Enredada en las palabras

Se me pasa el tiempo enredada en las palabras de otros, guardando mis propias palabras en un lugar oscuro, aislado, sordo a sus sonidos y sus anhelos de volar; hasta que son tantas las palabras acumuladas dentro, que rompen como un caudal desbordado, furioso y liberador ese encierro, tejido con desidia y cierto pesimismo, que acompañan a la rutina que arropa tantos días átonos.

Ese día en el que las palabras vuelven a fluir, el primer día de frío real en un invierno incierto, maravillosos caracteres danzan como niños recién estrenados en la nieve, asombrados y alborozados ante este increíble espectáculo de magia que supone la formación de palabras.

No, hoy no toca hablar de Esperanza, de Pablo, de Pedro o de Mariano. Hoy no toca hablar de posturas intransigentes cubiertas con velos de cortesía, de veladas amenazas cocinadas como propuestas, de taimadas dimisiones digeridas como estrategia.

Hoy toca disfrutar de palabras como: compromiso, responsabilidad, honestidad, coherencia, transparencia, diálogo, compartir, escuchar, cooperar, ceder, avanzar, …

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Engañosas palabras blancas

Lie

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Las palabras blancas corren sin freno a mi alrededor, ilusiones fugaces que se visten de gala estos días y que arropan los pueblos blancos, las calles con ropajes de primavera adelantada, las playas todavía vírgenes de ruidosos veraneantes. Ya no hay carteles, no hay plazas llenas de pasquines ofreciendo El Dorado; ahora proliferan los tweets, los mensajes en Facebook. Los magos ofrecen su espectáculo de hipnotismo a fieles seguidores que jamás descubrirán los trucos de los embaucadores.

Las palabras blancas salen de sus bocas como pañuelos sostenidos por mariposas de colores, y esconden esas otras palabras que la gente no quiere oír. Quisiera perderme, bajarme de este tiovivo en el que todas las verdades y todas las mentiras se entremezclan en una música agonizante, estridente, artificiosa.

Me abruman sus engañosas palabras blancas. Sólo salen de sus gargantas consignas, frases hechas en seda y satén, y todo ¡por un voto!.

Me olvidé de escribir

Me olvidé de escribir al tomar la esquina de la rutina. La monotonía, lenta, perezosa, en tonos grises y marrones me cubrió de los pies a la cabeza, y mis sueños me fueron abandonando uno a uno, sin sombra de arrepentimiento en su huida. El mundo seguía girando a mi alrededor y la realidad, esa que nos quieren contar, pasaba delante de mis ojos causándome asombro, indignación, hastío, dolor. Pero nada de ello me hacía recuperar los ánimos para volver a escribir. ¿Por qué escribir si hay millones de personas que lo hacen mejor que yo?, ¿por qué escribir si a nadie le interesa lo que escribo?, ¿por qué escribir?…

Sin embargo, después de mucho tiempo he sentido de nuevo la necesidad de escribir. Las palabras son indispensables en un mundo en el que nadie escucha a nadie, en el que la reflexión se jubiló hace tiempo; en el que la inmediatez lo barre todo, incluso las buenas ideas. Aunque sólo escriba para mí, he recuperado la necesidad, la voluntad de escribir.

Gracias a los que os acercáis por este rincón en el que una invisible se hace visible a través de palabras que, algunas veces, no son lo que parecen, igual que la realidad en la que nos movemos todos los días. Sirva esta cita como ejemplo.

Los problemas no son eternos

Los problemas no son eternos