Mujeres de tierra y acero

cancer mama

Imagen de David en Flickr

Hoy, Día mundial contra el cáncer de mama, quisiera rendir un pequeño homenaje a esas mujeres de tierra y acero. Mujeres de tierra fértil y húmeda, que emergen a la vida tras ser devastadas por riadas, heladas, fuegos que mutilan cuerpos a su paso. Mujeres de acero que defienden su esencia con el escudo de un espíritu de lucha invencible. Esas mujeres que, como mi madre, alguna vez se han enfrentado  a esa macabra lotería que es el cáncer de mama.

Esta es la historia de una mujer que se enfrentó, hace más de 25 años a esa noticia que te dan como un mazazo en el centro del estómago: “hemos analizado las muestras y hay que extirpar la mama”. Ya nos habíamos encarado con la palabra “cáncer” y habíamos perdido. Mi padre murió de cáncer de páncreas tras varios meses de dolores que no calmaban ni la morfina que le administrábamos a través de un catéter. Y cuatro años después nos enfrentábamos de nuevo a la maldita palabra, sin que mi madre hubiera sido capaz todavía de abandonar el luto por su compañero.

Nunca la vi desfallecer, ella sabía que no podía dejarnos y perdió una de sus mamas en la batalla, pero ganó la guerra. No se quejó jamás, no le importó la amputación de uno de sus generosos pechos; esos pechos que me amamantaron hasta los tres años, que me acunaron y cobijaron cuando la oscuridad y los miedos me envolvían. Hoy, con 86 años, sigue haciendo frente a la vida mirándola a la cara, sin temer a la muerte, pero viviendo la vida.

Esas pequeñas cosas

Finaliza agosto y el mundo sigue girando en torno a la violencia y la avaricia. Mientras, mi insignificante mundo, ese que nadie vocea en los medios, ha sufrido varias pérdidas, una de esas que te arranca a jirones la infancia, que te deja un nuevo vacío en tu foto de niña, en la que ya faltan demasiadas personas a las que dabas la mano para sentirte segura. Cuando todavía no consigues digerir un adiós, llega otro de un hombre bueno, una de esas personas honestas y de paz con las que te cruzas en la vida. Sin duda, la vida está llena de despedidas, pero a veces se te acumulan demasiadas a la vez.

Nala

Nala

También hemos enterrado al pié de un árbol a nuestra pequeña Nala, una simpática chinchilla que ha formado parte de nuestra familia durante un tiempo, pero que no superó la rotura de su pata delantera.

Por mi parte, no necesitaba mascota para sustituir la pérdida de Nala; pero me he dado cuenta que aquellos que yo más quiero necesitaban llenar ese hueco. Porque, al final, la vida la forman, junto con esas despedidas que nos van dejando agujeros que se llenan de recuerdos, de momentos compartidos, de vida ya vivida; esas pequeñas cosas que nos hacen felices -y si está en tu mano hacer felices a los que quieres, ¡no hay nada que pensar!-.

Thor

Thor

Mentiras de alquiler

Una calle estrecha y oscura sirve como escaparate a unas cuantas mujeres para exhibir su ocaso. Quizás antaño fueron codiciados objetos de placer, pero hoy, apoyando sus flácidas carnes en una pared sucia y desconchada, esperan sin muchas ilusiones que un cliente les saque de apuros por unas horas.

En una calle del centro de mi ciudad, entre bares, tiendas de todo a 1 euro y un cine de barrio reconvertido a otros menesteres se pasean, como sombras, como adoquines gastados, cincuentonas y sesentonas de tacones desproporcionados y faldas excesivamente cortas, dejando adivinar varices y múltiples heridas, señales sangrantes de chulos y amantes ocasionales.

Mentiras de alquiler

Imagen de la Galería de Daquella manera

Las pandillas de muchachos que se sientan en los escalones de los portales las contemplan descaradamente tras los flequillos y el humo de los primeros devaneos con la marihuana. Ellas, con una coquetería aprendida hace siglos, les devuelven la mirada intentando apresarles con encantos inexistentes y ademanes caducos.

Los portales de corredores húmedos, porterías con realquilados y sin porteros, patios interiores y placas con nombres de médicos que remedian (con toda discreción)  las secuelas de enfermedades venéreas, acogen en sus múltiples oquedades el comercio de estas defectuosas mercancías que se venden a sí mismas por unos minutos o unas horas a cambio de unas monedas.

