atrevió a legalizar el Partido Comunista de España. Eran las primeras elecciones generales democráticas que se celebraban en España después de casi 40 años de dictadura. El editorial del ABC del 10 de abril de 1977 decía lo siguiente: “No es hacer viable la democracia el condescender con aquellos que no practican sus reglas cuando llegan al Poder. No es la democracia moneda de curso legal en la Cuba de Castro ni lo es en la Rusia de Breznef, donde a los disidentes se les encierra en clínicas psiquiátricas o se les instala en archipiélagos Gulag.” (¿por qué me recuerda a las alusiones a Venezuela?).

En fín, lo dicho, que el lobo ya ha venido y los fantasmas no existen.

Un día cualquiera

Era un día cualquiera, como el anterior o el anterior al anterior. Se levantó y descubrió perpleja que el horizonte se había desdibujado tras la ventana. Las certezas se le cayeron de las manos, y, en ese momento, extravió sus esperanzas entre bosques de dudas e indecisiones. Intentó caminar hacia delante y, a cada paso, sólo encontraba sombras.

Se levantaba, comía, sonreía, hablaba, dormía; incluso, a veces, hasta era capaz de ver a los que estaban a su alrededor, a su lado. Pero eso no impedía que sus gafas oscuras, esas que se ajustaron como una segunda piel a sus ojos aquel día, -ese día que iba a ser igual a todos los demás-, la envolvieran en una soledad autoimpuesta, en una tristeza masoquista de la que era incapaz de escapar.

El tiempo no fue capaz de curar la herida. Se refugió en el miedo a lo imprevisto, se vistió con un traje de humillación permanente que no le permitía disfrutar de un sol de marzo, de la brisa fresca de una tarde de otoño o del resplandor de unos relámpagos en una noche de verano. Un día cualquiera, tal vez el pasado vuele de su corazón y consiga recuperar la alegría de vivir, ¡pero se habrá perdido tantos momentos maravillosos!