Un día cualquiera

El aire fresco de la mañana se cuela en mi conciencia. Los ruidos habituales se mezclan con la pereza de mis ojos, que se niegan a abrirse a un nuevo día. El otoño, que se presenta como una diminuta semilla, me abraza para recordarme que los huesos duelen cuando la vida te va pesando en la espalda.

El rostro que se refleja en el espejo me devuelve una piel que ya ha sido usada, con pliegues profundos. La radio me devuelve a una realidad que va más allá de mi ombligo, de unos egoístas hábitos que me aíslan, tras los delgados muros de mi propia historia. No persigo nada, los sueños han abandonado mi lecho y me cuesta respirar, pero enciendo el primer cigarro del día.

Las ondas me devuelven retazos de noticias que mañana servirán, unas para confeccionar almanaques de efemérides y otras para ser olvidadas sin que recordemos siquiera el nombre de los protagonistas.

A pesar de esta melancolía, fruto del presentimiento de este otoño que aun no ha nacido ni en el sol, ni en el cielo, todavía limpio de nubes preñadas de agua, una sonrisa se abre paso entre las desvaídas y grises luces de la rutina.

Espero que pronto me rescate Mr. Tambourine

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Un día cualquiera

Era un día cualquiera, como el anterior o el anterior al anterior. Se levantó y descubrió perpleja que el horizonte se había desdibujado tras la ventana. Las certezas se le cayeron de las manos, y, en ese momento, extravió sus esperanzas entre bosques de dudas e indecisiones. Intentó caminar hacia delante y, a cada paso, sólo encontraba sombras.

Se levantaba, comía, sonreía, hablaba, dormía; incluso, a veces, hasta era capaz de ver a los que estaban a su alrededor, a su lado. Pero eso no impedía que sus gafas oscuras, esas que se ajustaron como una segunda piel a sus ojos aquel día, -ese día que iba a ser igual a todos los demás-, la envolvieran en una soledad autoimpuesta, en una tristeza masoquista de la que era incapaz de escapar.

El tiempo no fue capaz de curar la herida. Se refugió en el miedo a lo imprevisto, se vistió con un traje de humillación permanente que no le permitía disfrutar de un sol de marzo, de la brisa fresca de una tarde de otoño o del resplandor de unos relámpagos en una noche de verano. Un día cualquiera, tal vez el pasado vuele de su corazón y consiga recuperar la alegría de vivir, ¡pero se habrá perdido tantos momentos maravillosos!

Esas pequeñas cosas

Finaliza agosto y el mundo sigue girando en torno a la violencia y la avaricia. Mientras, mi insignificante mundo, ese que nadie vocea en los medios, ha sufrido varias pérdidas, una de esas que te arranca a jirones la infancia, que te deja un nuevo vacío en tu foto de niña, en la que ya faltan demasiadas personas a las que dabas la mano para sentirte segura. Cuando todavía no consigues digerir un adiós, llega otro de un hombre bueno, una de esas personas honestas y de paz con las que te cruzas en la vida. Sin duda, la vida está llena de despedidas, pero a veces se te acumulan demasiadas a la vez.

Nala

Nala

También hemos enterrado al pié de un árbol a nuestra pequeña Nala, una simpática chinchilla que ha formado parte de nuestra familia durante un tiempo, pero que no superó la rotura de su pata delantera.

Por mi parte, no necesitaba mascota para sustituir la pérdida de Nala; pero me he dado cuenta que aquellos que yo más quiero necesitaban llenar ese hueco. Porque, al final, la vida la forman, junto con esas despedidas que nos van dejando agujeros que se llenan de recuerdos, de momentos compartidos, de vida ya vivida; esas pequeñas cosas que nos hacen felices -y si está en tu mano hacer felices a los que quieres, ¡no hay nada que pensar!-.

Thor

Thor

El tiempo de las puertas cerradas

Puertas bien cerradas

Fotografía de Anie

En mi casa ha llegado el tiempo de las puertas cerradas. Antes todas las habitaciones estaban abiertas, pero de un tiempo a esta parte, los niños marcan su espacio con el símbolo de la puerta cerrada.

Esas puertas cerradas también me las encuentro en mi país: puertas cerradas a la educación, puertas cerradas a la sanidad, puertas cerradas a la solidaridad, al diálogo, a la verdad sin tapujos, al compromiso, a la esperanza.

Lo de mis hijos lo entiendo, buscan su propio espacio dentro del espacio común, pero lo que pasa en España actualmente me produce frustración y tristeza.

El espectáculo del dolor

Pastillas contra el dolor ajeno ( medicos sin fronteras)
Siento un enorme pudor cada vez que me golpean imágenes y sonidos del juicio contra José Bretón. Intento no mirar, no escuchar, pero a veces es imposible dejar de ver o de oír. A veces, la información se convierte en espectáculo, y en casos como éste, como el de Marta del Castillo, como el de Rocío Wanninkhof y otros muchos; la masa, ávida de sangre, de dolor ajeno, se embebe de posibles aberraciones, de actos ignominiosos que aligeran sus propias miserias. Esto no es solidaridad con las víctimas, es algo más primitivo y repulsivo, es convertir el dolor en espectáculo para el pueblo, un pueblo necesitado de emociones fuertes, que le permitan olvidar la crisis, los desahucios, el paro; en fin, que les permita suspirar y pensar: “estamos jodidos, pero no tanto”.

Algo más que un mal sueño

Imagen de birasuegi

Imagen de birasuegi

Salgo de la niebla de la inconsciencia en un 23 de febrero de 2013, miro a mi alrededor y solo encuentro sombras, bufones que alardean de sus deformidades y hombres y mujeres con 2 caras que, según el lado que muestren, se comportan como seres humanos con conciencia, o como bestias que dan rienda suelta sin pudor a sus más bajos instintos.

Unas luces de neón vociferan continuamente mentiras, codicia, egoismo, fraude, avaricia, privilegios, lascivia. En pantallas de plasma gigantescas, imágenes de llantos, de pobreza, de dolor, de miseria, se entremezclan con paisajes de paraísos perdidos, de tiendas de lujo, de viajes de ensueño, de danzas enloquecedoras.

El paisaje que me acoge parece el mismo de ayer, o de hace unos días; sin embargo, hay algo en el aire que me asfixia, que me deja sin fuerzas para seguir mi camino. Un coche grita con un pitido estridente y continuado ante mi inesperada presencia, el corazón me late a mil por hora y retrocedo veloz hacia la acera.

Quiero irme de allí, pero mis pies permanecen anclados a un tiempo y a un lugar del que no hay vuelta atrás. Cierro los ojos y veo nítidamente “El jardín de las delicias”. Y pienso, ¿es sólo un sueño?