El poso del buen camino

Echo de menos el habitual saludo de “buen camino” -con acentos de todo el mundo- que nos ha acompañado estos días. Al llegar a Santiago de Compostela y cumplir con todas las tradiciones de los peregrinos, nos fuimos a dar un homenaje tomándonos un chocolate con churros.

Mientras me deleitaba con la humeante y dulce bebida, escuché a una mujer, que parecía argentina o uruguaya por el acento, confesar al camarero que se sentía vacía tras su llegada a Santiago. Le contó que el despertarse cada mañana con una meta concreta, con un destino que no suponía un final, le daba fuerzas para emprender la etapa que se marcaba cada día. Pero ya no había objetivos que cumplir o metas que ganar. Sólo quedaba un vacío.

Camino de Santiago

Las señales, a veces curiosas, nos indican la dirección del camino

Me quedé perpleja, porque yo no me voy con esa sensación; por el contrario, me llevo conmigo multitud de momentos únicos, olores que hacía mucho tiempo no sentía, sabores con regusto a campo, a raíces, a verdad; sensaciones de quietud y avance, de plenitud. He disfrutado de conversaciones, silencios, miradas cómplices y de carcajadas con mi hija.

He recuperado recuerdos dormidos de viajes a pie en vacaciones, entre Sobrado dos Monxes y Vilariño. La visita obligada a la abuela María, la madre de mi padre, que mis ojos de niña fotografiaron como una anciana diminuta y encogida, enlutada de pies a cabeza y con la mirada infinitamente triste y gris.

Abandonamos ya un Santiago entregado a turistas, peregrinos, y demás viandantes ocasionales de piedras eternas. Al igual que cuando llegamos, la ciudad nos despide con un abrazo húmedo y gris.

Santiago de Compostela. Catedral

Anuncios

Mujeres de tierra y acero

cancer mama

Imagen de David en Flickr

Hoy, Día mundial contra el cáncer de mama, quisiera rendir un pequeño homenaje a esas mujeres de tierra y acero. Mujeres de tierra fértil y húmeda, que emergen a la vida tras ser devastadas por riadas, heladas, fuegos que mutilan cuerpos a su paso. Mujeres de acero que defienden su esencia con el escudo de un espíritu de lucha invencible. Esas mujeres que, como mi madre, alguna vez se han enfrentado  a esa macabra lotería que es el cáncer de mama.

Esta es la historia de una mujer que se enfrentó, hace más de 25 años a esa noticia que te dan como un mazazo en el centro del estómago: “hemos analizado las muestras y hay que extirpar la mama”. Ya nos habíamos encarado con la palabra “cáncer” y habíamos perdido. Mi padre murió de cáncer de páncreas tras varios meses de dolores que no calmaban ni la morfina que le administrábamos a través de un catéter. Y cuatro años después nos enfrentábamos de nuevo a la maldita palabra, sin que mi madre hubiera sido capaz todavía de abandonar el luto por su compañero.

Nunca la vi desfallecer, ella sabía que no podía dejarnos y perdió una de sus mamas en la batalla, pero ganó la guerra. No se quejó jamás, no le importó la amputación de uno de sus generosos pechos; esos pechos que me amamantaron hasta los tres años, que me acunaron y cobijaron cuando la oscuridad y los miedos me envolvían. Hoy, con 86 años, sigue haciendo frente a la vida mirándola a la cara, sin temer a la muerte, pero viviendo la vida.

Sí, le amo

Sí, le amo
más allá de toda duda,
de la efímera pasión,
de la urgencia del deseo.
Con el peso de los años
enredándose a mi cuello,
con la rutina guiando
las canas de mi cabello.

Sí, le amo
y la calma que me acuna,
que acaricia mi razón,
me envuelve con su aleteo.
Sin la inocencia de antaño,
atravesando los hielos
que abonan rastros
de antiguos miedos.

Sí, le amo
tras dos niños,
peces, tortugas,
una chinchilla y un perro,
Tras silencios, celos,
miel con lunas
y ese algo que me embruja
y qué no sé que es.

El principio del túnel

Túnel

Imagen de Ricardo Luengo

Ella mira hacia delante y sólo ve el principio de un túnel. La oscuridad que la abraza le da miedo. Detrás todavía le queda la luz de los recuerdos, de las rutinas conocidas, de todo lo vivido. Es consciente que ha olvidado palabras, que su mente arrincona momentos en un lugar que ella no alcanza; pero no quiere rendirse, todavía no.

