Ya no se escriben cartas de amor

carta-de-amor
Una carta de amor, como un buen vino, necesita el tiempo necesario de maduración


En esta sociedad en la que todo pasa como una tormenta, las cartas de amor no tienen hueco porque son la marca indeleble de una promesa mantenida a través del tiempo. Miro a mi alrededor y tengo la percepción de que todo va demasiado deprisa: los días, la gente, los coches…, incluso las dudas se aceleran, a pesar de mi inmovilidad.

Leo las noticias y me pregunto que quedará mañana de lo que hoy se exprime en titulares. Todo es tan etéreo y liviano como el amor en tiempos de Instagram. Tal vez si escribiéramos más a menudo con nuestras propias palabras, en lugar de utilizar términos acuñados por otros, tan manoseados que han perdido su significado, conseguiríamos fijar aquello que es importante, como el amor entendido como un compromiso.

Cuando escribimos lo que pensamos, lo que sentimos, somos capaces de racionalizar en palabras emociones, ideas, objetivos; logrando con ello tener nuestra propia visión de una realidad que presenta múltiples lados. Sólo al ser capaces de percibir esa realidad compleja podremos ser capaces de decidir si avanzamos en un sentido o en otro, o si nos paramos dónde estamos. 

Una carta de amor no es solo el reflejo de una exaltación momentánea, sino la constatación racional de unos sentimientos que nos envuelven, una reflexión, una ofrenda. Hoy, que he desplegado todas las incertidumbres sobre la mesa, lamento que ya no se escriban cartas de amor.

Anuncios

Cuando el miedo avanza, la razón pierde

MIedo

El miedo paraliza, permite la entrada en la sociedad del virus de la intolerancia.

Estos días parece que la ultraderecha se ha puesto de acuerdo para atraer los titulares de los medios de comunicación. Hoy, Matteo Salvini y Marine Le Pen anuncian su unión en un “frente de la libertad” para acometer las elecciones europeas del próximo mes de mayo, cuando todavía no se han acabado los artículos y noticias sobre la gran victoria en las elecciones presidenciales en Brasil de Jair Bolsonaro, con el respaldo del 46 por ciento de la población; lo cual no le librará de disputar una segunda vuelta, el próximo 28 de octubre, con el progresista Fernando Haddad, que únicamente consiguió aglutinar el 29 por ciento del voto.

En España, Vox hizo ayer su puesta de largo en el Palacio Vistalegre, en Madrid, el mismo escenario dónde Podemos celebró sus congresos, para demostrar que tiene tantos entusiastas, o más, que los que se denominan herederos del movimiento 15M. Ante más de 10.000 entregados seguidores, los portavoces del partido creado por Santiago Abascal hace cinco años, expusieron su proyecto de España: una, grande y libre (para los que piensan como ellos).

El mundo anda un poco revuelto, sin duda, y el miedo está empezando a asomar sus garras. Ante un futuro incierto, con amenazas a “lo conocido”, nos aferramos a la seguridad, a la fe. En lugar de tratar de encontrar soluciones compartidas, se impone la rigidez de las ideas, la búsqueda de culpables en los otros. El peligro está en que estos movimientos radicales, estén en la derecha o en la izquierda, se nutren de los moderados desencantados.

Nos encontramos en el principio de “un mundo nuevo” y no sabemos qué hacer con él. Histriones como Trump y Putin manejan dos grandes potencias mundiales, la ultraderecha se está asentando en Europa como respuesta al miedo a los ataques terroristas islamistas, como reacción de los nacionalismos a un mundo globalizado, de los ciudadanos que, hartos de la corrupción política, se echan en brazos de caraduras con pose de integridad.

Estamos pasando del mundo de “Tiempos Modernos” al mundo de “Yo, robot”, y esa transformación conlleva numerosas inseguridades. No tengo una bola de cristal, sin embargo, si tengo claro que si el miedo gana, la razón pierde y, con ella, la democracia, la igualdad y la solidaridad.

