
Sólo con el corazón se puede ver bien,
lo esencial es invisible para los ojos.
La Sociedad General de Autores (SGAE), en su afán recaudador, no ha dudado en reclamar a la Iglesia Católica quince mil euros por la interpretación de canciones en las misas de los domingos. Los eficientes agentes de la SGAE han recorrido las iglesias de todas las provincias españolas, para corroborar un hecho que se repite en las misas dominicales: coros de jóvenes interpretan con sus guitarras canciones que están sujetas al derecho de autor, sobre todo en las misas que se celebran entre las 11:30 y las 13:00 (dirigidas a los más jóvenes).
La SGAE considera que la Iglesia española está utilizando de forma fraudulenta el talento de nuestros creadores, ya que la misa es un acto público -no privado- con el que se intenta aumentar el número de clientes, es decir, de fieles. Los grupos musicales, que amenizan las misas de los domingos, utilizan en su repertorio música de autores que no reciben ninguna compensación económica por este concepto; lo cual ha sido denunciado por la SGAE a la Conferencia Episcopal Española. Según afirman estas fuentes, no se obliga a nadie a utilizar el repertorio musical que se encuentra bajo su protección, más de 5,5 millones de títulos en España; por lo que si la Iglesia no quiere pagar, no tiene más que dejar de utilizar música sujeta a derechos de autor.
A este ataque directo de la SGAE, la Conferencia Episcopal ha respondido con un pasaje del Evangelio: “Guardaos bien de los falsos profetas, que se os acercan disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis: ¿es que se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis” (Lc 6,43-44).
Podría pasar, ¿no?
Ayer me sentí totalmente frustrada ante la estupidez de una voz pregrabada que no era capaz de entender un problema muy sencillo: mi teléfono fijo no tenía línea y la compañía con la que tengo contratada la línea no podía darme respuesta porque la máquina se interponía, como un muro infranqueable, entre un operador de carne y hueso y yo.
En este mundo de las nuevas tecnologías tan maravilloso, a veces es muy difícil, por no decir imposible, conectar con otro ser humano cuando uno lo desea, porque falla la máquina que ha de conectarlos o porque el programa no responde a las infinitas casuísticas que se pueden dar en las relaciones humanas. Mi problema era el siguiente: pago la línea a una compañía, y la gestión de la línea a otra, con lo que cuando hay un problema se suelen tirar la pelota de un lado a otro del tejado, quedando yo en medio, como una gilipollas, mirando para ver de donde me van a venir los palos (porque al final, siempre te dan palos). El caso es que llamé a la empresa que gestiona mi línea y, como de costumbre, me contestaron que el problema no era suyo.
Al intentar contactar con el servicio técnico de la empresa con la que tengo contratada la línea, mi sorpresa fue mayúscula cuando la voz pregrabada, que me había indicado que introdujera mi número de teléfono, me comunica que ese teléfono no es cliente suyo y que me ponga en contacto con mi compañía. Pensé “he debido de equivocarme en algún paso del fastidioso camino” y volví a intentarlo con el mismo resultado. Llamé una tercera vez intentando acceder por otra vía, pero ninguna opción me dejaba hablar con una persona de carne y hueso. Si no introducías el maldito número de teléfono que había desaparecido de sus líneas no tenías ninguna opción de contacto.
Al día siguiente, como mi línea telefónica seguía en silencio, llamé a un amigo que trabaja en dicha compañía y le conté mi problema. La solución que me dio fue mágica: “introduce un número de telefono de algún cliente de esa compañía y así podrás acceder al operador”. Con un poco de aprensión, pues lo que te solicitaban eran los números del teléfono con el que tenías problemas, y yo soy muy mía para eso de las mentiras (debe ser un trauma infantil o algo así), introduje el número de un familiar y esperé. ¡Bingo! la estratagema había dado resultado y al otro lado de la línea oí una voz con acento del otro lado de charco, solícita y amable, que me pedía que le contase mi problema. ¡Por fin pude expresarme sin complejos, sin vocalizar como si tuviera una boca de goma, sin tener en cuenta el número de palabras que utilizaba, porque al otro lado de la línea alguien me podía comprender! Y evidentemente solucionó mi quebradero de cabeza con rapidez y eficacia. Al cabo de unas horas, una llamada entró en el teléfono -hasta entonces mudo-, y al descolgar, una voz femenina profesional y grabada me dijo que esperaba que la avería se hubiera solucionado y que marcara el 1 si era así. Estuve tentada de mandarla muy lejos, pero finalmente, pudo mi prudencia sobre mi ira y marqué el maldito 1. Ni siquiera se despidió, ni me dio las gracias, al otro lado de la línea solo quedó un pitido continuo e incómodo.