Las rameras de mi barrio son madrugadoras, a las ocho de la mañana ya se encuentran en sus puestos: firmes, desafiantes, resueltas. Son amigas del ciego que vocea los cupones de la ONCE en la esquina. Algunos vecinos les preguntan con naturalidad “¿qué tal va el negocio?”,…, “mucho lila por ahí suelto, ¿verdad?”,…, “¡a ver si tienes suerte y te cae un buen chorbo!”.

Estas abuelas de aspecto poco delicado a veces pican, con una invisible caña, un pez tan decrépito como ellas, tan acobardado y abochornado como ellas, tan necesitado de mentiras como cualquiera de ellas. El hombre, encorvado, barba de varios días, cigarro en mano y pelo cano hace un gesto de complicidad a una de estas diosas del amor de segunda mano. Ella, con la mano, le indica que le siga, él rastrea sus pasos a una distancia prudencial. Ella, tras mirar de reojo a su cliente, se introduce en un portal; segundos después, la gabardina del hombre se funde con la oscuridad de la escalera.

Al cabo de un rato bajarán, él primero. Luego ella volverá a ocupar su lugar habitual y contará, quizás, las excéntricas peticiones del viejo, o tal vez se tome un chocolate con churros en aquel bar (para recuperar fuerzas), ya no aguanta como antes; quizás duerma.

Esta angosta calle no permite apreciar el cielo velazqueño de una tarde cualquiera de primavera, pero si muestra, con toda su crudeza, la venta indiscriminada de labios, pechos y vaginas bloqueadas por los continuos asaltos sufridos. Gentes de toda condición pasan a su lado sin verlas siquiera. Otros les envían con los ojos mensajes de compasión, de repugnancia o de burla. Ellas, esfinges inmortales e indiferentes, continúan ofreciendo sonrisas gratuitas.

La tarde va cayendo sobre la gran ciudad. El mercado sigue abierto.

La voz del Museo del Ron Havana Club

La grave y profunda voz de Anthia reina entre las luces cálidas y suaves del bar del Museo del Ron Havana Club, desde un rincón cercano al escenario donde tocan cuatro músicos, ajena a los turistas que nos colamos por allí.

Una mujer pequeña, oscura y contundentemente redonda, de brillantes ojos azabache y grandes rizos negros que sobresalen exuberantes del sombrero de panamá de ala corta, es la dueña de esta voz rotunda, que no necesita de micrófono para imponerse  a los murmullos de conversaciones, risas y ruidos que se entremezclan en este espacio multirracial, ubicado en La Habana Vieja.

Degustar el mejor mojito de La Habana escuchando a Anthia y su grupo es, sin duda, una visita de esas que se denominan imprescindibles en las guías de viajes.

La bodega del olvido

Fotografía de Arguez

La Bodega del señor Juan estaba al principio de la calle, una de las callejuelas estrechas y oscuras que circundan la Ribera de Curtidores, eje del Rastro madrileño. Era un local oscuro, húmedo y pequeño que olía a vinagre y a vino a granel. Acogía en su lóbrego vientre hombres de hombros cargados y miradas acuosas, perdidas en fantasmas interiores, que sobrellevaban la derrota de la vida entre trago y trago de un chato de vino, que olvidaban sus miserias y sus miedos, que acallaban su fracaso adormeciendo su conciencia con ese caldo peleón que iban ingiriendo hasta que el señor Juan, con cariño y determinación, les mandaba a casa a dormir la mona.

Cuando iba a por gaseosa, vino a granel o a devolver los cascos de las botellas, me sobrecogía el ambiente de derrota que se respiraba en el local. Su dueño, taciturno y de pocas palabras, de pelo cano y rostro arrugado, se limpiaba frecuentemente las manos en un delantal de rayas verdes y negras, detrás de un mostrador de brillante metal y por el que corría el agua, igual que corría el alcohol por las venas de los parroquianos.

La bodega del señor Juan desapareció junto con la lechería de la señora Juanita, que vivía en la parte de atrás de la tienda, la panadería de la esquina de la calle y la tienda de ultramarinos. Hoy, mi calle apenas tiene más que oscuros portales de corralas, algún bar que sobrevive como puede y un batiburrillo de gentes de diversas nacionalidades que convive con los pocos vecinos de siempre que continúan anidando allí.

