El poso del buen camino

Echo de menos el habitual saludo de “buen camino” -con acentos de todo el mundo- que nos ha acompañado estos días. Al llegar a Santiago de Compostela y cumplir con todas las tradiciones de los peregrinos, nos fuimos a dar un homenaje tomándonos un chocolate con churros.

Mientras me deleitaba con la humeante y dulce bebida, escuché a una mujer, que parecía argentina o uruguaya por el acento, confesar al camarero que se sentía vacía tras su llegada a Santiago. Le contó que el despertarse cada mañana con una meta concreta, con un destino que no suponía un final, le daba fuerzas para emprender la etapa que se marcaba cada día. Pero ya no había objetivos que cumplir o metas que ganar. Sólo quedaba un vacío.

Camino de Santiago

Las señales, a veces curiosas, nos indican la dirección del camino

Me quedé perpleja, porque yo no me voy con esa sensación; por el contrario, me llevo conmigo multitud de momentos únicos, olores que hacía mucho tiempo no sentía, sabores con regusto a campo, a raíces, a verdad; sensaciones de quietud y avance, de plenitud. He disfrutado de conversaciones, silencios, miradas cómplices y de carcajadas con mi hija.

He recuperado recuerdos dormidos de viajes a pie en vacaciones, entre Sobrado dos Monxes y Vilariño. La visita obligada a la abuela María, la madre de mi padre, que mis ojos de niña fotografiaron como una anciana diminuta y encogida, enlutada de pies a cabeza y con la mirada infinitamente triste y gris.

Abandonamos ya un Santiago entregado a turistas, peregrinos, y demás viandantes ocasionales de piedras eternas. Al igual que cuando llegamos, la ciudad nos despide con un abrazo húmedo y gris.

Santiago de Compostela. Catedral

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Para una gran mujer: mi madre

mamá
Mi madre siempre está presente iluminando mis pasos

Hoy quiero rendir homenaje a la mujer más importante de mi vida: mi madre. Socialista de misa diaria, que no va a escuchar al cura, sino a conversar con sus muertos y sus santos. Pragmática y, sin embargo, con unos valores muy firmes, es una luchadora que, aunque a veces ha tropezado, nunca se ha rendido.

Siempre está presente en mi camino la luz de su mirada serena, iluminando mis pasos; incluso en los malos momentos, es mi arrullo y mi rumbo. Es, como otras muchas mujeres, heroína anónima, pluriempleada sin sueldo que un día decidió salir a la calle y buscar una ocupación remunerada para que su prole pudiera recibir una buena educación, aquella que ella no pudo recibir.

Con la muerte de su hombre, su compañero, perdió parte importante de su pasado de un solo golpe, cada día que pasaba sin él era más difícil seguir andando, los cercos morados que rodeaban sus ojos delataban ese luto interior. Pero un nuevo golpe vino a rescatarla del dolor para aprender a enfrentarse a su propia enfermedad. Ya nos habíamos encarado con la palabra “cáncer” y habíamos perdido. Y cuatro años después nos enfrentábamos de nuevo a la maldita palabra.

Ella sabía que no podía dejarnos y perdió una de sus mamas en la batalla, pero ganó la guerra. No se quejó jamás, no le importó la amputación de uno de sus generosos pechos; esos pechos que me amamantaron hasta los tres años, que me acunaron y cobijaron cuando la oscuridad y los miedos me envolvían. Hoy, desde sus 90 años recién estrenados, sigue haciendo frente a la vida, mirándola a la cara, sin temer a la muerte; pero viviendo con regocijo contenido la vida.

Mujeres de tierra y acero

cancer mama

Imagen de David en Flickr

Hoy, Día mundial contra el cáncer de mama, quisiera rendir un pequeño homenaje a esas mujeres de tierra y acero. Mujeres de tierra fértil y húmeda, que emergen a la vida tras ser devastadas por riadas, heladas, fuegos que mutilan cuerpos a su paso. Mujeres de acero que defienden su esencia con el escudo de un espíritu de lucha invencible. Esas mujeres que, como mi madre, alguna vez se han enfrentado  a esa macabra lotería que es el cáncer de mama.