Una huelga para encender luciérnagas

Mujer_8M

Si nosotras paramos, el mundo se para

Entre silencios vivo, creo, dudo, me desespero, río, amo, me hastío, respiro e, incluso, a veces escucho el sonido de lo imperceptible. Hoy, tras un largo sueño en el que las palabras han permanecido en el limbo del mañana, he sacudido su consciencia hasta el ahora para unir mi voz a las que apoyan el lema de “si nosotras paramos, se para el mundo”. Mañana me uno a #LasPeriodistasParamos porque recordar un día al año la discriminación que sufre la mujer por el mero hecho de serlo no es suficiente; las declaraciones internacionales condenando esta situación no son suficientes, si todo ello no viene acompañado de un profundo cambio cultural en el que se difuminen, hasta desaparecer, los  exclusivos y tradicionales roles de hombre cazador y mujer procreadora de la especie.

Mañana, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, lo celebro reivindicando mi derecho, el derecho de todas las mujeres a ser lo que quieran en una sociedad libre e igualitaria. Y lo festejo con este maravilloso poema de Gioconda Belli

Estoy viva
como fruta madura
dueña ya de inviernos y veranos,
abuela de los pájaros,
tejedora del viento navegante.

No se ha educado aún mi corazón
y, niña, tiemblo en los atardeceres,
me deslumbran el verde, las marimbas
y el ruido de la lluvia
hermanándose con mi húmedo vientre,
cuando todo es más suave y luminoso.

Crezco y no aprendo a crecer,
no me desilusiono,
ni me vuelvo mujer envuelta en velos,
descreída de todo, lamentando su suerte.
No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro,
de la tierra parida,
el canto de los pueblos,
los brazos del obrero construyendo,
la mujer vendedora con su ramo de hijos,
los chavalos alegres marchando hacia el colegio.

Si.
Es verdad que a ratos estoy triste
y salgo a los caminos,
suelta como mi pelo,
y lloro por las cosas más dulces y más tiernas
y atesoro recuerdos
brotando entre mis huesos
y soy una infinita espiral que se retuerce
entre lunas y soles,
avanzando en los días,
desenrollando el tiempo
con miedo o desparpajo,
desenvainando estrellas
para subir más alto, más arriba,
dándole caza al aire,
gozándome en el ser que me sustenta,
en la eterna marea de flujos y reflujos
que mueve el universo
y que impulsa los giros redondos de la tierra.

Soy la mujer que piensa.
Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas.

Deseo encontrar el otoño perdido

No termina de llegar el otoño y yo ya echo de menos esos días más pausados de un tiempo, tal vez gris y monocorde, pero tranquilo, casi perezoso, con una lluvia fina que empape la tierra de futuras promesas de brotes tiernos. Este calor demasiado denso, demasiado asfixiante -en todos los sentidos- que nos envuelve, espero que finalice pronto y volvamos al tedioso día a día, tan añorado cuando nos falta.

Deseo envolverme ya en tejidos cálidos, en suaves lanas que me devuelvan un otoño perdido y deseado, una estación en la que los colores nos indican que hemos de aprender a prepararnos para temperaturas más duras, para noches más largas, para días más oscuros. Un tiempo de reflexión y de retraimiento, tal vez, pero necesario para que reposen emociones y caigan las hojas secas, hojas que serán el alimento de la tierra para una futura primavera.

Deseo encontrar ese otoño perdido entre algarabías ruidosas que distorsionan sentimientos nobles, entre irrespirables cantos que no permiten que cale la lluvia de la razón y la sensatez, deseo silencio y paz, deseo un otoño de templadas voces, de manos tendidas sin juegos sucios, deseo esos días más grises, pero en los que todos somos bien acogidos, sin etiquetas, sin ases en la manga, sin épicas ni glorias, con la mirada limpia de rencores, recelos, vetos o imposiciones. Deseo un otoño con un amplio abanico de tonalidades verdes, rojas y amarillas, porque en esa compleja gama cromática está la belleza infinita de la diversidad, de la suma, del mestizaje de la realidad.

Deseo, nada más, un atisbo de otoño, no como la derrota de la luz y de la vida, sino como el tiempo del sosiego y de la palabra serena, de ese humus tan necesario para que crezcan buenos brotes cuando llegue la primavera.

No temo las palabras

duelo-a-garrotazos

“La riña” de Goya

No temo las palabras,
Temo las voces airadas.
A los que sólo se escuchan a sí mismos,
A los profetas que las manipulan
Y a los que las enarbolan como mordaza.

