No temo las palabras

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“La riña” de Goya

No temo las palabras,
Temo las voces airadas.
A los que sólo se escuchan a sí mismos,
A los profetas que las manipulan
Y a los que las enarbolan como mordaza.

No temo las palabras,
Temo su impúdica adulteración.
A los que se erigen en guardianes
De atávicas falacias y empuñan,
Como dagas ponzoñosas y sangrantes,
Palabras que se han conquistado
A golpe de dolor y de coraje.

No temo las palabras,
Temo la ciega intransigencia.
A los que confunden conceptos
Y denominan certeza lo que
Tan solo es fe, opinión o deseo.

No temo las palabras,
Sólo temo a los trileros que envuelven
Su significado en juegos de manos
Para conseguir el resultado deseado.

Reivindico la virginidad de la palabra,
Sin fatuos adornos, rodeada de argumentos,
De verdad, de mano abierta.
Porque si desnudamos la palabra
De su traje de entendimiento,
La estaremos convirtiendo en carcelera
De otras palabras, de otras ideas.

Y eso, eso no son palabras,
Son únicamente gestos de déspotas.

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El dolor llega más allá de las nubes

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El dolor llega más allá de las nubes

Me encuentro en medio de un paraje en el que el sonido es un silencio atronador, sólo mancillado por mis pisadas lentas, torpes en un medio desconocido. Hasta allí llegan los lamentos en mi cabeza, el dolor de una sinrazón que golpea una y otra vez, sin que sepamos por dónde nos va a venir el próximo golpe. Barcelona, Cambrils, Ripoll se me aparecen en medio de este paraje como escenarios macabros que sustituyen a poblaciones en las que se ríe, se ama, se sueña…

Aparecen las voces de ojo por ojo, las que se ofenden porque siguen enrocadas en sus pequeñas disputas de salón que, ahora, en esta desolación colectiva se me antojan pueriles e, incluso, egocéntricas en grado superlativo. Los muertos, los heridos, los afectados directa o indirectamente por esta barbarie son sólo personas, sin más adjetivos, sin más calificativos.

Me siento culpable por estar disfrutando de esta maravillosa paz, mientras a mis pies el mal, ese concepto tan etéreo como este aire, se materializa en una niebla que estrangula corazones y acaba con la vida de sus semejantes, dejando a su paso un reguero de muerte, desolación y perplejidad. Porque la muerte siempre nos deja desconcertados.

Comunidades de vecinos invisibles

personas sin techo

La tarde va conquistando Madrid segundo a segundo y la luz va deslizándose por las esquinas de la calle hasta desaparecer entre los pliegues de un asfalto ajado y sucio. Dicen que la temperatura de esta ciudad desquiciada y desquiciante ha disminuido, pero mi casa continúa tomada por ventiladores y aparatos de aire acondicionado que taladran mi escaso ánimo con su cacofonía, así que cierro la puerta de mi guarida y salgo a la calle buscando un poco de paz.

Los pasos me llevan a buscar el verdor del parque, más la antesala del mismo es un descorazonador puzle de enseres personales desparramados, sin orden ni concierto aparente, en unas gradas cuyo uso original no logro vislumbrar. En pleno centro, entre la antigua estación de Delicias y Méndez Álvaro, se alza una singular comunidad de vecinos sin puertas ni paredes. Comparten un espacio común en el que depositan sus miserias y sus recuerdos, sus olvidos y sus fracasos.

Son seres itinerantes sin rostro, sin historia, sin pasado ni futuro, que conviven con los vecinos del barrio, escaladores de paredes, sudorosos corredores, paseadores de perros, padres con niños en bicicletas y patinetes, pandas de quinceañeros que buscan un espacio propio, transeúntes  ocasionales y demás individuos que pululan por este diminuto universo.