Me han venido a la memoria las tiendas de mi infancia, de mi calle, gracias al programa de Carlos Herrera, “Herrera en la onda”, con el que que no comparto la visión de la realidad, pero al que escucho asiduamente porque, además de considerarle un gran profesional, creo que es sano para la mente conocer las verdades de los demás y no solo las tuyas.

Celebra tus bodas de oro con la vida

Este es un cuento inacabado, que tiene su principio un día de junio de 1962, en la ciudad de Ginebra, nombre mítico de reina de un país de ensueño, donde los caballeros y las damas buscaban la verdad y el amor. En este lugar, el azul de un lago y el verde de su tierra arroparon los primeros juegos con la vida de una niña feliz, de sonrisa abierta y franca. Sus padres la enseñaron a ser valiente y a enfrentarse con las aguas heladas del lago tranquilo; la decían con cada abrazo y cada beso que ella era una persona especial y única; la hacían sentirse segura y a salvo de los monstruos y la oscuridad.

Un día, llegó a casa un bebé, al que ella acunó como a otro más de sus muñecos, y al que recibió con la alegría que desbordaba siempre de sus ojos azules. Cuando había aprendido a conocer las ardillas del parque, dejó Ginebra con su familia en busca de una nueva oportunidad en París. La Ciudad de la Luz la recibió en una humilde casa en la que continuó aprendiendo a descubrir la vida a través de un hogar cálido y en el que se sentía protegida.

Cuando cumplió siete años, sus padres regresaron al país donde habían nacido, y ella se enfrentó a un idioma que no entendía, salvo cuando lo oía de boca de sus padres. Poco a poco, ese idioma se fue haciendo familiar y llegó a olvidar la otra lengua en la que había empezado a aprender las palabras.

Creció abierta a la vida, aprehendiéndola sin reservas tanto en la amistad, como en el amor. Se convirtió en una joven decidida, optimista y soñadora, para la que el futuro era una puerta siempre abierta a la felicidad. Se topó con su caballero andante en un edificio gris, entre manuales para aprendices de periodistas e idealistas visiones de una profesión que, tarde o temprano, siempre acaba decepcionando un poco.

Pasaron los años y la niña de coletas saltarinas se convirtió en madre. Primero, un príncipe de ojos de un azul tan profundo como el mar; y años después una princesa de rizos dulces, dorados y traviesos. Y los niños, ruidosos, de ojos azules, de carácter fuerte, de caras de ángel, también crecieron.

Y así, entre algodones y finas sedas, la vida fue desvelándole que todos caminamos rehaciéndonos a cada paso con trozos de sueños rotos, con retales de ideales descosidos y vueltos a unir, con recuerdos que van adhiriéndose a ese traje que es la piel, como marcas que escuecen de cuando en cuando. Y, aunque alguna vez, en ese trayecto, se hayan descosido demasiado las costuras y el frío penetre en el alma, quitándole la esperanza de sentirse de nuevo recién estrenada, confiada, esperanzada; mira a tu alrededor, recoge del suelo tus trozos de sueños rotos y pégalos con cariño, construyendo un nuevo sueño con tus lágrimas, sonríe y sigue caminando.

Celebra tus bodas de oro con la vida, la ocasión lo merece. Mira hacia atrás con cariño, pero sin nostalgia. La valiente niña que se bañaba en el lago helado sigue en ti, y sé que seguirá nadando con la fuerza y la decisión que le marque la corriente de la vida. ¡Felicidades!

Nunca aprendes a enfrentarte a la muerte

A pesar de saber que la muerte es parte de la vida, te cuesta aceptar el vacío que dejan las personas a las que quieres; y la herida por  la pérdida de seres queridos sigue escociendo, como esa señal que te recuerda cuándo va a llover, o cuándo va a cambiar el tiempo. La muerte, cada vez que se te acerca, te demuestra que eres frágil y que tu cuerpo es como esos alimentos perecederos, con fecha fija de caducidad.

Nunca aprendes a enfrentarte a la muerte; aunque la esperes, siempre te pilla mirando hacia otro lado, por eso siempre gana la partida. La mirada de la muerte siempre atenaza los músculos, su aliento aprisiona tu alegría y la amordaza; sin embargo, la vida sigue y un día, la sonrisa vuelve a arribar a la comisura de tu boca y tus ojos, donde se desbordaban lágrimas sin diques que las contuvieran, ahora acogen el brillo de la esperanza, aunque no olvidas que ella volverá de nuevo.

Sólo la muerte, de Pablo Neruda.