Comunidades de vecinos invisibles

personas sin techo

La tarde va conquistando Madrid segundo a segundo y la luz va deslizándose por las esquinas de la calle hasta desaparecer entre los pliegues de un asfalto ajado y sucio. Dicen que la temperatura de esta ciudad desquiciada y desquiciante ha disminuido, pero mi casa continúa tomada por ventiladores y aparatos de aire acondicionado que taladran mi escaso ánimo con su cacofonía, así que cierro la puerta de mi guarida y salgo a la calle buscando un poco de paz.

Los pasos me llevan a buscar el verdor del parque, más la antesala del mismo es un descorazonador puzle de enseres personales desparramados, sin orden ni concierto aparente, en unas gradas cuyo uso original no logro vislumbrar. En pleno centro, entre la antigua estación de Delicias y Méndez Álvaro, se alza una singular comunidad de vecinos sin puertas ni paredes. Comparten un espacio común en el que depositan sus miserias y sus recuerdos, sus olvidos y sus fracasos.

Son seres itinerantes sin rostro, sin historia, sin pasado ni futuro, que conviven con los vecinos del barrio, escaladores de paredes, sudorosos corredores, paseadores de perros, padres con niños en bicicletas y patinetes, pandas de quinceañeros que buscan un espacio propio, transeúntes  ocasionales y demás individuos que pululan por este diminuto universo.

Nadie se mezcla con ellos -yo tampoco me atrevo-, los ven pero no los miran, como si así desaparecieran de su realidad. Regreso a mi jaula -no de oro, aunque sí cómoda y confortable- y la televisión me devuelve a esa otra realidad repetida y monótona de violencia, avaricia y diálogos entre sujetos que están dispuestos a no escucharse, ni siquiera en sueños.

La vida siempre es injusta con los perdedores. No sé que habrá llevado a las personas que viven entre peldaños de granito a esa situación, pero estoy segura de que sus prioridades no tienen nada que ver con esas que nos repiten poderes políticos y económicos y con las que nos hostigan desde los medios de comunicación a diario.

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El papel tiene futuro, también en los libros

Ahora que estamos en Madrid en plena Feria del Libro, y se sigue discutiendo sobre si los libros electrónicos acabarán en un futuro con los libros en papel, yo sigo yendo a las librerías y eligiendo libros  a través de las sensaciones que me despiertan los títulos, las portadas, o los resúmenes que aparecen en las contraportadas. Soy bastante anárquica en mis lecturas, y aunque a veces me fijo en las críticas, en la mayoría de las ocasiones descubro verdaderos tesoros perdiéndome unas horas entre hojas de papel. Si no existieran los libros en papel. ¿dejarían de existir las librerías?, ¿o como serían éstas: un terminal de ordenador con títulos y autores?, ¡qué triste!

Sin duda, algo está cambiando, hoy leía un artículo del escritor Carlos García Miranda, que reconoce la labor de los blogueros literarios en el éxito de nuevas obras, o nuevos autores.  Es un hecho que los canales de comercialización y de comunicación de nuevos títulos y nuevos autores están modificándose, pero, ¡por favor, que no me quiten los libros de papel!

Una última disgresión: el papel es importante en nuestras vidas. Ni siquiera el ipad puede con él en ciertas ocasiones.

Mentiras de alquiler

Una calle estrecha y oscura sirve como escaparate a unas cuantas mujeres para exhibir su ocaso. Quizás antaño fueron codiciados objetos de placer, pero hoy, apoyando sus flácidas carnes en una pared sucia y desconchada, esperan sin muchas ilusiones que un cliente les saque de apuros por unas horas.

En una calle del centro de mi ciudad, entre bares, tiendas de todo a 1 euro y un cine de barrio reconvertido a otros menesteres se pasean, como sombras, como adoquines gastados, cincuentonas y sesentonas de tacones desproporcionados y faldas excesivamente cortas, dejando adivinar varices y múltiples heridas, señales sangrantes de chulos y amantes ocasionales.

Mentiras de alquiler

Imagen de la Galería de Daquella manera

Las pandillas de muchachos que se sientan en los escalones de los portales las contemplan descaradamente tras los flequillos y el humo de los primeros devaneos con la marihuana. Ellas, con una coquetería aprendida hace siglos, les devuelven la mirada intentando apresarles con encantos inexistentes y ademanes caducos.

