El principio del túnel

Túnel

Imagen de Ricardo Luengo

Ella mira hacia delante y sólo ve el principio de un túnel. La oscuridad que la abraza le da miedo. Detrás todavía le queda la luz de los recuerdos, de las rutinas conocidas, de todo lo vivido. Es consciente que ha olvidado palabras, que su mente arrincona momentos en un lugar que ella no alcanza; pero no quiere rendirse, todavía no.

Aun le queda el tiempo que es capaz de retener entre sus labios, aun se esfuerza por demostrar a los demás que todo va bien; a pesar de que cada vez oye menos, de que se da cuenta que todo lo que ha aprendido a lo largo de su vida se le va deshaciendo poco a poco, separándole un metro más de esa cálida luz que es capaz de percibir a su espalda.

La maldición de Eva: el nido vacío

Imagen de JulioMunizPadilla

La maldición de Eva no ha sido parir hijos, sino dejarlos marchar. Dolor, soledad y tristeza se entremezclan en los numerosos comentarios que he recibido en El síndrome del nido vacío, una entrada que escribí hace casi cuatro años, al darme cuenta de que mi hijo ya no era mi niño. Siento una enorme impotencia por no poder ofrecer remedio a la melancolía que expresan las personas que envían sus sentimientos envueltos en palabras -mujeres fundamentalmente-.

Todavía me quedan unos años para enfrentarme a mi nido vacío, pero espero ser capaz de procesar ese cambio de una forma positiva. En estos casos, mi madre siempre es mi guía, porque de ella he aprendido que la vida ofrece siempre caminos alternativos a los que se cierran, y que siempre hay caminos nuevos por descubrir. Su mano me sigue guiando, como cuando era niña, por eso sé que mis hijos, por muy lejos que vayan, tendrán mi mano a su alcance para tomarla siempre que lo necesiten.

Esencia de Soledad

Soledad es menuda, de ojos abiertos,  oscuros y redondos; de pasos pequeños, rápidos y silenciosos; de boca apretada y labios que no han sido nunca besados. Viste como monja sin hábitos y vive en la misma casa que la vio nacer, allá por los años más duros de la posguerra, y en la que, probablemente morirá si antes no se viene abajo como un castillo de naipes.

Desde que dejó de trabajar por una prejubilación bancaria hace más de una década, ocupa su tiempo en la iglesia del barrio, tal vez porque no tiene perro o gato que hagan más cálidas las paredes que la cobijan. Hija única, de familia corta, no cuenta con más compañía que los rezos y la monotonía de las misas de la tarde. Su vida parece vacía, pero no creo que se sienta infeliz. Sigue anclada en una realidad que desapareció hace tiempo, pero no parece preocuparle.

Pocas veces sale de su barrio, en el que los vecinos de toda la vida han ido desapareciendo poco a poco Fotografía: show³porque se han muerto, o porque sus hijos les han llevado a una residencia. La escalera ya no cruje con las carreras de los chavales  y sólo llegan por el patio bocinas asfixiadas de coches con prisas y silencios sordos, ahogados, melancólicos.

Conoce a mucha gente del barrio, pero nunca ha tenido verdaderos amigos. Desde que murieron sus padres y una tía con la que algunas tardes tomaba café y tortitas con nata en una cafetería cercana, todos los días son iguales, todos los crepúsculos son el mismo crepúsculo, todas las noches son calladas, oscuras y frías.

Supongo que en sus años mozos soñó con casarse y tener hijos, pero su mojigatería y la jaula dorada en la que estaba recluida le impidieron asomarse al mundo y ver más allá de los árboles de la calle. Cada uno tiene la vida que elige vivir, pero hay algunas, como las de Soledad, que me dan pena, porque nadie llorará su muerte, nadie velará su cuerpo, salvo algún pariente lejano que espere recibir los miles de euros que ha conseguido reunir gracias al ahorro de sus padres y a su tacañería enfermiza, que le ha permitido incrementar el patrimonio familiar de forma considerable.

El capricho más caro y excéntrico que se ha permitido -sólo de cuando en cuando- es comprar 100 gramos de caramelos de lila. Pero esto para ella ya es un verdadero derroche, por lo que escatima todo lo que puede en el resto de los gastos, hasta tal punto que con la luz escasa de una bombilla solitaria del pasillo puede ver en todas las estancias de la casa, incluso le llega para cocinar.

Su aventura más emocionante ha sido ir una semana a un balneario cuando vivía su tía, porque una señorita decente no puede viajar sola. Podría dedicarse a ayudar a los demás, porque su situación económica es holgada, pero sus labores como buena cristiana se limitan a ir a misa diaria, pasar el cepillo a los feligreses o sacar brillo a los candelabros de la iglesia. Con estas buenas acciones ya cree comprada una parcela en el cielo.

No puedo más que sentir pena por alguien que deja pasar la vida sin asomarse siquiera a ella, que ni ha amado, ni ha gritado de miedo o llorado de alegría; que no ha arriesgado, ni ha sentido el perfume del fracaso, ni de la más etérea dicha.