Nadie se mezcla con ellos -yo tampoco me atrevo-, los ven pero no los miran, como si así desaparecieran de su realidad. Regreso a mi jaula -no de oro, aunque sí cómoda y confortable- y la televisión me devuelve a esa otra realidad repetida y monótona de violencia, avaricia y diálogos entre sujetos que están dispuestos a no escucharse, ni siquiera en sueños.

La vida siempre es injusta con los perdedores. No sé que habrá llevado a las personas que viven entre peldaños de granito a esa situación, pero estoy segura de que sus prioridades no tienen nada que ver con esas que nos repiten poderes políticos y económicos y con las que nos hostigan desde los medios de comunicación a diario.

Orgullo e igualdad ondean en una farola

Las palabras son caprichosas, aparecen en tu mente de repente invadiendo todo el espacio disponible, eliminando la posibilidad de realizar cualquier actividad que no sea dibujarlas, escribirlas, decirlas, venerarlas. Intentas apartarlas, pero ellas, persistentes, se empeñan en dejar todo lo demás en segundo plano.

En cambio, cuando las buscas, desaparecen en un universo invisible al que no logras llegar. Es en estas ocasiones, cuando están en ese estado de hibernación, cuando me desespero porque me queman la garganta y el alma, y su ausencia me asfixia. Entonces leo, leo como una posesa, acariciando las palabras de otros, envidiándolas, seduciéndolas para intentar encontrar el secreto de la entrada a ese mundo en el que caminan, danzan, aman, lloran y ríen al margen de mi necesidad, de mi obsesión.

Cuando se produce el milagro y te permiten regresar del exilio, de ese silencio denso en el que los pensamientos y los sentimientos se evaporan antes de haberlos percibido, entonces se ilumina tu rostro como el de un niño el día de Navidad y tu cuerpo se tensa, en un orgasmo incontrolado e infinito, que dura lo que el ensueño de haber apresado un instante mágico y singular.

Dos palabras ondeando en una farola. Esas dos palabras expresaban el sentir de una ciudad que, por unos días, vivió en la calle, sintió en la calle, respiró libertad y entusiasmo en la calle. Sólo dos palabras y el mundo vivió la ilusión del optimismo entre los colores del arco iris que se desplegaron en Madrid.

El monstruo del odio y el miedo

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No dejes entrar en ti al monstruo del odio y el miedo

No, no pienso igual que tú. No, no siento igual que tú. No, no me gusta lo mismo que a ti; ni tengo tu mismo color de piel. Yo tengo vagina, tú, tal vez tengas pene, pero puede que tu cuerpo no reaccione a lo que tu anatomía te ha otorgado, lo cual ni es una anomalía, ni es una aberración, ni es pernicioso. Cada uno debe vivir conforme a lo que siente, no a lo que los demás digan que debe sentir, pero el monstruo del odio y el miedo siempre acecha.

Probablemente, los que jalean el autobús de hazateoir.org y reclaman libertad de expresión, se escandalizan reclamando la prohibición y la penalización de la actuación de Drag Sethlas, que se ha proclamado nuevo Drag Queen de Las Palmas de Gran Canaria.

No, yo soy como tú, yo no te odio porque no te temo. Quizás si no te dejaras llevar por ese monstruo del odio y el miedo te darías cuenta de que lo importante no son las formas, sino el fondo. Porque si el mal existe, está en los que prima el egoísmo, la vanidad, la ira, la envidia, la avaricia; en los que utilizan a los demás como utensilios de usar cuando los necesitan y de tirar cuando ya no son válidos, en los que son incapaces de reconocer sus faltas por su orgullo malsano.

El monstruo del odio crece cuando el miedo a los que son diferentes se impone, cuando la ignorancia y la irracionalidad ganan terreno a la razón. No obstante, me reconforta saber que hay multitud de héroes, como Pablo Ráez, que con su fuerza y su valentía me devuelven la esperanza en los seres humanos.