Los portales de corredores húmedos, porterías con realquilados y sin porteros, patios interiores y placas con nombres de médicos que remedian (con toda discreción)  las secuelas de enfermedades venéreas, acogen en sus múltiples oquedades el comercio de estas defectuosas mercancías que se venden a sí mismas por unos minutos o unas horas a cambio de unas monedas.

Las rameras de mi barrio son madrugadoras, a las ocho de la mañana ya se encuentran en sus puestos: firmes, desafiantes, resueltas. Son amigas del ciego que vocea los cupones de la ONCE en la esquina. Algunos vecinos les preguntan con naturalidad “¿qué tal va el negocio?”,…, “mucho lila por ahí suelto, ¿verdad?”,…, “¡a ver si tienes suerte y te cae un buen chorbo!”.

Estas abuelas de aspecto poco delicado a veces pican, con una invisible caña, un pez tan decrépito como ellas, tan acobardado y abochornado como ellas, tan necesitado de mentiras como cualquiera de ellas. El hombre, encorvado, barba de varios días, cigarro en mano y pelo cano hace un gesto de complicidad a una de estas diosas del amor de segunda mano. Ella, con la mano, le indica que le siga, él rastrea sus pasos a una distancia prudencial. Ella, tras mirar de reojo a su cliente, se introduce en un portal; segundos después, la gabardina del hombre se funde con la oscuridad de la escalera.

Al cabo de un rato bajarán, él primero. Luego ella volverá a ocupar su lugar habitual y contará, quizás, las excéntricas peticiones del viejo, o tal vez se tome un chocolate con churros en aquel bar (para recuperar fuerzas), ya no aguanta como antes; quizás duerma.

Esta angosta calle no permite apreciar el cielo velazqueño de una tarde cualquiera de primavera, pero si muestra, con toda su crudeza, la venta indiscriminada de labios, pechos y vaginas bloqueadas por los continuos asaltos sufridos. Gentes de toda condición pasan a su lado sin verlas siquiera. Otros les envían con los ojos mensajes de compasión, de repugnancia o de burla. Ellas, esfinges inmortales e indiferentes, continúan ofreciendo sonrisas gratuitas.

La tarde va cayendo sobre la gran ciudad. El mercado sigue abierto.

TmEx, una ventana abierta a Madrid

TmEx nace como una ventana abierta a los ciudadanos madrileños, con vocación de servicio público: “Los ciudadanos de Madrid necesitan información no contaminada, necesitan un medio de comunicación cercano que cuente sus problemas, y que les escuche.” Esta televisión on-line ofrece contenidos que, según se señala en la propia web  de TmEx, “hoy por hoy no tienen cabida en ningún informativo. Y por encima de todo, defendiendo el derecho a una información veraz.”

Este proyecto, que ha arrancado el pasado 21 de febrero, cuenta con muchos de los 821 profesionales a los que el sangrante ERE de Telemadrid ha dejado sin trabajo. En estos tiempos, en los que los ERES y cierres de medios de comunicación son demasiado frecuentes, este ejemplo de coraje es de agradecer.

¡Va por ti, Tote!

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La bodega del olvido

Fotografía de Arguez

La Bodega del señor Juan estaba al principio de la calle, una de las callejuelas estrechas y oscuras que circundan la Ribera de Curtidores, eje del Rastro madrileño. Era un local oscuro, húmedo y pequeño que olía a vinagre y a vino a granel. Acogía en su lóbrego vientre hombres de hombros cargados y miradas acuosas, perdidas en fantasmas interiores, que sobrellevaban la derrota de la vida entre trago y trago de un chato de vino, que olvidaban sus miserias y sus miedos, que acallaban su fracaso adormeciendo su conciencia con ese caldo peleón que iban ingiriendo hasta que el señor Juan, con cariño y determinación, les mandaba a casa a dormir la mona.

Cuando iba a por gaseosa, vino a granel o a devolver los cascos de las botellas, me sobrecogía el ambiente de derrota que se respiraba en el local. Su dueño, taciturno y de pocas palabras, de pelo cano y rostro arrugado, se limpiaba frecuentemente las manos en un delantal de rayas verdes y negras, detrás de un mostrador de brillante metal y por el que corría el agua, igual que corría el alcohol por las venas de los parroquianos.

La bodega del señor Juan desapareció junto con la lechería de la señora Juanita, que vivía en la parte de atrás de la tienda, la panadería de la esquina de la calle y la tienda de ultramarinos. Hoy, mi calle apenas tiene más que oscuros portales de corralas, algún bar que sobrevive como puede y un batiburrillo de gentes de diversas nacionalidades que convive con los pocos vecinos de siempre que continúan anidando allí.

