Sigo en modo ajustando hora

Ajustando hora

Sigo en modo “ajustando hora”

A veces la vuelta a la rutina resulta un bálsamo después de unas vacaciones en familia. La verdad es que los quiero mucho a todos, pero una, con los años, tiende a querer unas vacaciones sin compromisos, sin “obligaciones”; y esto es imposible cuando las madres se nos hacen muy mayores y los hijos también; y si a eso añades amigos con problemas personales que se te acoplan para huir de los mismos, ¡ya ni te cuento!. Por eso agradezco el final de ese tiempo en el que descanso menos que nunca y me siento con más obligaciones que nunca.

Ciertamente es una hipérbole desmesurada, porque también disfruto enormemente de esos momentos en los que tengo a toda la gente que de verdad me importa a mi lado, ¡pero agotan tanto! Por eso ahora estoy ajustando hora de nuevo, recuperando esos instantes sólo míos, en los que puedo escuchar mi propia voz, sin que ninguna otra la interrumpa de sus desatinos o cavilaciones.

Hay períodos de vacaciones en los que no recargas pilas, las explotas directamente. Yo ya no sé si he recargado las mías o me las he cargado directamente, pero la vida sigue. Aunque la muerte se te cruce una y otra vez dejándote sin aire. Y aquí estamos de nuevo, de vuelta a esta normalidad anormal, en la que todos estamos en funciones, no sólo un Gobierno que se está eternizando en su interinidad ¿Habrán consolidado ya derechos y les tendremos que pagar indemnizaciones si queremos echarlos?

Bueno, mis inconsistencias siguen intactas. Tal vez eso sea un síntoma grave, no sé, el tiempo lo dirá.

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Ajustando hora

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Desde hace años, este maravilloso reloj está ajustando la hora. Al igual que las infalibles políticas de nuestros sucesivos gobernantes, de las que seguiremos esperando que algún día den la hora correcta, este reloj es un pequeño reflejo de la situación de mi país: lleva para ajustar la hora unos cuantos siglos. Tal vez lo consigamos algún día.

Alas de verano

Madrid nunca duerme, ni siquiera en agosto. Me recibe ardiente, ajeno, y yo regreso siempre con añoranza de mi refugio, aunque sea sólo para unas pocas horas. ¡Horror!, de nuevo a deshacer y a volver a hacer maletas. Los coches a deshoras son mi nana. Pero el sueño no viene, ¡este calor tan diferente a la humedad envolvente del Mediterráneo!. La televisión, como la mayoría del país, también está de vacaciones, así que salvo la crisis, el resto es puro relleno, es el mes de los sustitutos y de las películas de serie B.

Un momento de silencio, … bueno, a medias. Todavía hay interrupciones para curar heridas de guerra. Y vuelta a las maletas. Me desconcierta el desorden que generan camisetas rebeldes, bañadores jugando a ser pelotas de tenis, o bermudas que no encuentran su percha. ¡Me agotan! y este sopor se cuela sin pudor por todos los rincones de mi cuerpo.

A pesar de todo, me gusta volver a casa; reconocer mis rincones, los olores conocidos, los sonidos de la calle, de mi calle. Y mi silencio, solo las teclas que destapan las naderías que pasan por mi cabeza después de aterrizar en una rutina distinta, la del cambio de maletas. Aunque me queje, me gusta saltar de un sitio a otro en vacaciones, tengo la sensación de que este período dura más. Volver a casa para irme de nuevo me provoca la zozobra de un inicio continuo.

Sigo pensando en las maletas, mañana de nuevo a guardar, a doblar, a recordar todo lo que hay que llevar al nuevo destino, para en unos días volver y deshacer lo hecho. Mi destino en vacaciones es el de Penélope (la de Homero), hacer para deshacer.

Las zapatillas están preparadas para salir del útero materno nuevamente. Mis pies son su único equipaje para que sea leve la carga y así poder decidir el destino sobre la marcha, dependiendo del estado de ánimo o del bolsillo (que también cuenta en vacaciones).

Cambiarán la arena conocida por olores a hierba húmeda y lagos tristes. Surcarán un paisaje de niebla, de tabernas oscuras y espero que cargado de instantes únicos. El fin nunca justifica los medios, pero en el caso del cambio de maletas es lo que único que lo hace llevadero.

Siempre sueño que alguna vez podría existir la magia y que las maletas se hicieran solas, que fueran las alas de cada verano, que se te colocaran solas en la espalda. Pero no, eso no deja de ser un sueño, así que nadie lo inventará y yo seguiré jurando en arameo cada vez que me enfrente con mis maletas. ¡Hasta la vuelta!