Reivindicaciones de una invisible

ojo_que_vigilaHa finalizado el mes de enero. Un histrión con aires de César del siglo XXI ha sido ascendido a presidente de EE.UU., Europa, como un personaje de personalidad múltiple, se debate entre la ferviente defensa de los derechos humanos y la inacción frente a la vulneración de los mismos; la izquierda en España continúa como siempre: siendo su peor enemigo; la Pantoja ha sido rehabilitada por obra y gracia de Pablo Motos; en Cataluña siguen vendiendo un país de yupi con jueces lenguaraces y expresidentes mártires por la causa y por la pela. El mundo sigue girando, de momento, alrededor del sol, los polos continúan con su silencioso deshielo; en fin, que por lo que apunta este principio del 2017, el futuro se presenta vestido de miedo, respirando odio, y llevando las gafas de la intransigencia ante los que son o piensan distinto.

Sin embargo, con este desolador panorama es hora de las reivindicaciones de los invisibles. Aquí os dejo las mías:

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Reivindicación de una invisible

Yo reivindico
una mano abierta al abismo insondable del mañana;
escuchar el grito mudo de millones de gargantas
seccionadas sin pudor por la avaricia;
renacer en una mirada limpia, sin pasado,
que en volandas, sin paradas, me transporte
hasta la isla del principio de los tiempos,
donde no existan nombres, venganzas,
reclamos, intereses, egoísmo, llanto, rabia.

Yo reivindico
el poder de las palabras,
de las grandes gestas de todos los anónimos
sin ilustres ancestros ni apellidos,
que remueven conciencias y reclaman
un futuro para todos, incluidos los proscritos.

Yo reivindico
la fuerza de los invisibles
desde el poderoso agujero de los muertos,
los que murieron y morirán creyendo,
los que se negaron y se negarán al yugo
del poder, de la derrota, del lamento.

 

Alepo no celebra la Navidad

Contemplo muda, incrédula, las imágenes de una ciudad aniquilada, de una población caminando sin rumbo por calles destruidas. Alepo, dicen los medios de comunicación, ha sido liberada. ¿A qué precio? ¿Y los niños, mujeres, hombres, ancianos, enfermos que han caído por los ataques indiscriminados de los ejércitos sirio y ruso? ellos no han sido liberados, han sido asesinados. ¿Y el bienpensante mundo occidental, que ha hecho al respecto?: nada. Estaba muy ocupado preparando la Navidad, llenando de luces sus ciudades, incitando al consumo desbordante a sus habitantes, celebrando con viandas y risas los días de fiesta que se avecinan… Eso sí, para calmar su conciencia, los dirigentes de la UE han solicitado a la ONU que abra una pasillo humanitario para que la ayuda llegue a la población de Alepo, mientras miraban para otro lado cuando la ciudad sitiada era bombardeada sin piedad.

Hemos aceptado ya que el Mediterráneo haya dejado de ser el Mare Nostrum para ser el Mar de los Muertos, seguimos viendo imágenes de miles de personas expulsadas de su país y lo único que nos preocupa es que no vengan a nuestra puerta a quitarnos la paz y la tranquilidad de las que disfrutamos. No queremos ver de cerca la dignidad de los que lo han perdido todo y aun así siguen adelante, buscando una salida, un camino que les permita soñar con un mañana mejor, porque nos hace sentir miserables.

Por esta razón nos centramos en temas tan importantes como la inquietante melena de Donald Trump, el perverso mensaje de Navidad de Mariano Rajoy a sus seguidores de Madrid, el apasionado beso de Errejón e Iglesias o la puesta en escena de la incierta -o no tanto- futura lideresa del PSOE en Jaén. Sin duda, Alepo queda muy lejos de esta España que se está vistiendo con sus mejores galas y está preparando los mejores manjares para celebrar una Navidad más.

¡Feliz Navidad a los hombres de buena voluntad! si es que los hombres de buena voluntad son capaces de ser felices cuando la mitad del mundo está atrapado por guerras, hambrunas, miseria o dictaduras que amordazan su libertad.