Aun le queda el tiempo que es capaz de retener entre sus labios, aun se esfuerza por demostrar a los demás que todo va bien; a pesar de que cada vez oye menos, de que se da cuenta que todo lo que ha aprendido a lo largo de su vida se le va deshaciendo poco a poco, separándole un metro más de esa cálida luz que es capaz de percibir a su espalda.

Un día cualquiera

El aire fresco de la mañana se cuela en mi conciencia. Los ruidos habituales se mezclan con la pereza de mis ojos, que se niegan a abrirse a un nuevo día. El otoño, que se presenta como una diminuta semilla, me abraza para recordarme que los huesos duelen cuando la vida te va pesando en la espalda.

El rostro que se refleja en el espejo me devuelve una piel que ya ha sido usada, con pliegues profundos. La radio me devuelve a una realidad que va más allá de mi ombligo, de unos egoístas hábitos que me aíslan, tras los delgados muros de mi propia historia. No persigo nada, los sueños han abandonado mi lecho y me cuesta respirar, pero enciendo el primer cigarro del día.

Las ondas me devuelven retazos de noticias que mañana servirán, unas para confeccionar almanaques de efemérides y otras para ser olvidadas sin que recordemos siquiera el nombre de los protagonistas.

A pesar de esta melancolía, fruto del presentimiento de este otoño que aun no ha nacido ni en el sol, ni en el cielo, todavía limpio de nubes preñadas de agua, una sonrisa se abre paso entre las desvaídas y grises luces de la rutina.

Espero que pronto me rescate Mr. Tambourine

Los silencios de la vida

Imagen de Max Boschini

Imagen de Max Boschini

La vida tiene silencios plácidos, silencios eternos, a veces incómodos, otras reveladores; hay silencios cómplices y silencios ensordecedores, gratificantes y estúpidos, amenazadores y reconfortantes, románticos y amargos. En algunos momentos resultan agobiantes, pero a mí me gustan. Creo que son necesarios, te ayudan a distanciarte, a evadirte por unos momentos del bullicio que te acompaña permanentemente: palabras, música, ruido… sonidos a tu alrededor que no te permiten oír el verdadero sonido del silencio.

Hoy he sentido la necesidad de romper ese silencio, sin ninguna razón, sólo por la necesidad de volver a sentir las palabras saliendo a través de unas teclas de ordenador, que van conformando frases tal vez necias, tan vez inconsistentes, pero que surgen porque somos incapaces de mantener un silencio continuo. Necesitamos las palabras como el agua es necesaria para nuestro organismo, porque somos seres sociales que necesitamos comunicarnos entre nosotros, mostrarnos a los demás y decirles: ¡eh, soy yo, estoy aquí! Necesitamos de las palabras para vivir, igual que, a veces, necesitamos de los silencios para seguir viviendo.

Un día cualquiera

Era un día cualquiera, como el anterior o el anterior al anterior. Se levantó y descubrió perpleja que el horizonte se había desdibujado tras la ventana. Las certezas se le cayeron de las manos, y, en ese momento, extravió sus esperanzas entre bosques de dudas e indecisiones. Intentó caminar hacia delante y, a cada paso, sólo encontraba sombras.

Se levantaba, comía, sonreía, hablaba, dormía; incluso, a veces, hasta era capaz de ver a los que estaban a su alrededor, a su lado. Pero eso no impedía que sus gafas oscuras, esas que se ajustaron como una segunda piel a sus ojos aquel día, -ese día que iba a ser igual a todos los demás-, la envolvieran en una soledad autoimpuesta, en una tristeza masoquista de la que era incapaz de escapar.

El tiempo no fue capaz de curar la herida. Se refugió en el miedo a lo imprevisto, se vistió con un traje de humillación permanente que no le permitía disfrutar de un sol de marzo, de la brisa fresca de una tarde de otoño o del resplandor de unos relámpagos en una noche de verano. Un día cualquiera, tal vez el pasado vuele de su corazón y consiga recuperar la alegría de vivir, ¡pero se habrá perdido tantos momentos maravillosos!