Aquí dejo un simpático vídeo sobre la impotencia que sentimos ante máquinas con voz humana que no entienden nuestras necesidades.
Sin duda, las máquinas son estúpidas (o por lo menos las de los centros de atención al cliente de algunas compañías), porque no saben cuando una persona está preocupada, miente o está triste, porque no saben responder a variables que escapen de su programación. Pero la estupidez de las máquinas tiene una explicación: responde a un mal diseño, un mal desarrollo, un mal montaje o un mal uso. La estupidez de los hombres es mucho más compleja y también mucho más dolorosa, pero eso merece reflexión aparte.
La lamentable situación que vive Haití ha provocado, gracias a la globalización de la comunicación, una oleada de donaciones que en la mayoría de los casos quiero pensar que son gestos de generosidad sin más, gestos de gente normal que sufre con los que ve sufrir, ayuda a los que la necesitan de personas anónimas que no buscan ninguna compesación con su acción.
Sin embargo, siempre que ocurre alguna catástrofe en un país del tercer mundo (o del décimo, porque dentro del tercer mundo también existen diferencias notables) me revelo ante esos gestos que sólo buscan una buena imagen, ante esas palabras de dolor sobre los que sufren vestidos de Armani, Dior o Versace. He visto algunas imágenes de la Gala de los Globos de Oro, todos con sus vestidos y trajes estupendos de nosecuantos miles de euros, pero eso sí, con el lacito rojo y amarillo de apoyo Haití, mientras beben champagne y toman canapés con los que podrían vivir miles de haitianos durante unos cuantos meses.
Nunca he entendido esa bienintencionada misericordia de los que lo tienen todo y solo dan aquello que no les cuesta dar. ¿No sería mucho más impactante que el dinero que se han gastado en la Gala de los Globos de Oro, tanto los organizadores como las estrellas que han acudido a ella, se hubiera donado a los que sufren en Haití? pero claro, cuesta menos salir en las fotografías o en la televisión diciendo que sufres mucho por los pobres haitianos vestido de Valentino y, sobre todo, quedas muy bien con el lacito en la foto, muy solidario.
Érase una vez un país encogido por el miedo y el látigo de un visionario, convencido de su misión de salvador de un pueblo descreído, descentrado, analfabeto y resentido. Durante cuarenta años puso su bota de hierro sobre las conciencias y los pensamientos, sin permitir a nadie salirse de la fila. La muerte, el dolor y el hambre hicieron causa común y se alojaron en todas las casas para evitar cualquier conato de rebelión.
Poco a poco se fueron abriendo puertas, permitiendo a los habitantes invisibles entrever un sol que se fue haciendo más y más perceptible a medida que pasaban los años. El anciano de voz aflautada ya no daba tanto miedo, aunque seguía usando la bota que aplastaba todo a su paso.
Cuando el anciano murió, recibió un multitudinario adiós por parte del pueblo al que había mantenido amordazado durante casi cuatro décadas, y las calles se vistieron de colores para festejar el fin del luto impuesto, y las gentes se abrazaron sin miedo, y todos hablaron todas las lenguas, y todos se dieron las manos para remover una tierra hasta entonces árida y seca, para convertirla en una tierra fértil y generosa.
Pero aparecieron topos que intentaron destruir el trabajo de tantas manos, y dejaron agujeros oscuros y profundos en los surcos abiertos por esas gentes que se concentraron en mirar hacia el futuro. Los agujeros fueron creciendo, mientras los habitantes, borrachos de fe en la nueva tierra, se olvidaron de taparlos.
Al cabo del tiempo los agujeros fueron tragándose la tierra fértil. Cuando el pánico empezó a cundir en la población ya era demasiado tarde, los topos habían ganado demasiado terreno y la tierra fértil era ya solo una isla en la que vivían apiñadas millones de voces sensatas, a las que no se oía porque hablaban demasiado bajo, o ni siquiera hablaban porque se encontraban demasiado desorientadas.
Barack Obama, flamante Nobel de la Paz, no acudirá a los actos que se han organizado en su honor por motivos de seguridad según algunos, por prudencia y humildad según otros.