Me han venido a la memoria las tiendas de mi infancia, de mi calle, gracias al programa de Carlos Herrera, “Herrera en la onda”, con el que que no comparto la visión de la realidad, pero al que escucho asiduamente porque, además de considerarle un gran profesional, creo que es sano para la mente conocer las verdades de los demás y no solo las tuyas.

Alas de verano

Madrid nunca duerme, ni siquiera en agosto. Me recibe ardiente, ajeno, y yo regreso siempre con añoranza de mi refugio, aunque sea sólo para unas pocas horas. ¡Horror!, de nuevo a deshacer y a volver a hacer maletas. Los coches a deshoras son mi nana. Pero el sueño no viene, ¡este calor tan diferente a la humedad envolvente del Mediterráneo!. La televisión, como la mayoría del país, también está de vacaciones, así que salvo la crisis, el resto es puro relleno, es el mes de los sustitutos y de las películas de serie B.

Un momento de silencio, … bueno, a medias. Todavía hay interrupciones para curar heridas de guerra. Y vuelta a las maletas. Me desconcierta el desorden que generan camisetas rebeldes, bañadores jugando a ser pelotas de tenis, o bermudas que no encuentran su percha. ¡Me agotan! y este sopor se cuela sin pudor por todos los rincones de mi cuerpo.

A pesar de todo, me gusta volver a casa; reconocer mis rincones, los olores conocidos, los sonidos de la calle, de mi calle. Y mi silencio, solo las teclas que destapan las naderías que pasan por mi cabeza después de aterrizar en una rutina distinta, la del cambio de maletas. Aunque me queje, me gusta saltar de un sitio a otro en vacaciones, tengo la sensación de que este período dura más. Volver a casa para irme de nuevo me provoca la zozobra de un inicio continuo.

Sigo pensando en las maletas, mañana de nuevo a guardar, a doblar, a recordar todo lo que hay que llevar al nuevo destino, para en unos días volver y deshacer lo hecho. Mi destino en vacaciones es el de Penélope (la de Homero), hacer para deshacer.

Las zapatillas están preparadas para salir del útero materno nuevamente. Mis pies son su único equipaje para que sea leve la carga y así poder decidir el destino sobre la marcha, dependiendo del estado de ánimo o del bolsillo (que también cuenta en vacaciones).

Cambiarán la arena conocida por olores a hierba húmeda y lagos tristes. Surcarán un paisaje de niebla, de tabernas oscuras y espero que cargado de instantes únicos. El fin nunca justifica los medios, pero en el caso del cambio de maletas es lo que único que lo hace llevadero.

Siempre sueño que alguna vez podría existir la magia y que las maletas se hicieran solas, que fueran las alas de cada verano, que se te colocaran solas en la espalda. Pero no, eso no deja de ser un sueño, así que nadie lo inventará y yo seguiré jurando en arameo cada vez que me enfrente con mis maletas. ¡Hasta la vuelta!

Tomás Gómez vence a la estética del miedo

Fotos de: Rafael Gómez Montoya y Trinidad Jiménez

Hay una estética del miedo que lo inunda todo: mensajes, imágenes, sonidos, olores… Los socialistas de Madrid hoy se han debatido entre dos candidatos, y el miedo se ha colado entre sus propuestas: miedo a perder el poder, miedo a perder la libertad, miedo a quedar disueltos en la nada. El miedo se ha situado tras unos mensajes optimistas, unos rostros amables, unas formas festivas y alegres. Y finalmente los socialistas madrileños han hablado con sus votos: Tomás Gómez ha vencido a una contrincante “supuestamente” mejor preparada para acabar con la hegemonía de Esperanza Aguirre en Madrid.

Me alegro de que, finalmente,  los socialistas madrileños hayan votado por convicciones más positivas que el miedo.  Un miedo que apura sus últimos sorbos entre consignas, sonrisas forzadas y un “cierren filas” que no sé si dejará abrir la puerta a las voces individuales, a las alternativas no programadas, a las notas disonantes que aparecen en el grupo.

Recientemente pude ver la película “La ola”, y me da que pensar que, bajo el laxo paraguas de la democracia interna, los líderes o los grupos que lideran los partidos políticos continuan intentando utilizar métodos autocráticos para controlar a los militantes según sus intereses. No obstante, a pesar de esos intentos, me complace comprobar que no siempre lo consiguen y que la democracia continúa viva.