No temo las palabras,
Temo su impúdica adulteración.
A los que se erigen en guardianes
De atávicas falacias y empuñan,
Como dagas ponzoñosas y sangrantes,
Palabras que se han conquistado
A golpe de dolor y de coraje.

No temo las palabras,
Temo la ciega intransigencia.
A los que confunden conceptos
Y denominan certeza lo que
Tan solo es fe, opinión o deseo.

No temo las palabras,
Sólo temo a los trileros que envuelven
Su significado en juegos de manos
Para conseguir el resultado deseado.

Reivindico la virginidad de la palabra,
Sin fatuos adornos, rodeada de argumentos,
De verdad, de mano abierta.
Porque si desnudamos la palabra
De su traje de entendimiento,
La estaremos convirtiendo en carcelera
De otras palabras, de otras ideas.

Y eso, eso no son palabras,
Son únicamente gestos de déspotas.

El dolor llega más allá de las nubes

nubes

El dolor llega más allá de las nubes

Me encuentro en medio de un paraje en el que el sonido es un silencio atronador, sólo mancillado por mis pisadas lentas, torpes en un medio desconocido. Hasta allí llegan los lamentos en mi cabeza, el dolor de una sinrazón que golpea una y otra vez, sin que sepamos por dónde nos va a venir el próximo golpe. Barcelona, Cambrils, Ripoll se me aparecen en medio de este paraje como escenarios macabros que sustituyen a poblaciones en las que se ríe, se ama, se sueña…

Aparecen las voces de ojo por ojo, las que se ofenden porque siguen enrocadas en sus pequeñas disputas de salón que, ahora, en esta desolación colectiva se me antojan pueriles e, incluso, egocéntricas en grado superlativo. Los muertos, los heridos, los afectados directa o indirectamente por esta barbarie son sólo personas, sin más adjetivos, sin más calificativos.

Me siento culpable por estar disfrutando de esta maravillosa paz, mientras a mis pies el mal, ese concepto tan etéreo como este aire, se materializa en una niebla que estrangula corazones y acaba con la vida de sus semejantes, dejando a su paso un reguero de muerte, desolación y perplejidad. Porque la muerte siempre nos deja desconcertados.

Comunidades de vecinos invisibles

personas sin techo

La tarde va conquistando Madrid segundo a segundo y la luz va deslizándose por las esquinas de la calle hasta desaparecer entre los pliegues de un asfalto ajado y sucio. Dicen que la temperatura de esta ciudad desquiciada y desquiciante ha disminuido, pero mi casa continúa tomada por ventiladores y aparatos de aire acondicionado que taladran mi escaso ánimo con su cacofonía, así que cierro la puerta de mi guarida y salgo a la calle buscando un poco de paz.

Los pasos me llevan a buscar el verdor del parque, más la antesala del mismo es un descorazonador puzle de enseres personales desparramados, sin orden ni concierto aparente, en unas gradas cuyo uso original no logro vislumbrar. En pleno centro, entre la antigua estación de Delicias y Méndez Álvaro, se alza una singular comunidad de vecinos sin puertas ni paredes. Comparten un espacio común en el que depositan sus miserias y sus recuerdos, sus olvidos y sus fracasos.

Son seres itinerantes sin rostro, sin historia, sin pasado ni futuro, que conviven con los vecinos del barrio, escaladores de paredes, sudorosos corredores, paseadores de perros, padres con niños en bicicletas y patinetes, pandas de quinceañeros que buscan un espacio propio, transeúntes  ocasionales y demás individuos que pululan por este diminuto universo.

Nadie se mezcla con ellos -yo tampoco me atrevo-, los ven pero no los miran, como si así desaparecieran de su realidad. Regreso a mi jaula -no de oro, aunque sí cómoda y confortable- y la televisión me devuelve a esa otra realidad repetida y monótona de violencia, avaricia y diálogos entre sujetos que están dispuestos a no escucharse, ni siquiera en sueños.

La vida siempre es injusta con los perdedores. No sé que habrá llevado a las personas que viven entre peldaños de granito a esa situación, pero estoy segura de que sus prioridades no tienen nada que ver con esas que nos repiten poderes políticos y económicos y con las que nos hostigan desde los medios de comunicación a diario.