Soledad, así la llamaron, así vive y ha vivido, así pasa su existencia. Es más que su nombre, es su esencia, es su retrato más íntimo.


 
 
 
 
 
 
Fotografía: show³

La soledad de nuestros viejos

Imagen de dariuszka

Me crucé ayer en la plaza con él: rostro consumido y marchito, cuajado de profundos surcos, barba descuidada y gris,  gafas de concha negra posadas con desgana sobre una nariz demasiado grande para unos rasgos menudos. Su cuerpo se movía con dificultad sobre unas piernas que se adivinaban quebradizas y repletas de huellas de la mala circulación. Calzaba unas zapatillas de cuadros, sin calcetines; sus ojos, tras unas lentes que distorsionaban su mirada, se perdían en algo más allá del paisaje urbano de coches y prisas que nos rodeaba.

Su ropa, gastada como su cuerpo, transmitía soledad y desamparo; por un momento me sentí obligada a acercarme a él y hablarle, cogerle la mano y decirle que yo sí le veía, que yo si sentía su abandono; pero pudo más que yo ese maldito pudor de meterse en la vida de los demás sin que te pidan ayuda de forma tácita y pasé por su lado sin abrir la boca, sin conseguir que sus ojos se cruzaran con los míos para que sintiera mi calor.  Seguí mi camino hacia ninguna parte sin volver la cabeza, sin saber si el anciano encontró su destino.

Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay cerca de un millón y medio de mayores de 65 años, la mayoría mujeres, que viven solos. Los avances médicos y sociales han posibilitado que la esperanza de vida en nuestro país haya aumentado más del doble en el último siglo, pero ¿nos preguntamos cómo viven nuestros ancianos?. En una sociedad que cada vez es más egoísta, más individualista, más utilitarista, los ancianos son, en muchas ocasiones, un estorbo al que se olvida en una residencia, en otra provincia, en otro barrio, en una realidad paralela e incómoda.

Mi madre tiene ya 82 años y, aunque vive sola, espero que no se sienta nunca sola, porque a ella le debo lo que soy. A los ancianos de hoy les debemos nuestro bienestar, les debemos una sociedad opulenta -a pesar de la crisis-. Si no somos capaces de devolver en forma de cariño, de respeto y de cuidado lo que nos han dado, es que no merecemos su legado, es que hemos perdido por el camino valores tan importantes como la gratitud, la solidaridad o la generosidad. Estaremos construyendo una sociedad deshumanizada, y eso, tal vez, sea más peligroso que el cambio climático para la destrucción de la especie.

Mis mezquindades diarias

Sin duda, tenemos el mundo que nosotros hemos construido. Nos sorprendemos de las injusticias, de la vileza que nos rodea, de la insatisfacción permanente, del egoísmo que domina las relaciones sociales, las políticas, incluso las relaciones personales. Siempre pensamos que nosotros nos guiamos por otros principios, por otros valores más elevados, más dignos.

Yo no sé los demás, pero he intentado un pequeño experimento conmigo misma, y el resultado ha sido descorazonador: soy egoísta (sin pensar en ser egoísta), soy injusta (incluso sin pretenderlo), mi insatisfacción casi permanente me impide disfrutar de momentos que nunca se volverán a repetir… En fin, que los siete pecados capitales se reproducen indefinidamente en pequeños detalles:

– Lujuria: siempre hay algún instante en el que deseas tener el control total de otra persona (no solo se trata de sexo).

– Gula: tal vez no de comida y bebida, pero quién no ha sentido cierto afán por comprar cosas innecesarias como algo liberador ¿?.

– Avaricia: la acumulación excesiva de dinero (nunca es suficiente con el que tienes), o de poder (cada uno dentro de su ámbito: empresa, familia, grupo).

– Ira: perder los estribos con los que tenemos alrededor nos convierte en seres irracionales que lo único que buscan es hacer daño.

– Envidia: desear el mal ajeno (aunque sea en pequeñas dosis) indica que nuestra satisfacción personal depende de fracasos externos a nosotros, lo cual es bastante deprimente.

– Soberbia: convertir mi verdad en la Verdad nos hace sentirnos dioses, esos dioses a los que inventamos para soportarnos.

Tal vez, si saliéramos a mirar fuera de nosotros más a menudo y no desperdiciáramos tanto tiempo en buscar un minuto o segundo de gloria, seríamos capaces de construir ese mundo nuevo con el que tanto soñamos, pero para el que no ponemos ni un ladrillo.

P.D. Mi querido filósofo loco me ha advertido de un error en mis pecados capitales. Me olvidé de la pereza, quizá porque mi subsconsciente me traicionó y no permitió que indicara el pecado que más cometo: pereza para cambiar las cosas que no me gustan, pereza para tomar un papel activo contra las injusticias (todos podemos hacer algo, pero preferimos hablar y hablar de lo que se podría hacer, pero nunca damos ese paso hacia delante que nos implique más de la cuenta), pereza incluso para hacer realidad algunos sueños, que vamos olvidando en un cajón porque requieren demasiado esfuerzo).