Esta es la historia de una mujer que se enfrentó, hace más de 25 años a esa noticia que te dan como un mazazo en el centro del estómago: “hemos analizado las muestras y hay que extirpar la mama”. Ya nos habíamos encarado con la palabra “cáncer” y habíamos perdido. Mi padre murió de cáncer de páncreas tras varios meses de dolores que no calmaban ni la morfina que le administrábamos a través de un catéter. Y cuatro años después nos enfrentábamos de nuevo a la maldita palabra, sin que mi madre hubiera sido capaz todavía de abandonar el luto por su compañero.

Nunca la vi desfallecer, ella sabía que no podía dejarnos y perdió una de sus mamas en la batalla, pero ganó la guerra. No se quejó jamás, no le importó la amputación de uno de sus generosos pechos; esos pechos que me amamantaron hasta los tres años, que me acunaron y cobijaron cuando la oscuridad y los miedos me envolvían. Hoy, con 86 años, sigue haciendo frente a la vida mirándola a la cara, sin temer a la muerte, pero viviendo la vida.

Esas pequeñas cosas

Finaliza agosto y el mundo sigue girando en torno a la violencia y la avaricia. Mientras, mi insignificante mundo, ese que nadie vocea en los medios, ha sufrido varias pérdidas, una de esas que te arranca a jirones la infancia, que te deja un nuevo vacío en tu foto de niña, en la que ya faltan demasiadas personas a las que dabas la mano para sentirte segura. Cuando todavía no consigues digerir un adiós, llega otro de un hombre bueno, una de esas personas honestas y de paz con las que te cruzas en la vida. Sin duda, la vida está llena de despedidas, pero a veces se te acumulan demasiadas a la vez.

Nala

Nala

También hemos enterrado al pié de un árbol a nuestra pequeña Nala, una simpática chinchilla que ha formado parte de nuestra familia durante un tiempo, pero que no superó la rotura de su pata delantera.

Por mi parte, no necesitaba mascota para sustituir la pérdida de Nala; pero me he dado cuenta que aquellos que yo más quiero necesitaban llenar ese hueco. Porque, al final, la vida la forman, junto con esas despedidas que nos van dejando agujeros que se llenan de recuerdos, de momentos compartidos, de vida ya vivida; esas pequeñas cosas que nos hacen felices -y si está en tu mano hacer felices a los que quieres, ¡no hay nada que pensar!-.

Thor

Thor

Mentiras de alquiler

Una calle estrecha y oscura sirve como escaparate a unas cuantas mujeres para exhibir su ocaso. Quizás antaño fueron codiciados objetos de placer, pero hoy, apoyando sus flácidas carnes en una pared sucia y desconchada, esperan sin muchas ilusiones que un cliente les saque de apuros por unas horas.

En una calle del centro de mi ciudad, entre bares, tiendas de todo a 1 euro y un cine de barrio reconvertido a otros menesteres se pasean, como sombras, como adoquines gastados, cincuentonas y sesentonas de tacones desproporcionados y faldas excesivamente cortas, dejando adivinar varices y múltiples heridas, señales sangrantes de chulos y amantes ocasionales.

Mentiras de alquiler

Imagen de la Galería de Daquella manera

Las pandillas de muchachos que se sientan en los escalones de los portales las contemplan descaradamente tras los flequillos y el humo de los primeros devaneos con la marihuana. Ellas, con una coquetería aprendida hace siglos, les devuelven la mirada intentando apresarles con encantos inexistentes y ademanes caducos.

Los portales de corredores húmedos, porterías con realquilados y sin porteros, patios interiores y placas con nombres de médicos que remedian (con toda discreción)  las secuelas de enfermedades venéreas, acogen en sus múltiples oquedades el comercio de estas defectuosas mercancías que se venden a sí mismas por unos minutos o unas horas a cambio de unas monedas.

Las rameras de mi barrio son madrugadoras, a las ocho de la mañana ya se encuentran en sus puestos: firmes, desafiantes, resueltas. Son amigas del ciego que vocea los cupones de la ONCE en la esquina. Algunos vecinos les preguntan con naturalidad “¿qué tal va el negocio?”,…, “mucho lila por ahí suelto, ¿verdad?”,…, “¡a ver si tienes suerte y te cae un buen chorbo!”.

