Sí, le amo

Sí, le amo
más allá de toda duda,
de la efímera pasión,
de la urgencia del deseo.
Con el peso de los años
enredándose a mi cuello,
con la rutina guiando
las canas de mi cabello.

Sí, le amo
y la calma que me acuna,
que acaricia mi razón,
me envuelve con su aleteo.
Sin la inocencia de antaño,
atravesando los hielos
que abonan rastros
de antiguos miedos.

Sí, le amo
tras dos niños,
peces, tortugas,
una chinchilla y un perro,
Tras silencios, celos,
miel con lunas
y ese algo que me embruja
y qué no sé que es.

El olor de tu ausencia

Siento el olor de tu ausencia
adherido a mi apagada piel,
como una enredadera muerta,
que crece, que duele, que axfisia
cada febrero, este día.

Chirrían palabras huecas
entre estas líneas vacías;
te pierdo en un tiempo de niebla,
que me envuelve divida
entre tu muerte y mi vida.

Paladeo el sabor de tu ausencia
y se clavan las espinas,
las miles de horas gastadas
en recordar nuestras risas
para no perderte, para encontrarte
de nuevo, en esta fecha maldita.

Deseo sin forma

imagen de Altamar

La calle respiraba fuego
y húmedos  cuerpos
la noche en que mis pasos
temblaron ante tu puerta.

La luna y Manhattan
nos acunaban  junto al mar,
con el murmullo de las sombras,
permitiendo confidencias.

Tú no te rendías,
pero mis artes malignas
y la manzana del pecado
surtieron finalmente su efecto.
Y caíste, como Adán,
ante su dulce veneno.

Cuando el día despuntaba
sucumbiste ante la culpa,
arrepentido por quebrantar
los eternos mandamientos.
Y huiste, sin mirarme,
a tu atalaya de cristal,
para olvidar este encuentro.

Más yo, Eva sin principios,
serpiente urdidora
de mágicos ungüentos,
luché contra tus soldados
del miedo. Y vencí
-sólo a medias-
al maldito Lancelot
que llevas dentro.

Hoy, siglos después
de tan extraño encuentro,
te reconozco diablo,
dios absoluto,
caballero andante
y deseo sin forma.

Hoy, cuando tu pecado
ya ha sido perdonado,
mi cuerpo siente de nuevo
que la calle respira fuego.

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Me llamó señora, ¡será imbécil!

Iba yo hoy paseando tan mona con mis pantalones cortos, mi camiseta con los hombros al aire y un escote generoso, cuando un veinteañero que iba hablando con un colega de su éxito en las disco, se me acerca y me dice: ¿Tiene fuego, señora? En ese momento, le he lanzado todo el desprecio que sentía por él con mi mirada y le he contestado muy digna No. Él, evidentemente no ha notado ni mi desprecio, ni ha sido capaz de darse cuenta del efecto de su señora en mí.

Tras mi primera reacción de indignación con el muchacho, me ha dado por pensar que sentirse joven no es lo mismo que ser joven, y yo, aunque  me encuentro interiormente con la misma energía y las mismas ganas de vivir que hace veinte años, lo cierto es que tengo 20 años más.

Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma -por lo menos eso he leído por ahí-, así que seguiré sintiéndome viva, a pesar de que no me acostumbre a que los veinteañeros me llamen señora.

Estoy viva como fruta madura (de Gioconda Belli)

Estoy viva

Imagen de jonathanrijo

como fruta madura
dueña ya de inviernos y veranos,
abuela de los pájaros,
tejedora del viento navegante.

No se ha educado aún mi corazón
y, niña, tiemblo en los atardeceres,
me deslumbran el verde, las marimbas
y el ruido de la lluvia
hermanándose con mi húmedo vientre,
cuando todo es más suave y luminoso.

Crezco y no aprendo a crecer,
no me desilusiono,
ni me vuelvo mujer envuelta en velos,
descreída de todo, lamentando su suerte.
No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro,
de la tierra parida,
el canto de los pueblos,
los brazos del obrero construyendo,
la mujer vendedora con su ramo de hijos,
los chavalos alegres marchando hacia el colegio.

Si.
Es verdad que a ratos estoy triste
y salgo a los caminos,
suelta como mi pelo,
y lloro por las cosas más dulces y más tiernas
y atesoro recuerdos
brotando entre mis huesos
y soy una infinita espiral que se retuerce
entre lunas y soles,
avanzando en los días,
desenrollando el tiempo
con miedo o desparpajo,
desenvainando estrellas
para subir más alto, más arriba,
dándole caza al aire,
gozándome en el ser que me sustenta,
en la eterna marea de flujos y reflujos
que mueve el universo
y que impulsa los giros redondos de la tierra.

Soy la mujer que piensa.
Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas.

En esa mágica hora

En esa mágica hora
en la que la noche se va
y el día aun no ha llegado,
en la que todos los gatos
se parecen y son pardos,
en la que el sueño se adueña
de una ciudad sin descanso,
tu mano alcanza mi espalda,
y el deseo se hace el amo.

En ese tiempo sin hora
en el que una risa suena
como caricia de paso,
en el que restalla el llanto
de un niño como un relámpago;
en el que las farolas tiemblan
ante el grito del asfalto,
tu piel brilla en la batalla,
bruñida, poderosa, brava;
y mis músculos restallan
en esa hora, en ese tiempo,
en ese único espacio.

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Nunca esperas a la muerte

Nunca esperas a la muerte,
pero ella siempre se arrima
a la vuelta de la vida,
a veces pisándote de frente
a veces rozándote una herida.

Nunca esperas a la muerte,
pero tampoco la olvidas
y sientes sin duda su aliento
al doblar cualquier esquina,
y se te presenta de nuevo
como mosca de septiembre,
pesada, insistente, cansina.

Nunca esperas a la muerte,
pero su tembloroso aleteo
una vez más se presiente
en esas palabras mudas,
en aquellos llantos sordos,
en mi soledad, en tu miedo…

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