En este vídeo se muestra qué pasa cuando salimos de ese Yo egocéntrico y nos fijamos en lo que ocurre a nuestro alrededor.

Viejos y solos

Me crucé ayer en la plaza con él: rostro consumido y marchito, cuajado de profundos surcos, barba descuidada y gris,  gafas de concha negra posadas con desgana sobre una nariz demasiado grande para unos rasgos menudos. Su cuerpo se movía con dificultad sobre unas piernas que se adivinaban quebradizas y repletas de huellas de la mala circulación. Calzaba unas zapatillas de cuadros, sin calcetines; sus ojos, tras unas lentes que distorsionaban su mirada, se perdían en algo más allá del paisaje urbano de coches y prisas que nos rodeaba.

Su ropa, gastada como su cuerpo, transmitía soledad y desamparo; por un momento me sentí obligada a acercarme a él y hablarle, cogerle la mano y decirle que yo sí le veía, que yo si sentía su abandono; pero pudo más que yo ese maldito pudor de meterse en la vida de los demás sin que te pidan ayuda de forma tácita y pasé por su lado sin abrir la boca, sin conseguir que sus ojos se cruzaran con los míos para que sintiera mi calor.  Seguí mi camino hacia ninguna parte sin volver la cabeza, sin saber si el anciano encontró su destino.

Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay cerca de un millón y medio de mayores de 65 años, la mayoría mujeres, que viven solos. Los avances médicos y sociales han posibilitado que la esperanza de vida en nuestro país haya aumentado más del doble en el último siglo, pero ¿nos preguntamos cómo viven nuestros ancianos?. En una sociedad que cada vez es más egoísta, más individualista, más utilitarista, los ancianos son, en muchas ocasiones, un estorbo al que se olvida en una residencia, en otra provincia, en otro barrio, en una realidad paralela e incómoda.

Mi madre tiene ya 80 años y, aunque vive sola, espero que no se sienta nunca sola, porque a ella le debo lo que soy. A los ancianos de hoy les debemos nuestro bienestar, les debemos una sociedad opulenta -a pesar de la crisis-. Si no somos capaces de devolver en forma de cariño, de respeto y de cuidado lo que nos han dado, es que no merecemos su legado, es que hemos perdido por el camino valores tan importantes como la gratitud, la solidaridad o la generosidad. Estaremos construyendo una sociedad deshumanizada, y eso, tal vez, sea más peligroso que el cambio climático para la destrucción de la especie.

Desvaríos veraniegos

La pereza se ha ido apoderando poco a poco de mi cuerpo. Primero fueron los brazos, cada vez más pesados, menos flexibles, más ajenos a la voluntad de mi cerebro. El cuello, casi imperceptiblemente, se ha convertido en una rama seca, sin savia que corra por su interior, dejando mi cabeza como una isla a merced de las olas que azotan desde el embravecido mar de un verano, que ya no es más que un recuerdo en una mente a la deriva.

Estoy aquí tirada sobre una arena compacta y gris, que en nada asemeja a esos finos y blancos granos que anuncian los grandes carteles de las soñadas vacaciones, con el fondo de un agua azul turquesa irresistible. Y mi tronco se mueve rítmica, lenta, cadenciosamente hacia arriba y hacia abajo, lo que indica que mis pulmones negros y calcinados por el tabaco todavía funcionan. Oigo el mar, nana tranquilizante y urdidora de olvidos, araña que teje mis sueños acunándome con viento suave y sensual.

Mis piernas se comportan como dos apéndices extraños y huidizos, ajenos a mi voluntad, dejándose llevar por una desidia sin límites, mientras el sol martillea su piel impregnándola de minúsculas gotas de sudor. Y yo no controlo ya ni mi propio cuerpo. Me dejo arrastrar por este mundo en el que no existen crisis económicas, ni políticos que inventan nombres para las cosas que ya tienen nombres, ni símbolos de unidad patria envueltos en chavales de pierna ágil y gestas imposibles.

Y a pesar de mi apatía manifiesta consigo todavía retener un pensamiento para dos mujeres, una que ha vuelto a la vida y una a la que se ha llevado la muerte: Íngrid Betancourt y Simone Ortega. A la primera la rescataron ayer, después de 6 largos años de un secuestro injusto y sin sentido -como todos- . A la segunda, le debo lo poco que sé de cocina -que no es mucho-. Gracias a sus 3.000 recetas de cocina he conseguido salir airosa en más de una ocasión y sin tener apenas conocimientos rudimentarios del “arte culinario”, por eso de mi adiós agradecido.

Vuelvo a mi paréntesis veraniego, sin más armas que mi cuerpo en ofrenda al sol y a esta leve brisa que me acaricia y envuelve en un período de hibernación placentero y somnoliento. Mis oídos sólo se abren a los sonidos del Mediterráneo, que me acoge siempre cálido y me purifica. Cierro los ojos para que mis otros sentidos se expandan en este espacio infinito, en el que el tiempo es siempre mío.

Fotografía: SiRaCuSiLLa