Estas abuelas de aspecto poco delicado a veces pican, con una invisible caña, un pez tan decrépito como ellas, tan acobardado y abochornado como ellas, tan necesitado de mentiras como cualquiera de ellas. El hombre, encorvado, barba de varios días, cigarro en mano y pelo cano hace un gesto de complicidad a una de estas diosas del amor de segunda mano. Ella, con la mano, le indica que le siga, él rastrea sus pasos a una distancia prudencial. Ella, tras mirar de reojo a su cliente, se introduce en un portal; segundos después, la gabardina del hombre se funde con la oscuridad de la escalera.

Al cabo de un rato bajarán, él primero. Luego ella volverá a ocupar su lugar habitual y contará, quizás, las excéntricas peticiones del viejo, o tal vez se tome un chocolate con churros en aquel bar (para recuperar fuerzas), ya no aguanta como antes; quizás duerma.

Esta angosta calle no permite apreciar el cielo velazqueño de una tarde cualquiera de primavera, pero si muestra, con toda su crudeza, la venta indiscriminada de labios, pechos y vaginas bloqueadas por los continuos asaltos sufridos. Gentes de toda condición pasan a su lado sin verlas siquiera. Otros les envían con los ojos mensajes de compasión, de repugnancia o de burla. Ellas, esfinges inmortales e indiferentes, continúan ofreciendo sonrisas gratuitas.

La tarde va cayendo sobre la gran ciudad. El mercado sigue abierto.

La voz del Museo del Ron Havana Club

La grave y profunda voz de Anthia reina entre las luces cálidas y suaves del bar del Museo del Ron Havana Club, desde un rincón cercano al escenario donde tocan cuatro músicos, ajena a los turistas que nos colamos por allí.

Una mujer pequeña, oscura y contundentemente redonda, de brillantes ojos azabache y grandes rizos negros que sobresalen exuberantes del sombrero de panamá de ala corta, es la dueña de esta voz rotunda, que no necesita de micrófono para imponerse  a los murmullos de conversaciones, risas y ruidos que se entremezclan en este espacio multirracial, ubicado en La Habana Vieja.

Degustar el mejor mojito de La Habana escuchando a Anthia y su grupo es, sin duda, una visita de esas que se denominan imprescindibles en las guías de viajes.

La bodega del olvido

Fotografía de Arguez

La Bodega del señor Juan estaba al principio de la calle, una de las callejuelas estrechas y oscuras que circundan la Ribera de Curtidores, eje del Rastro madrileño. Era un local oscuro, húmedo y pequeño que olía a vinagre y a vino a granel. Acogía en su lóbrego vientre hombres de hombros cargados y miradas acuosas, perdidas en fantasmas interiores, que sobrellevaban la derrota de la vida entre trago y trago de un chato de vino, que olvidaban sus miserias y sus miedos, que acallaban su fracaso adormeciendo su conciencia con ese caldo peleón que iban ingiriendo hasta que el señor Juan, con cariño y determinación, les mandaba a casa a dormir la mona.

Cuando iba a por gaseosa, vino a granel o a devolver los cascos de las botellas, me sobrecogía el ambiente de derrota que se respiraba en el local. Su dueño, taciturno y de pocas palabras, de pelo cano y rostro arrugado, se limpiaba frecuentemente las manos en un delantal de rayas verdes y negras, detrás de un mostrador de brillante metal y por el que corría el agua, igual que corría el alcohol por las venas de los parroquianos.

La bodega del señor Juan desapareció junto con la lechería de la señora Juanita, que vivía en la parte de atrás de la tienda, la panadería de la esquina de la calle y la tienda de ultramarinos. Hoy, mi calle apenas tiene más que oscuros portales de corralas, algún bar que sobrevive como puede y un batiburrillo de gentes de diversas nacionalidades que convive con los pocos vecinos de siempre que continúan anidando allí.

Me han venido a la memoria las tiendas de mi infancia, de mi calle, gracias al programa de Carlos Herrera, “Herrera en la onda”, con el que que no comparto la visión de la realidad, pero al que escucho asiduamente porque, además de considerarle un gran profesional, creo que es sano para la mente conocer las verdades de los demás y no solo las tuyas.