En Lanzarote, una mujer saharahui, Aminatou Haidar, continua poniendo en peligro su vida voluntariamente por defender los derechos de su pueblo, un pueblo que reclama su tierra desde hace décadas, mientras la comunidad internacional, que reconoce sus derechos, mira hacia otro lado cuando Marruecos hace caso omiso de las resoluciones adoptadas.
Cada 6 segundos muere un niño de hambre en el mundo y el número de personas que pasan hambre está aumentando, según la FAO, mientras en España seguimos enredados con una Ley del Aborto, que no sabemos si se abortará o nacerá con defectos congénitos.
En fin, que no sé si hoy, Día de los Derechos Humanos, es el mejor momento para pararse a pensar sobre por qué una vida no vale nada o vale demasiado, dependiendo de dónde nazcas o de quién seas. No todos somos iguales, o por lo menos lo parece si miras con un poco de atención a tu alrededor.
Todos tenemos derecho a vivir dignamente de nuestro trabajo, también los músicos, creadores literarios, actores,…. lo que no significa que un modelo de negocio se perpetúe porque sí. Esto parece ser lo que pretenden al querer limitar el potencial de internet como medio de difusión cultural.
Los modelos de negocio tienen que evolucionar al tiempo que los avances tecnológicos y sociales, si no lo hacen desaparecerán y serán sustituidos por otros negocios, más productivos, más eficaces, y en esto no está en juego el derecho de los autores al reconocimiento de su obra, está en juego la forma en la que sacan rendimiento a ese trabajo; por eso me uno al “Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet”.
Creo que los que se sienten amenazados por Internet para perpetuar su forma de ganarse la vida, deberían pensar en evolucionar y aprovechar las ventajas de la red para sacar un mayor rendimiento a su creatividad.
Me crucé ayer en la plaza con él: rostro consumido y marchito, cuajado de profundos surcos, barba descuidada y gris, gafas de concha negra posadas con desgana sobre una nariz demasiado grande para unos rasgos menudos. Su cuerpo se movía con dificultad sobre unas piernas que se adivinaban quebradizas y repletas de huellas de la mala circulación. Calzaba unas zapatillas de cuadros, sin calcetines; sus ojos, tras unas lentes que distorsionaban su mirada, se perdían en algo más allá del paisaje urbano de coches y prisas que nos rodeaba.
Su ropa, gastada como su cuerpo, transmitía soledad y desamparo; por un momento me sentí obligada a acercarme a él y hablarle, cogerle la mano y decirle que yo sí le veía, que yo si sentía su abandono; pero pudo más que yo ese maldito pudor de meterse en la vida de los demás sin que te pidan ayuda de forma tácita y pasé por su lado sin abrir la boca, sin conseguir que sus ojos se cruzaran con los míos para que sintiera mi calor. Seguí mi camino hacia ninguna parte sin volver la cabeza, sin saber si el anciano encontró su destino.
Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay cerca de un millón y medio de mayores de 65 años, la mayoría mujeres, que viven solos. Los avances médicos y sociales han posibilitado que la esperanza de vida en nuestro país haya aumentado más del doble en el último siglo, pero ¿nos preguntamos cómo viven nuestros ancianos?. En una sociedad que cada vez es más egoísta, más individualista, más utilitarista, los ancianos son, en muchas ocasiones, un estorbo al que se olvida en una residencia, en otra provincia, en otro barrio, en una realidad paralela e incómoda.
Mi madre tiene ya 80 años y, aunque vive sola, espero que no se sienta nunca sola, porque a ella le debo lo que soy. A los ancianos de hoy les debemos nuestro bienestar, les debemos una sociedad opulenta -a pesar de la crisis-. Si no somos capaces de devolver en forma de cariño, de respeto y de cuidado lo que nos han dado, es que no merecemos su legado, es que hemos perdido por el camino valores tan importantes como la gratitud, la solidaridad o la generosidad. Estaremos construyendo una sociedad deshumanizada, y eso, tal vez, sea más peligroso que el cambio climático para la destrucción de la especie.
Al leer las crónicas de lo que fue el día de ayer para nuestros dos grandes partidos políticos, me han venido a la memoria dos personajes de dibujos animados que veía de niña: Leoncio el león y Tristón. Juguemos al juego de “Y si fuera…”, ¿adivináis quién es quién?.